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Lula se enfrenta a un último mandato que puede ser agónico

Con el Congreso en contra y la economía famélica, la sucesión se complicará para el Partido de los Trabajadores

El líder del Partido de los Trabajadores, Lula da Silva, reelegido como presidente de Brasil.

El líder del Partido de los Trabajadores, Lula da Silva, reelegido como presidente de Brasil. (Reuters)

 

La gran sorpresa de este domingo –la elección por cuarta vez de Lula da Silva– le da un completo giro a la gran sorpresa de hace tres semanas, cuando contra pronóstico Flávio Bolsonaro venció a Lula en la primera vuelta. Ese resultado parecía sentenciar la presidencia, pues ningún candidato ha ganado en Brasil partiendo de un segundo lugar. Sacar de la abstención al propio electorado, difundiendo miedo sobre lo que podría significar la victoria de un Bolsonaro, le ha dado el triunfo a Lula.

El cuarto mandato del dirigente del Partido de los Trabajadores (PT) –que estrenará con 81 años y dejará con 85– se anticipa como el que probablemente será el menos lustroso de su trayectoria; incluso puede resultar agónico. Lula fue elegido por primera vez en 2002 con el 61,2% de los votos, y en 2006 ganó la reelección con el 60,8%. El deseo de cambio y luego el beneficio de una era económica especialmente buena en Latinoamérica (conocida como ‘década de oro’, que ya no se ha repetido) explican ese alto apoyo. Sin embargo, en su regreso de 2022 venció a Jair Bolsonaro con un raspado 50,9% y ahora se ha impuesto al hijo de este con el 51,7%.

Respecto a su primera reelección no solo hay una diferencia de diez puntos, sino una cuestión especialmente clave: como en la primera vuelta del 4 de octubre se impuso con claridad Flávio Bolsonaro, el Partido Liberal de este ganó entonces una holgada presencia en la Cámara de Diputados (121 asientos frente a los 88 del PT y su coalición) y en el Senado (29 frente a 9). Dado el mercadeo y transfuguismo de escaños propio de la política brasileña, con multiplicidad de partidos con representación en las cámaras que atienden a mejor postor, Lula puede construir un bloque oficialista, pero el PL tendrá fuerza para dificultar seriamente la labor legislativa del nuevo gobierno.

La economía tampoco beneficia a Lula. Ya el bajo pulso económico, con un crecimiento que con dificultad llega al 2%, parecía inclinar la balanza electoral hacia Bolsonaro; no lo ha hecho de forma definitiva, pero puede laminar la popularidad del reelegido presidente. En este mandato, la deuda pública del país superará el listón del 100% del PIB, algo alarmante y que posiblemente requerirá recortes de gasto para no seguir alimentando esa cuenta negativa. Esto hará bastante inviable que Lula pueda cumplir las abultadas promesas de gasto social que ha hecho en la campaña electoral, especialmente de cara a la segunda vuelta que tuvo lugar el domingo.

Si la cuarta presidencia de Lula se convierte en una pendiente hacia abajo, esto dañará la operación sucesoria que seguramente definirá políticamente el mandato, al menos su segunda mitad. Lula tiene la posibilidad de potenciar un sucesor del PT con un importante puesto de responsabilidad en el nuevo gobierno.

Pero que, tras cuatro años en principio no brillantes, el PT gane un tercer mandato consecutivo con una nueva cara constituye un objetivo más bien arduo para 2030, y si entonces gana alguien de la oposición (un Bolsonaro o el gobernador Tarsício de Freitas, por ejemplo) quién sabe si la izquierda no regresaría al poder hasta 2034 o 2038. Si Lula hubiera cedido el testigo a un nuevo líder de su partido ya en estas elecciones, (habiéndolo proyectado ya durante el mandato que ha terminado), la izquierda habría tenido mayor ocasión de gobernar en el conjunto de las dos próximas décadas.

 

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