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Oswaldo Páez-Pumar: Recuerdos por organizar

 

Veníamos de una visita al Museo Guggenheim en Bilbao y teníamos una cita para almorzar en el Arzak, yo manejaba y perdí la ruta. Detuve el automóvil para pedir orientación y dos damas de mi contemporaneidad me dijeron “hombre eso es en Bilbao”. Me quede “patitieso” y dije “¿no estamos en Bilbao?” La respuesta fue “usted está en Deusto”. Cosa simple, había que volver a cruzar en sentido contrario el puente que me había llevado a Deusto y llegamos al Arzak una pareja de amigos, mi esposa y yo,  a disfrutar uno de los mejores almuerzos de toda mi vida.

Éramos los últimos comensales compartiendo un obsequio de la casa cuando un par de vascos irrumpió en el restaurant y despertó los abrazos de Arzak a los recién llegados y fuimos gratificados con otra copa por cuenta de la casa para animar la conversación. Nos regalaron una orientación de los mejores restaurantes de cada una de las ciudades que visitaríamos y todos ellos fueron insuperables. Lo insuperable, sin embargo, de esa conversación fue la definición de lo mejor que cada una de las comunidades europeas le había dado al mundo. Me explicaron estos vascos que España nos había dado el arte de la pintura, Italia la música, Alemania la Filosofía y así hasta llegar a los vascos que eran los depositarios del arte culinario.

En mi ruta de Madrid hacia el norte había ojeado en una librería, no recuerdo en qué ciudad, un libro donde Maradona daba testimonio de su escasa preparación por lo cual no podía ser guía, ni ejemplo de la juventud. Me causó un profundo dolor su poca autoestima, pero me explicó por qué ese joven se veía de ese modo a sí mismo y me llevó a visualizar el porqué de su errática carrera, de su caída en el mundo de la droga y lo peor de todo, el modo como muchos personajes importantes del mundo político, no del mundo deportivo, lo auparon para hacerlo ficha de sus aspiraciones políticas, el primero de ellos, desde luego, Castro.

La farsa de Castro de publicitar a Cuba como “clínica para liberar de la adicción a los drogadictos” tomó a Maradona sin liberarlo de la adicción pero haciéndolo simpatizante de su proyecto esclavizador; y por supuesto lo convirtió en un símbolo político, pero no de Maradona que sentía que no podía ser guía ni ejemplo de juventud, sino de Castro, para respaldar su insaciable apetito de mando.

Nació Messi y en la Argentina se provocó un debate “estúpido” sobre quien era mejor “Maradona o Messi”. Entre las cosas que se ponen sobre el tapete para parangonarlos están los títulos alcanzados, desde luego sin tomar en consideración que hay títulos personales y títulos de los equipos. Dejo esto ahí sin entrar a juzgar sobre uno u otro. Pero sí voy a tomar las palabras del vasco en el Arzak, que me explicó que en el arte culinario ellos eran los mejores.

Ahora les digo que la cuenca del Río de La Plata es donde se producen los mejores futbolistas. Allí concurren argentinos, brasileros, uruguayos y aunque les pueda parecer raro, paraguayos. La guerra del Chaco de estos últimos contra los otros tres hizo escasear hombres para el fútbol, pero en menor escala también se producen. Nosotros los venezolanos en el Caribe junto con los cubanos, puertorriqueños y dominicanos producimos más beisbolistas que futbolistas.

Hace más de 70 años leíamos  “El Gráfico” que traía el informe sobre “la máquina” la delantera del River: “Labruna, Lousteau, Moreno, Muñoz y Pedernera”. Todavía no figuraba Alfredo Di Stéfano, que emigró junto a Pedernera, Rossi y muchos otros jugadores argentinos y uruguayos a Colombia después de concluida la II Guerra Mundial provocando un gran salto en el fútbol colombiano. Con Millonarios de Colombia vino Di Stéfano a Venezuela en agosto de 1952 a un torneo internacional en el que participaron además el Real Madrid de España, el Botafogo de Brasil y La Salle, el campeón local, a cuya plantilla se agregaron destacadas figuras de los otros clubes. Di Stéfano después del torneo permaneció un tiempo en Venezuela y vistió la camiseta del Loyola en varios encuentros, pero se lo llevó el Madrid y nunca llegó a ganar un título en una copa mundial. Ya nacionalizado español por una lesión no pudo jugar en Chile en el mundial de 1962, pero Labruna a escasos dos meses de cumplir 40 años fue considerado el mejor jugador de la selección argentina en el mundial de 1958 en Suecia, cuando Brasil ganó por vez primera la copa incorporando a Pelé, si mi memoria no me falla en cuartos de final contra Gales. Argentina no superó la primera ronda.

 

Caracas, 19 de julio de 2021

 

 

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