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Yoani Sánchez: Día 14 de la emergencia por el covid-19

La emergencia del Covid-19 en Cuba tiene su propio sonido o más bien su «no sonido». Si antes desde nuestra casa se escuchaba el bramido constante de la cercana avenida Rancho Boyeros, ahora hay una rara quietud que lo llena todo. Un «beneficio colateral» del drama que estamos viviendo con la emergencia del coronavirus en Cuba es la merma en el tráfico de vehículos por las calles.

De vez en cuando, cada vez con más frecuencia, esa calma es rota por la sirenas, como ocurrió esta mañana. Estábamos alrededor de la mesa y escuchamos el inquietante sonido. «Si antes eran una o dos al día, ahora son a cada hora», comentó nuestro hijo. Seguimos sorbiendo el café, pero la idea de que en un vehículo a toda velocidad, cruzando sin pausa los semáforos, podía ir alguien cuya vida peligraba, nos atragantó el desayuno.

Cuando era niña y la televisión oficial transmitía seriales donde agentes de la inteligencia cubana se infiltraban en el exilio, en las escenas que representaban al extranjero abundaban la sirenas. Había casi siempre hombres mayores, rodeados de jóvenes mujeres con poca ropa, un vaso de whisky en la mano, quizás una piscina y el sonido de fondo de alguna ambulancia, carro de bomberos o patrulla policial.

Aquello fue un recurso dramático tan usado, que en mi mente infantil, fuera de Cuba la gente siempre estaba a un paso de ser trasladada en una camilla, ver su casa achicharrarse o de ser arrestada. Un pequeño detalle sonoro se convirtió en una efectiva propaganda ideológica para decirnos que era mejor estar dentro de la Isla, salvaguardado por ese padre autoritario que es el castrismo.

En un país donde hoy las cifras oficiales ubican en 269 los casos positivos por covid-19 y seis en estado crítico, hay razones para preocuparse

Quizás por eso, ahora, cuando escucho una y otra vez las sirenas tengo una sensación de que la realidad se derrumba alrededor mío. Si a eso se se le suma que la ciudad está más callada que de costumbre, pues las alarmas ganan protagonismo y parecen más dramáticas todavía. En un país donde hoy las cifras oficiales ubican en 269 los casos positivos por covid-19 y seis en estado crítico, hay razones para preocuparse.

Este viernes no tuve que salir de casa. Hice unas croquetas, estiré el arroz que conseguí ayer y unas zanahorias compradas también el jueves en un mercado cercano me salvaron y pude hacer una crema muy sabrosa. La manada canina y gatuna debió conformarse con una propuesta «vegetariana» y una de las cebollas que sembré hace unos días empezó a brotar. La vida sigue, aunque la ciudad esté sumida en un letargo.

La parálisis del transporte, el cierre de muchas industrias y de parte de los servicios ha hecho que esta mañana hayamos amanecido con un cielo límpido y hermoso… al menos en una parte de la capital cubana. Si hacia el sur, la zona del aeropuerto y Santiago de las Vegas, se veía azul y despejado, en dirección a Centro Habana, La Habana Vieja y la bahía una nube de humo cubría la ciudad.

La refinería Ñico López sigue proyectando sobre los barrios una mancha oscura producto del procesamiento de hidrocarburos. En un territorio donde otras industrias están paradas, esa lengua de contaminación se nota mucho más. Eso y el sonido de las sirenas.

Seguí sembrando esta tarde atenta a los ruidos que llegan por el balcón. Hoy, agregué unas semillas de cilantro y además trasplanté unas posturas de aloe vera, conocida en Cuba como sábila y que es la especie de la que tenemos más ejemplares en este piso 14. Las plantas que germinen, crecerán y las cosecharemos con esa «banda musical», con el fondo sonoro de la angustia.

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