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Que Miguel Díaz-Canel afirme “Raúl Castro es mi maestro…como un padre…un jefe cuyos pasos trato de seguir cada día”, se lee como el anuncio oficial de prorrogar indefinidamente la miseria que, desde hace casi siete décadas, cubre la isla con una sombra cada día más ominosa.
Díaz-Canel no había nacido cuando los Castro ascendieron al poder. Van casi cuatro generaciones de cubanos nacidos luego del 1 de enero de 1959, pero a todos les está vedada cualquier iniciativa de renovación de la retórica original. Los mandamientos castristas son dogmas inquebrantables.
Ni la miseria endémica de su gente, ni el atraso de su economía, ni la condición de mendicantes del socorro soviético o chavista, ni la emigración masiva, han sido motivo suficiente para alterar una sola línea de la biblia petrificada de la dinastía Castrista.
En el mundo sobreviven hoy otros cuatro regímenes comunistas: China, Vietnam, Laos y Corea del Norte. Por contraste con Cuba nos viene a la mente Vietnam. En 1945, tras liberarse de Japón, los comunistas tomaron el poder del Norte de Vietnam liderados por Ho Chi Min y, posteriormente, en 1976, de la nación entera luego de derrotar a Estados Unidos.
Escaldada por la pobreza y hambrunas que le acarreaba el modo de producción comunista, Vietnam aprobó en 1986 las reformas necesarias para una economía socialista de mercado. Desde entonces, se abrió a creciente inversión privada local y extranjera directa, se hizo altamente competitiva, importante exportadora de manufacturas y tecnología, redujo drásticamente la tasa de pobreza y es hoy la economía asiática de mayor crecimiento (PIB 8% anual).
La diferencia entre los dos regímenes comunistas no es atribuible a las sanciones yankis como afirma Díaz-Canel. Agréguese que Vietnam, a partir de 1976, padeció también durante décadas un drástico embargo comercial y económico de Estados Unidos.
La dictadura comunista de Vietnam apeló a la creación de riqueza capitalista, Cuba consagró la pobreza como campo para el imperio del Estado…
