
El pasado 18 de julio se cumplieron 90 años del golpe de Estado que dio inicio a la Guerra Civil Española. Una de las más encarnizadas contiendas fratricidas de la historia moderna. Tres años de sangrientos combates sin tregua entre españoles, avivados por odio clasista, político, religioso y cultural. En el mismo suelo donde por siglos supieron convivir judíos, islámicos y cristianos.
España ensayaba por segunda vez, ahora desde 1931, sacudirse la ancestral condición de subordinación social y política, bajo el tándem monárquico y clerical. Este intento de vida democrática y seglar fue registrado como la II República Española.
El experimento no fue ordenado ni pacifico. Se desenvolvió en cinco años de progresiva pugnacidad entre crecientes y multiplicados desacuerdos. Una dirigencia política y una sociedad civil cada vez más fragmentadas, inclusive dentro de cada bando en pugna, conservador o republicano. Ambos, caldo de cultivo para las emergentes ideologías extremistas europeas: comunismo y fascismo, más un anticlericalismo radical como reacción a los excesos de la iglesia.
En elecciones a inicios de 1936 triunfa el Frente Popular de izquierdas. Se recrudece el odio, la economía se resiente por las circunstancias internas y la gran depresión internacional, la anarquía y el odio corroen la cotidianidad. Confabulados, conservadores, clero y ejército dan el golpe, las izquierdas republicanas responden organizada y militarmente. Estalla la guerra.
El conflicto se internacionaliza: Alemania, Italia y la Unión Soviética intervienen en apoyo a cada bando y brigadas internacionales de voluntarios extranjeros respaldan a la República.
Finalmente, se impone el bando conservador de Francisco Franco. Diferenciándose de Abraham Lincoln quien, al triunfar en otra guerra civil, la estadounidense de 50 años antes, ordenó “Tratar sin maldad a los derrotados”, Franco ordena un castigo colectivo, con el que se calcula agregó unos 200 mil muertos al medio millón caído durante la guerra.
Casi un siglo más tarde, España democrática prospera pacíficamente, aunque teñida de graves flaquezas morales, independentismos atávicos e insurgente extremismo…
