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Léon en París

El éxito popular del Papa es inversamente proporcional al creciente desprecio que los pueblos de Europa sienten hacia sus dirigentes políticos y hacia todos aquellos que aspiran al poder, tanto al económico como al estatal

Léon en París

(Nieto)

 

Mientras veía pasar al Papa León por los Campos Elíseos, en París, el sábado pasado, me preguntaba cuáles eran las razones que ese día reunieron en torno a su persona a cerca de un millón de espectadores y, posteriormente, a otros tantos durante los días siguientes, en Lourdes y en Metz. ¿Acaso la popularidad de los papas aumenta, paradójicamente, en proporción inversa a la disminución de la audiencia de la Iglesia? Sí, pero también porque todo papa se ha convertido en una ‘figura mediática’, un signo de los tiempos. Los papas se suceden, pero no se parecen. Su predecesor, Francisco, también atraía a los fieles, aunque por razones muy diferentes: llamaba a luchar contra las desigualdades sociales y contra los daños al medio ambiente. Esto, en su momento, me llevó a calificarlo de «Papa rosa y verde».

A modo de recordatorio, cabe señalar que Juan Pablo II fue el más político de todos los papas contemporáneos, desempeñando un papel decisivo al intervenir ante los polacos contra la colonización soviética. Benedicto, que le sucedió, no despertaba grandes pasiones, ya que su principal preocupación era restablecer el dogma en toda su autenticidad, tal y como lo había definido, en cualquier caso, el teólogo alemán. Volviendo a León, puedo dar fe, de primera mano –es decir, de forma superficial–, de que de toda su persona emana una profunda amabilidad. Ese hombre te reconciliaría de buen grado con Dios, ya que parece encarnar la bondad misma. Es muy probable que fuera precisamente esa cualidad humana la que reunía a su alrededor a tantos parisinos. ¿Eran católicos esos parisinos? No estoy nada seguro, ya que quedan muy pocos cristianos de cualquier confesión en Francia, donde la tradición histórica es más bien la de un anticlericalismo virulento. La multitud era heterogénea y, evidentemente, incluía, además de franceses, a un gran número de peregrinos extranjeros, procedentes sobre todo de África y las Antillas: África se ha convertido hoy en día en el principal foco del catolicismo ferviente.

Pero, sin ser católico ni africano, también se puede entender por qué las multitudes se agolpan en torno a León XIV: encarna todo lo que la política no es. No aspira al poder, no adula al pueblo, no pronuncia discursos demagógicos, no le mueve ningún espíritu partidista, no está en campaña electoral. En otras palabras, el éxito popular del Papa me parece inversamente proporcional al creciente desprecio que los pueblos de Europa sienten hacia sus dirigentes políticos y hacia todos aquellos que aspiran al poder, tanto al económico como al estatal. A diferencia de su predecesor Francisco, León se mantiene alejado de los campos minados ideológicos: se cuida mucho de pintarse de rosa o de verde. Sus palabras, sus discursos y sus homilías se mantienen anclados en un terreno estrictamente espiritual, con un énfasis muy particular y legítimo en la caridad, el respeto al prójimo y la diversidad de orígenes. Un énfasis legítimo y poco común en estos tiempos en la humanidad que debemos mostrar hacia los inmigrantes que los océanos arrojan a nuestras costas tan mal gestionadas. Sin duda, este apoyo manifiesto a los inmigrantes y a los pobres del mundo no entusiasmará a las multitudes, ni siquiera entre los cristianos; pero es justo y bueno que esto se diga en nombre de la humanidad o en nombre de Cristo, según las creencias de cada uno.

¿Qué cabría esperar de este viaje del Papa León a Francia? Dudo que los franceses vuelvan a la Iglesia, al igual que dudo que la mayoría de los españoles se decidan a hacerlo. También dudo que vuelvan a conectar con el Evangelio y el mensaje de Cristo, pero, a falta de ese retorno al bautismo, cabe pensar que muchos se plantearán el sentido de su vida, una pregunta que el Obispo de Roma no ha dejado de repetir.

¿De qué tenemos sed? El Santo Padre insiste en que la satisfacción de las necesidades materiales no basta para alcanzar nuestra felicidad. Estoy convencido de que algunos serán sensibles a este llamamiento que resonará en su interior; quizás esos se orienten hacia bienes menos materiales, mirando a su prójimo, a su vecino, con más compasión y caridad. Si este es el fruto de un viaje pontificio, no podemos sino desear que se multipliquen en la misma armonía: armonía porque el mensaje de León no es en absoluto divisorio ni superficial. Dirigiéndose a los políticos, el Pontífice da a entender que estos llamarían más nuestra atención, e incluso se ganarían nuestra simpatía, si en lugar de multiplicar promesas materiales y sin seguimiento, se comportaran de manera más sencilla, más honesta y más sana: que eviten la corrupción financiera o moral, que nos hablen de lo que es importante, es decir, que nos animen a convivir más allá de nuestra diversidad. En lugar de incitarnos a una carrera desenfrenada e interminable hacia una prosperidad inalcanzable.

¿Se escuchará este llamamiento subliminal, tácito, a una vida política renovada entre los cristianos y más allá de ellos? Lo espero, aunque lo dudo; pero quizá el papa León haya sembrado una semilla.

Aquel día en París hacía muy buen tiempo: un sol otoñal apenas velado, una brisa ligera, un ambiente acogedor; incluso la Policía que vigilaba a la multitud me pareció benevolente, en armonía con la ceremonia religiosa que se celebraba desde la plaza de la Concordia. Evidentemente, los cientos de miles de espectadores, fieles y no fieles, estaban felices de estar allí, felices de estar juntos sin rivalidad, sin acritud, sin odio. Esto merecía ser vivido, observado, destacado; aunque el instante fuera fugaz, reconozcamos al Papa León el mérito de haberlo suscitado con su mera presencia. Un Papa puede, pues, seguir prestando los mayores servicios a la humanidad, aunque esta no sea cristiana, esencialmente porque ese Papa no nos impone sermones, no nos impone ningún programa y, en el fondo, no nos pide nada más que mirar a nuestro prójimo, a nuestro vecino, con benevolencia en lugar de con nuestro mal humor habitual.

Sin embargo, León dejará pendiente un último paso que dar: conceder por fin a las mujeres, siempre marginadas, el lugar que les corresponde en la Iglesia.

 

 

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