José Luis Farías: Dos muertes, una misma herida
Aún no ha cesado el estupor por el asesinato de Víctor Hugo Quero Navas, cuando el país recibe la noticia de la muerte de su madre, Carmen Navas. Ochenta y dos años de una vida que no se rindió ante la indolencia del régimen, sino que le torció el brazo a la dictadura hasta obligarla a confesar lo que durante más de un año le fue negado: que su hijo estaba muerto, sin por supuesto aceptar que fue asesinado por ellos mismos.
No es posible medir el dolor de una mujer que busca a su hijo durante trece meses con la tenacidad de quien se niega a aceptar el vacío como respuesta. Carmen Navas fue el ejemplo de una virtud ciudadana que este país necesita recordar: el temple de la mujer venezolana hecha de silencios resistentes y preguntas insobornables. Mientras el poder prolongaba su sufrimiento como una forma cruel de castigo, ella sostuvo la dignidad de la pregunta exacta. Hasta que la verdad, por fin, se abrió paso entre las grietas del horror.
Pero la verdad llegó tarde. O acaso llegó a tiempo para llevarse consigo a quien ya había gastado las últimas fuerzas en obtenerla. El país entero comparte ahora una pena que no puede ser mayor, porque detrás de cada víctima hay una madre, y detrás de cada madre que muere de pena hay un régimen que siembra muerte con la parsimonia del verdugo.
La conmoción que nos embarga no debe disolverse en el lamento. La muerte de Carmen Navas reclama justicia tanto como la de su hijo. Porque el ciclo de dolor que abre un crimen de Estado no se cierra con lágrimas, sino con sentencias. Y mientras no haya verdad ni reparación, el país seguirá enterrando a sus muertos dos veces: primero a los hijos, después a las madres que se van de tanto esperar.