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Georgia on my mind

Esta nota fue escrita antes del infame ataque al parlamento norteamericano. Pero no hay razones para posponer el análisis de un hecho histórico: la debacle republicana en Georgia, lo que lleva al partido Demócrata a controlar de nuevo el Senado. Vayamos entonces al tema:

«Georgia on My Mind» es una canción escrita en 1930  por Hoagy Carmichael, compositor de muy merecida fama, con letra de Stuart Gorrell. Es la canción oficial del estado estadounidense de Georgia,  Ray Charles la popularizó y convirtió en un clásico de la música norteamericana, y el estado de Georgia adoptó la canción  como su himno.

 

 

Desde hace varios días, en YouTube miles de personas la oían, una y otra vez, como fuente de inspiración ante la confrontación electoral senatorial de este martes 5 de enero que decidiría cuál partido tendría la mayoría en el Senado norteamericano.

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Ningún presidente de ese país le debe tanto su elección a sus compatriotas negros como Joe Biden. Ni siquiera Barack Obama (a fin de cuentas, estaban votando por uno de ellos, la cosa era como automática).

En febrero pasado, cuando la candidatura de Biden languidecía, una ferviente ola de votos de ciudadanos negros le dio una victoria vital e inspiradora en las primarias de Carolina del Sur; de allí el camino fue directo a la nominación presidencial.

Luego, el 3 de noviembre se produjo un auténtico tsunami de votos a favor del candidato Demócrata por parte de ciudadanos de color en Filadelfia (Pensilvania), Detroit (Michigan), Milwaukee (Wisconsin) y Atlanta (Georgia), conduciéndolo la victoria en el Colegio Electoral.

Este pasado martes 5 de enero, esos mismos votantes desafiaron la historia de un estado orgullosamente sureño, y por primera vez en Georgia ayudaron decisivamente a elegir al Senado a un negro (Raphael Warnock), y a un judío de la generación milenial (Jon Ossoff tiene 33 años), quien es el senador demócrata más joven desde que Joe Biden, con 29 años, fuera electo en 1972.

Existe la posibilidad de que cuando el conteo de votos concluya la votación afroamericana en Georgia, este pasado martes, sea la más alta de ciudadanos de esa raza en cualquier elección, en un solo estado, de toda la historia norteamericana. 

Raphael Warnock se ha convertido en el primer senador Demócrata negro electo en un estado sureño. Y Chuck Schumer (senador senior de Nueva York), se convertirá en el primer Líder de la mayoría senatorial de origen judío.

Hay que repetirlo, porque no se cree: sí, un judío y un negro han sido electos senadores por un estado del sur profundo…

Y como dijo un estratega republicano, al preguntársele cuál era la causa fundamental de la derrota: «Donald J. Trump».

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El GOP ha perdido más, mucho más, que un estado sureño (lo cual ya es bastante), que estaba desde hace muchos años incluido entre los estados seguros del lado republicano. El significado de las tres derrotas -en las presidenciales de noviembre, y ahora en las dos senadurías- se puede leer desde varias perspectivas; indiquemos algunas:

-Con las pérdidas en el Senado el partido Demócrata pasa a ser mayoría en la cámara alta, algo que nadie soñaba en la noche del 3 de noviembre. Y sí, ahora se puede decir que la derrota republicana es histórica: pierden la presidencia (en intento de reelección, algo muy poco usual), el Senado y la Cámara de Representantes. 

-Seguimos con la historia: el último presidente en perder la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y el Senado en un solo periodo presidencial, fue Herbert Hoover, durante la Gran Depresión (perdió, en 1932, con el candidato Demócrata Franklin Delano Roosevelt). Donald Trump ha repetido tal hecho deshonroso 88 años después. 

-Pierden, de algún modo, el Poder Judicial, en el sentido de que las repetidas afirmaciones de Donald Trump y de algunos seguidores, de que «en los tribunales se derrotaría la trampa», de que en los tribunales hay jueces «electos por él«, ha chocado con la realidad de que hasta el martes 5 de enero, Trump y sus abogados han perdido 62 decisiones en tribunales de todo tipo, desde locales, estadales, federales y en la Corte Suprema (donde el presidente no se cansaba de repetir que tenía cinco magistrados «suyos»). Solo una decisión le fue otorgada a Trump, y fue por un tema procedimental, no por una de las tantas denuncias de fraude que jueces de todo tipo, condición y orientación ideológica repetidamente rechazaron por insustanciales, no demostradas y carentes de seriedad jurídica. Todo este despropósito ha servido para que la independencia e institucionalidad del poder judicial gringo, para bien de la democracia, se hayan hecho una vez más presentes.

-El GOP pierde también la legitimidad que proviene del respeto a la constitución, las leyes y las instituciones democráticas, por la conducta similar a la de un caudillo de república bananera por parte de Trump (y no me refiero únicamente al infame asalto a la sede parlamentaria, a la burda intentona golpista incitada por Trump). Una gota que sin duda había rebasado un vaso tamaño gigante fue la llamada el pasado sábado 2 de enero al Secretario de Estado de Georgia, a quien alabó primero, regañó inmediatamente, para terminar amenazándolo después, exigiéndole que cambiara los resultados electorales de noviembre, y le «consiguiera, como fuera, 11780 votos». Del mismo modo que le exigió públicamente a su vicepresidente, Mike Pence, que lo hiciera presidente reelecto en la sesión bicameral del miércoles 6. Mientras tanto, deben estar comenzando los análisis sobre cuánto influyó la funesta llamada en las derrotas del Senado.

