Anna Grau: Israel, un año y varios días después
«Mucho se teme quien esto firma que, si Netanyahu cae, el antisemitismo mundial lo celebre como una victoria…sin por ello sentirse obligado a tratar mejor a Israel»

Ilustración generada mediante IA.
El 18 de octubre les anunciaba aquí mismo que iba a volver a Israel, un año después. Un año después de asistir en vivo y en directo a la liberación de los últimos rehenes vivos del 7 de Octubre en poder de Hamás, pero también de visitar el cráter estremecedor del Festival Nova, el kibutz de Nir Oz, donde la crueldad fue especialmente prolongada y detallada, etc. Aviso a navegantes y a visitantes: los que vayan o vuelvan al Yad Vashem, el gigantesco museo memorial del Holocausto, lo encontrarán más modernizado que otras veces, incluso más ligero. Menos centrado en poner la lupa sobre aquel dolor infinito que sobre su contexto. Lo otro, la herida más abierta y más fresca, hay que ir a buscarla ahora al Centro del Legado de la Inteligencia y las Operaciones Especiales de Israel (Muzeon HaModiín), en el cruce de Glilot, al norte de Tel Aviv. Este museo contiene una exposición especial dedicada al 7 de Octubre.
Qué decir de lo que allí se ve. Desde un mural donde te salen al paso los niños Bibas con su inconfundible pelo rojo y su traje de Batman, hasta imágenes de habitaciones de seguridad a las que los terroristas pegaron fuego desde fuera, para asfixiar a sus ocupantes y obligarlos a salir. Es decir, a pasar de una muerte segura a otra no menos segura, pero aún más espantosa. Algunas de estas habitaciones conservan la imprenta de manos humanas agarrándose desesperadamente a la pared y a la vida. También hay monstruosas imágenes de niños palestinos adoctrinados desde pequeños para matar judíos. Uno de no más de cuatro años blande un fusil de asalto en brazos de Sinwar, el ideólogo de la matanza.
Otros detalles estremecedores que allí se conservan son la azada con que fueron (o intentaron ser) decapitadas varias víctimas —quien haya visto el vídeo, grabado por el mismo Hamás, no olvidará eso nunca…— o la inteligencia que acredita que los terroristas sabían exactamente en qué kibutzim entrar y a quién neutralizar o matar primero. La información procedía de los mismos civiles palestinos que iban cada día a trabajar a esos kibutzim, que llevaban años de aparente vecindad cordial con sus moradores, y que luego participarían eufóricos en los saqueos y violaciones, o en su festejo aullando por la calle.

En cambio, parece que nadie había informado a Hamás de la celebración del Festival Nova. O en su mundo y en su inteligencia no caben eventos así, o en su tosquedad no fueron capaces de leer los mapas de la muerte, se extraviaron y se dieron de bruces con el festival. Un verdadero festín para sus planes de masacre, lo más espeluznante posible. Pienso en los ojos de Mazal, una joven superviviente que logró serlo haciéndose la muerta y no moviéndose ni cuando un terrorista, para asegurarse, le asestó un culatazo de su arma en la cabeza. Ella aguantó pensando en su hijo, que ahora tiene 12 años y entonces tenía 9, y que aún le dice: «¿Pero de verdad jugaste a estar muerta, mamá? ¡Eres guay!»
Todo bajo la sombra ominosa de las elecciones. Parece fácil decirlo ahora, pero una semana antes ya olía a bloqueo. A desesperación. Espero que nadie interprete como frivolidad comparar la polarización política en España alrededor de la figura de Pedro Sánchez con la que se vive en Israel a propósito de Benjamin Netanyahu. Medio país no le perdona una cosa, medio país no le perdona la contraria. Nadie le perdona, por ejemplo, llevar 20 años en el poder. Con las oportunidades que eso da de cargarse de vicios de todo tipo. Políticos y humanos. Y a la vez, el vértigo: ¿hay alguien que tenga una idea mejor para salir del actual laberinto?
«Espero que nadie interprete como frivolidad comparar la polarización política en España alrededor de la figura de Pedro Sánchez con la que se vive en Israel a propósito de Benjamin Netanyahu»
Israel no solo sufre una crisis de imagen en el mundo. Casi es peor la crisis de autoimagen. No gustarse en el espejo. Un cambio rotundo de liderazgo puede parecer un empujón narrativo en la buena dirección. ¿Como cuando Obama reemplazó a Bush hijo en Estados Unidos, aportando pocas ventajas políticas en la práctica, pero indudables ventajas simbólicas? Ah, si esto fuera tan fácil en Oriente Próximo. Mucho se teme, quien esto firma, que, si Netanyahu cae, el antisemitismo mundial lo celebre como una victoria… sin por ello sentirse obligado a tratar mejor a Israel. O al menos a intentar verlo de otra manera.
Hay detractores feroces de Netanyahu que, a regañadientes, te reconocen que quizá no es tan mala idea que aguante un par de años más (¿los mismos que le quedan a Trump?) para acabar el «trabajo» y que el que venga detrás pueda gobernar libre de ciertas cargas. La ensalada de coaliciones contra natura que hay ahora mismo sobre la mesa incluye esa posibilidad.
¿Y qué decir del fulgurante ascenso del voto árabe, que duplica su presencia en la Knesset y deviene la llave de casi todas las gobernabilidades, por activa o por pasiva? Crecen las sospechas de que esa hipermovilización de un electorado tradicionalmente inapetente puede haber tenido alguna ayudita extranjera. Quien esto firma, no sabe si, en el colmo de la ingenuidad, se ha llegado a plantear si eso no puede ser un caballo de Troya bienintencionado, no de las potencias que no se resignan a la existencia de Israel, sino todo lo contrario, de aquellas que ya habrían suscrito los ansiados Acuerdos de Abraham de no ser por la que está cayendo. ¿Quién tendría más autoridad para validar un nuevo marco de relaciones entre el Estado judío y los Estados musulmanes interesados en la paz que una fuerza política árabe decisiva dentro de Israel? Es que lo otro, pavor da pensarlo. Incluso en la cotidianidad del terror.
