Lecturas para comprender el 250° aniversario

Un inmenso país de casi diez millones de kilómetros cuadrados del Pacífico al Atlántico, del Ártico al Caribe, con más de trescientos millones de habitantes en su mayoría blancos –seis de cada diez- pero con minorías étnicas muy diversas, uno de cada cinco es latino y poco más del 12% afroamericano. Con predominio cristiano, la mitad de éstos protestante, pero con unos setenta millones de católicos. Su economía representa la cuarta parte de la mundial. Son los Estados Unidos que este 4 de julio cumplen doscientos cincuenta años de vida independiente.
La complejidad de esa nación es imposible de exagerar. Para analizarla, el lugar común es tramposo y la simplificación mentirosa. Allá estudian todo y mucho y sin embargo no siempre atinan a comprender lo que pasa en el resto del planeta. En cambio, son muy poco estudiados. Siempre me ha llamado la atención, por ejemplo, que en su mundo académico se estudie mucho más a Venezuela que lo que nuestras universidades a los EE. UU.
De las trece colonias inglesas básicamente agrícolas con enclaves comerciales y un incipiente sistema financiero a fines del XVIII, a la realidad postindustrial en incesante cambio de la actualidad, hay una historia larga y rica con muchas luces y no pocas sombras. La bibliografía es inagotable. Quien busque un buen resumen puede meterse en las casi novecientas páginas de Estados Unidos, la historia de Paul Johnson y para morder un trozo más contemporáneo, de Roosevelt a Nixon, revisar las mil trescientas de William Manchester en The Glory and the Dream editada en español por Grijalbo.
Abundan las biografías de estadistas, empresarios, inventores, intelectuales y por cierto, también las memorias de políticos y gobernantes que a diferencia de aquí, allá se retiran y cuentas la versión personal de su experiencia. Para otros gustos están la abundante narrativa, teatro, poesía, cine y música. Personalmente soy aficionado a la historia y en particular a la de las instituciones y las ideas, no porque todas se traduzcan con éxito a la vida real, sino porque muestran un propósito, una inspiración que contrastada con logros y fracasos, nos ayuda a entender. A Brilliant Solution de la profesora Carol Berkin es un revelador relato de la “invención” de la Constitución americana que con sus más y sus menos, sigue vigente desde 1787. Una negociación difícil que desembocó en acuerdo pragmático de mutuas concesiones. Junto, por ejemplo a The Summer of 1787 de David O. Stewart que retrata a “los hombres que inventaron la Constitución”, pueden ayudarnos a entender la mentalidad de los padres fundadores que discutieron y convinieron un esquema federal, inédito hasta entonces y una separación de poderes que ha demostrado flexibilidad y durabilidad.
Del espíritu estadounidense podemos leer en Our Sacred Honor de William J. Bennett la orientación de los fundadores en historias, cartas, poemas y discursos. O la legislación que fue dando forma a la sociedad y sus instituciones en The Laws that shaped America de Dennis W. Johnson, quince textos legales decisivos desde las ordenanzas para la expansión al Oeste de 1787 hasta las de protección ambiental de 1969, pasando por las de abolición de la esclavitud, la distribución de la tierra, la protección del trabajo, la promesa a los veteranos de guerra, los derechos civiles o incluso la atención médica y la seguridad social que allá es, efectos del individualismo, muy inferior a la europea.
Nada de eso vino gratis. Hubo luchas, algunas muy largas y hasta crueles, otras inconclusas porque las fronteras del bien común son expansivas. En su discurso de 1963 al pie de Lincoln, Martin Luther King dijo que los arquitectos de la república, en la Constitución y la Declaración de Independencia habían firmado un pagaré que la nación no ha honrado. De las luchas sociales puede leerse en Civic Wars de Mary P. Ryan y más recientemente, pues se publicó este mismo año, de Jon Meecham American Struggle, una antología de textos sobre la democracia, la discrepancia y la búsqueda de esa unión más perfecta que prometió la Constitución. Los nombres excepcionales brillan sobre el montón de hombres y mujeres visionarios, competentes, mediocres o francamente nocivos. Se coincide en que Lincoln, Washington y Franklin Roosevelt han sido los más grandes presidentes. Desde aquellos senadores retratados por Kennedy en Perfiles de Coraje o de Henry Clay en la Cámara, en el Congreso han lucido grandes estadistas. Magistrados como John Marshall, Oliver Wendell Jones, Earl Warren, Thurgood Marshall, Ruth Bader Ginsburg y otros, hicieron historia con su jurisprudencia.
La descomunal diversidad estadounidense resiste toda simplificación, aunque paradójicamente, actualmente la conduzca la más reciente versión de su singular populismo nacional, a cuya cabeza está un mago en el arte de simplificar con un discurso de blanco y negro, de nosotros y ellos, de buenos y malos que a diario improvisa un libreto de película del Oeste con ciencia ficción y reality show. Sin embargo, en esta etapa, la distancia entre relato y vida se ha ensanchado más que nunca, porque su realpolitik come crudo y traga entero.