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Macky Arenas / Bitácora Cubana (CXXXII) – Noviembre 2026

 

Un buen día nos «desayunamos» con la noticia de que Trump vaticinó el fin del régimen castrista, pero puso un plazo de dos años. Puso un plazo que con Venezuela no ha hecho, tampoco con Irán. La arruga en Cuba tiene vencimiento en su corrida: en ese lapso él deberá entregar la presidencia. Y repite: «Miren lo que hicimos con Venezuela. Va a salir muy bien». Un tanto riesgoso. No solo porque en Venezuela aún no ha salido bien, sino porque las cosas —tanto en Venezuela, de donde interesa primeramente el petróleo, como en Irán y los conflictos conexos o derivados— pueden hacer que lo de Cuba penda de hilos sumamente frágiles, y bien podrían romperse antes de dos años.

El castrismo, por su parte, vocifera que «resiste». El que realmente resiste es el pueblo cubano, pero esa resistencia que pregona el régimen no tiene otro impulso que la apuesta a que a Trump le salga mal el midterm: elecciones, por cierto, que han levantado toda clase de expectativas, no solo en EE. UU., sino en Cuba y Venezuela por razones obvias.

El régimen cubano, de su lado, confía en que los poderes de Trump quedarán limitados y ellos podrán ver aliviadas las presiones y sanciones que mantiene el gobierno norteamericano. No obstante, en EE. UU. la presidencia del país no está en juego por esta vez y, aunque una victoria demócrata podría traer un poco de oxígeno, está descartado que se traduzca en una victoria para el régimen; hay un largo trecho entre ambas realidades. Mientras tanto, han tenido que contentarse con ralentizar el desarrollo de las conversaciones con la Administración Trump e intercambiar amenazas para satisfacer a la galería: ganar tiempo que no sabemos si se gana o se quema como el caucho contra el pavimento.

Más le valdría a Trump resolver el tema cubano que, de suyo, no es tan complicado como para deshojar la margarita mucho rato. No es que sea una perita en dulce, pero es el menos complejo que tiene por delante. Esa es una urgencia que Trump debe encarar. Lo sabe y también lo sabe Marco Rubio que, de hecho, ha sido virtualmente nombrado «virrey» de la isla. Para los jerarcas del régimen, el asunto es más complicado y lo han mostrado en el talante hecho público en la ONU, donde se puso de manifiesto la táctica terminal de la cual estos impresentables echan mano cuando se les tranca el serrucho: acudir a la violencia, sea física o verbal, dependiendo del escenario. Fuera de Cuba no pueden reprimir; no es su patio, como bien se los recordó el embajador Mike Hammer. ¿Sus armas?: el insulto, la ofensa y el agravio. Enseñan su lado más degradante. La comidilla de todo el mundo diplomático ha sido el comportamiento —que podría esperarse de ellos en este continente, pero que escandalizó al resto del mundo— de la delegación cubana, canciller al frente, desplegada en la Asamblea de las Naciones Unidas. Exhibieron triunfalismo al retornar a Cuba, pero no se lo creen ni ellos mismos.

El sacerdote cubano Alberto Reyes, quien no da puntada sin dedal, cuestionó que las autoridades de la isla presentaran como una victoria el enfrentamiento protagonizado por el canciller Bruno Rodríguez durante la Asamblea General de Naciones Unidas, mientras millones de ciudadanos continúan afectados por la falta de alimentos, medicamentos y electricidad. Por eso repito: el que resiste no es el régimen, es el pueblo cubano.

Lejos de ayudarlos, el episodio los ha mostrado al mundo como lo que son: gente sin argumentos que pierde la compostura cuando las salidas se les cierran, incapaces de buscar atajos porque compartir los pareceres, y menos el poder, no está en sus planes porque no está en su ADN. Pero sí se percatan de que sus opciones se agotan y de que ese panorama comienza por la manera, a veces manifiesta y a veces encubierta, en que el mundo va replegándose, con una situación especialmente crítica cuando se trata de aquellos que iban en la misma barca. Y eso queda muy claro cuando constatamos la tónica del embajador ruso en Bogotá: rechaza una invasión de EE. UU. a Cuba, pero no promete defender la isla. Esas reacciones de antiguos e incondicionales aliados deben de recorrerle el espinazo al poder como una brasa candente.

Este mes, por primera vez, se ha percibido que los temas del costo de la vida y los apagones se han colocado por encima de la misma represión. Y es que la gente ya ha perdido el miedo a los represores; igual hacen pintas, protestas o simplemente dicen a la prensa y a las redes lo que les viene en gana. Claro que los castigos no faltan: ahora la fiscalía está pidiendo cinco años de cárcel para los manifestantes. Aun así protestan, y lo hacen a diario en todas partes, pues la situación está peor que nunca. El escrito de Yoani Sánchez en 14ymedio lo refleja tal cual es: en el marco de la fiesta de brujas, comentó: «Hay Halloween a la cubana. La fiesta gana seguidores entre los jóvenes, que celebran entre disfraces y telarañas mientras la oscuridad de los barrios no necesita efectos especiales». El mensaje es claro: la realidad de los cubanos es suficientemente tétrica como para necesitar una fiesta de calendario; el terror es diario. También, hábilmente, comparó la bandera desgastada en jirones que ondea en el Capitolio con el sufrimiento del pueblo: «La bandera rota que ondea en el Capitolio parece reflejar las heridas de Cuba, agravadas por una diplomacia que ha sustituido los argumentos por el matonismo».

Un buen cierre es la pregunta de Ernesto García en Cubanos por el Mundo: ¿Y si a Martí le hubiera tocado Castro? Recuerda que el 11 de julio de 2021 miles de cubanos salieron a la calle gritando «libertad» y «tenemos hambre». Entre ellos había muchachos de la misma edad que tenía Martí cuando lo arrestaron: «Cárcel, destierro o rendición. Es exactamente el mismo menú que España le sirvió a Martí. La diferencia es que a Martí, al menos, lo dejaron irse». Y mete el bisturí a fondo: «El régimen recuerda con orgullo que España encarceló a un adolescente por escribir una carta. Lo que no cuenta es cuántos adolescentes ha encarcelado él por gritar libertad».

¿Cuánto tiempo falta de abusos y arbitrariedades? Trump dice que dos años… o dos años y medio…

Amanecerá y veremos.

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