Luis Fernando Nunes: Saber ganar y saber perder
Reflexión sobre las lecciones que dejan la victoria y la derrota en la política y el fútbol, y sobre la importancia de la humildad, la autocrítica y el liderazgo para construir legitimidad y afrontar los resultados.

Imagen: IA.
Elecciones y fútbol: dos temas de coyuntura y de polémicas garantizadas por la propia naturaleza de ambas competiciones; a menos que alguno tenga un sentimiento masoquista, siempre se quiere ganar.
Una elección deja aprendizajes tanto para los vencedores como para los derrotados. En democracia, ganar no garantiza el éxito de un gobierno, y perder no significa el final de una carrera política. Muchas trayectorias exitosas se han construido a partir de derrotas bien aprovechadas. Ejemplos sobran.
Lecciones para quienes ganan una elección: la victoria no es un cheque en blanco. El triunfo otorga legitimidad para gobernar, pero no para ignorar a quienes votaron por otras opciones. La campaña termina; el gobierno comienza. Las prioridades cambian: de convencer electores a resolver problemas concretos. Cumplir las promesas más importantes. Los primeros meses son decisivos para demostrar credibilidad. Es importante mantener la humildad. La soberbia es una de las causas más frecuentes de desgaste político. Construir consensos. Gobernar requiere dialogar con opositores, sectores sociales y actores económicos.
Cuidar a sus equipos. Un buen gobierno depende tanto del liderazgo como de la calidad de quienes lo acompañan. Seguir escuchando a la ciudadanía. Ganar no significa dejar de escuchar; la conexión con la población debe, más bien, fortalecerse. Administrar bien el capital político. La popularidad inicial suele ser temporal y debe invertirse en reformas importantes que no deben postergarse. Comunicar con transparencia. Explicar decisiones difíciles reduce la desconfianza y fortalece la legitimidad. Pensar en el legado. La historia suele recordar más la calidad del gobierno que el margen de la victoria.
Y también están las lecciones para quienes pierden una elección. Aunque cuesta —y a veces cuesta mucho—, hay que aceptar los resultados con madurez democrática. Reconocer la derrota fortalece la credibilidad. Analizar sin buscar culpables inmediatos. La autocrítica honesta es más útil que las excusas. Escuchar más que hablar. Los electores suelen enviar mensajes claros sobre errores, expectativas y prioridades. Conservar el equipo y más bien fortalecerlo. Las organizaciones sólidas sobreviven a una derrota. No desaparezca del escenario público. La presencia constante permite reconstruir confianza. Convertir la derrota en aprendizaje. Revisar estrategia, mensaje, organización territorial y comunicación. Renovar liderazgos cuando sea necesario. A veces, el cambio de personas o estilos fortalece al proyecto político. Mantener una oposición responsable. Fiscalizar sin obstaculizar todo genera mayor respeto ciudadano. Prepararse para la siguiente oportunidad. La política es una carrera de largo plazo. Recordar que muchas grandes carreras comenzaron con derrotas. La resiliencia suele distinguir a los líderes duraderos.
Lecciones comunes para ambos: los ciudadanos son cada vez más exigentes e informados. La confianza se construye lentamente, pero también puede perderse muy rápido. La comunicación no reemplaza a una buena gestión, pero una buena gestión necesita buena comunicación. La ética, la transparencia y la coherencia son activos políticos de largo plazo. Las elecciones se ganan en las urnas, pero la legitimidad se construye y se consolida todos los días.
Una idea para resumirlo en las elecciones, pero también en el fútbol: la victoria pone a prueba el carácter; la derrota pone a prueba el liderazgo. En ambos casos, lo que determina el futuro no es el resultado electoral o del balompié, sino la capacidad de aprender de ambos.
Señor Roberto Sánchez, por favor, léalo unas diez veces y aprenda de los grandes equipos y jugadores que ya se fueron a sus casas. Tenga grandeza, aunque eso no se venda en la farmacia.