En el partido Republicano, y en diversos sectores conservadores, las quejas y recriminaciones han comenzado. La primera avalancha crítica, como siempre, va contra los candidatos derrotados. No eran lumbreras, pero se vieron en la imposible posición de mostrar lealtad a un presidente que simultáneamente alentaba la abstención, al atacar a la institucionalidad política y electoral del estado (y eso que tanto el gobernador como el Secretario de Estado, además de los responsables electorales, son republicanos), y les pedía que hicieran una campaña imposible y absurda por extremista.

Un ejemplo: Kelly Loeffler, la derrotada senadora republicana, acusó a su contrincante, hoy nuevo Senador, Raphael Warnock, de «comunista». Sin pruebas de ningún tipo, lanzaba esas acusaciones contra un respetado pastor que preside la histórica Iglesia Bautista Ebenezer, en Atlanta, uno de cuyos pastores anteriores fue nada menos que Martin Luther King Jr..

No contenta con ello, la señora Loeffler sacó un aviso televisivo en el cual afirmaba que «ella era más conservadora que Atila, el rey de los Hunos». Aquí está:

 

 

A ese nivel de locura llegaron algunos. Mientras, los votantes urbanos y suburbanos de Georgia esperaban que llegara el día de cobro, el martes 5 de enero.

Y ese cobro comenzó a notarse con resultados sorprendentes, que apuntan directamente a quién es el máximo responsable de la debacle. Según la reconocida página independiente fivethirtyeight, el voto republicano disminuyó precisamente en aquellos condados en los cuales Trump obtuvo una votación más alta el pasado noviembre. 

Josh Holmes, estratega republicano, anteriormente jefe de gabinete de Mitch McConnell -todavía jefe de la mayoría republicana en el Senado- declaró que el GOP «en cuatro años pasó de hablar de economía y políticas de empleo, a seguir una teoría conspirativa tras otra». 

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Este miércoles 6 el ataque de locura presidencial adquirió cotas superiores, ante la evidente derrota de la estratagema para impedir que el Congreso ratificase la victoria de Joe Biden. DT organizó un rally de seguidores en Washington, al  cual asistieron, entre otros movimientos de ultraderecha, los grupos nacionalistas y neonazis de los cuales el presidente se siente tan orgulloso. Ya todo el mundo sabe cómo concluyó esta insurgencia.

En la sesión del Senado de este miércoles 6, Mitch McConnell dijo una gran verdad: «los votantes, las cortes y los estados, todos han hablado. Si los desautorizamos, dañaremos la república para siempre».

Mientras tanto, luego del ataque al parlamento, al momento de escribir esta nota, comienzan las renuncias a sus cargos de importantes funcionarios de la administración Trump; la primera, y muy significativa, es la de Rosalind Chao, secretaria de Transporte y esposa de Mitch McConnell. Ella estuvo en el cargo los cuatro años de la presidencia de Trump. También han renunciado la secretaria de Educación, Betsy DeVos, Stephanie Grisham, la jefe de gabinete de Melania Trump, y la secretaria de prensa adjunta, Sarah Matthews. Todas han dado como razón fundamental el ataque al parlamento del miércoles. 

Asimismo, renuncian Matt Pottinger, Consejero de Seguridad Nacional Adjunto, y Mick Mulvaney, antiguo jefe de gabinete de Trump, hasta hoy en un cargo diplomático.

Otro que renuncia es uno de los abogados electorales de Trump, Jerome Marcus, de Pensilvania, quien afirma que lo hace porque «sus servicios han sido usados para perpetuar un crimen«, añadiendo: «mi cliente [Trump] insiste en realizar acciones que considero son repugnantes, y con las cuales tengo una diferencia fundamental». 

Finalmente, la tormenta dentro del partido Republicano entre autócratas (Ted Cruz, Josh Hawley)  y conservadores (Mitch McConnell, Mike Pence, Mitt Romney), notoria durante el debate -durante la madrugada- de ratificación de los resultados del Colegio Electoral, al parecer está apenas en sus comienzos.

Este aciago y desafortunado miércoles 6 pasará a la historia también como el día en que Trump cruzó una línea roja que parte del liderazgo republicano ha rechazado. El legendario estratega republicano Karl Rove, dijo, en declaraciones a Fox: «el partido Republicano está en estado de guerra civil». Y la revista Politico  llamó el miércoles 6 «el día que Trump destrozó al GOP». 

¿Y Trump? Se dice que cumplirá con su acostumbrado viaje de descanso de fin de semana, no a Mar-a-Lago, sino a Camp David, Maryland. Si no lo interrumpió durante los largos meses de pandemia, ¿por qué hacerlo ahora?

 

 

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