De izquierda a derecha, Manuel Marrero Cruz, Raúl Castro Ruz, Miguel Díaz-Canel Bermúdez y Salvador Valdés Mesa (Foto: Presidencia de Cuba)
LA HABANA, Cuba.- Ni en las más armoniosas familias sus miembros están de acuerdo absolutamente en todo. Así, es de suponer que la unidad en las filas del oficialismo tardo-castrista no debe ser tan monolítica como pudiera pensarse a juzgar, por ejemplo, por la invariable unanimidad a mano alzada en las votaciones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el más obsecuente de los parlamentos, si es que se le puede llamar parlamento a esa reunión de seres amaestrados en aplaudir y nunca discrepar ni cuestionar.
En la Asamblea Nacional, tanto como en el Comité Central del Partido Comunista, e incluso en el círculo más cerrado del Buró Político, tiene que haber personas —y máxime en las actuales circunstancias, viendo el abismo al que han conducido el empecinamiento y la intolerancia— que se den cuenta de la necesidad urgente de hacer reformas de calado y cambiar el rumbo, no solo en lo económico, sino también en lo político.
Si no se ven esos potenciales reformistas, si no se proyectan acerca de lo que realmente piensan, si jamás discrepan, es porque simulan: por miedo, por conveniencia, por comodidad, por costumbre, por la inercia de siempre obedecer.
Todos saben el costo de que, por contradecir a los mandamases sin esperar por “el momento y lugar oportuno”, les pongan el cartelito de “conflictivo y autosuficiente” y los truenen, con destino al plan pijama o “a desempeñar otras tareas”, sin especificar cuáles ni que les reconozcan los méritos.
Eso genera pereza, apatía, marasmo, desesperanza. Es lo que reina actualmente en las filas oficialistas. Es evidente. Cuando vea en el NTV algún reporte sobre alguna de las frecuentes reuniones presididas por el presidente Miguel Díaz-Canel o el premier Manuel Marrero, más que en los aplausos y los gestos de asentimiento, fíjese en las caras de aburrimiento, los bostezos e incluso los cabezazos de algunos de los asistentes que luchan por no dejarse vencer por el sueño.
Están también —y son los que parecen llevar la batuta, al menos por ahora— los retranqueros del inmovilismo, los puristas y ortodoxos del marxismo-leninismo, los bonzos del centralismo neoestalinista, negados, como los vampiros a la cruz, a todo tipo de cambio que se pueda aproximar a la economía de mercado o asemejar —ni tantico así— al pluripartidismo y la execrada por ellos “democracia liberal burguesa”.
No son solo los dinosaurios de la llamada generación histórica que sobreviven. También están los cincuentones, sexagenarios y aún más jóvenes, incapaces de apartarse un milímetro de lo que aprendieron de carretilla en la Escuela Ñico López, donde los formaron como obedientes cuadros en la más férrea disciplina partidista.
Cuando escuchamos a esos que no claudican en la testaruda defensa a ultranza del marxismo-leninismo y el apego inalterable a sus métodos y fórmulas, a pesar de todos los fracasos y desastres que han cosechado durante más de seis décadas, uno se pregunta qué rayos es lo que se proponen. Digo, si es que se proponen algo más que mantenerse aferrados al poder.
Cuando, obligados por las circunstancias, han tenido que adoptar mecanismos capitalistas, lo han hecho a regañadientes, poniendo trabas y siempre de modo provisional, hasta que se sientan en condiciones de dar marcha atrás.
Se habla de la necesidad de “cambiar de mentalidad”, pero eso —como los llamados a la prensa oficialista a abandonar el teque y el tono triunfalista y apegarse un poco más a la realidad— no va con los bonzos del PCC, que en cuanto a rigidez y dogmatismo siguen en sus trece.
Cabe preguntarse: ¿qué tipo de socialismo defienden? ¿El avaro capitalismo monopolista de Estado y compadreo propugnado por GAESA?
Del estrambótico y caprichoso socialismo a la manera de Fidel Castro, que alguna vez fue adorado por la izquierda mundial, a la continuidad tardo-castrista solo le queda la retórica, el discurso monótono y torpemente hilvanado.
Con los sucesores de Fidel Castro, cada vez más desentendidos del deber social del Estado socialista, ineficientes en todo excepto en la represión, Cuba ha ido de mal a peor.
En busca de un crecimiento económico artificial, sin sustento real, y poniendo trabas y limitaciones al emprendimiento privado, lo que han conseguido es generar más desigualdad social y miseria.
A pesar de que hablan de lograr un “socialismo próspero”, luego de acabar con el igualitarismo de la era fidelista, no dan señales de que tengan interés en políticas públicas que busquen una repartición más equitativa de la riqueza y el ingreso y, por ende, de la igualdad social, que teóricamente se supone sea la condición sine qua non de la sociedad socialista.
Con sus torpes políticas, los mandamases de la continuidad, que han hecho incapaces y disfuncionales a las instituciones del Estado, están cada vez no solo más alejados de los intereses populares, sino frontalmente opuestos a ellos. Sus temores y prejuicios los hacen recelar de todo, censurar y prohibir, obstaculizar el desarrollo económico autónomo. Se niegan a ceder espacios, por mínimos que sean, si no es bajo su control.
No parecen haber aprendido de la debacle del comunismo en Europa del Este. Para ellos, el socialismo es el partido único, la sacra trinidad Gobierno-Partido-Estado, el predominio de la propiedad estatal, la planificación centralizada, la subordinación de todos los derechos y libertades al Estado y la imposición de límites a la acumulación de riquezas a los que no pertenezcan a la élite.
Y así siguen, paralizados, aferrados a una anacrónica irrealidad, esperando que pase algo que cambie la actual situación geopolítica o que ocurra un milagro que los salve.
