Vicente Fox, expresidente de México: «Trump está loco, en dos años puede destruir el mundo»
El exmandatario repasa con Juan Luis Cebrián la situación de América Latina y la deriva de las democracias liberales
Esta semana en Conversaciones con Cebrián, el protagonista es el expresidente mexicano Vicente Fox Quesada, nacido en Ciudad de México en 1942. Antes de dar el salto a la política, desarrolló una carrera empresarial en Coca-Cola, donde llegó a dirigir las operaciones de la compañía en México y Latinoamérica. En 2000 hizo historia al convertirse en el primer presidente del Partido Acción Nacional y poner fin a 71 años de Gobiernos del PRI. Entre 2000 y 2006 estuvo al frente de México, una etapa marcada por las expectativas de cambio y las dificultades para sacar adelante sus reformas. Más de dos décadas después de aquella victoria, Fox conversa con Juan Luis Cebrián sobre la evolución política de su país, su relación con Estados Unidos y los desafíos que afronta México en un escenario internacional marcado por la polarización y el populismo.
P.REGUNTA- Buenos días, presidente.
RESPUESTA- Muy buenos días. Un saludo que no hacíamos desde hace mucho tiempo.
P.- 20 años. Pero guardo un recuerdo muy satisfactorio de mis relaciones con México y la nuestra. Porque creo que, en primer lugar, fuiste uno de los presidentes más votados de México en los últimos años o en toda la historia, con el 70% al 80% del voto. Luego ya la gobernación te generó algunos problemas, pero, en todo caso, tuviste una votación y una aprobación formidables. También recuerdo tu tarea para la promoción económica de México, las relaciones con España y otros países de América Latina. Pienso que no ha habido muchos empresarios, ejecutivos de empresas en general en América Latina, incluso en Europa, que luego se hayan dedicado a la política. Un caso actual es el presidente de la República Dominicana, Abinader, un gran empresario, como tú. Llegaste a dirigir Coca-Cola para toda América Latina y creo que se puede comenzar hablando de esto. ¿Tú crees que la formación empresarial es un buen entrenamiento para la dirección política?
R.- Aunque es anómalo saltar de la empresa a la política, yo diría que sí. Es muy completo lo que aprende uno en el negocio para convertirlo en política. En México, los políticos y los empresarios son dos castas distintas entre las que aparentemente hay un gran divorcio en lo público: los empresarios no quieren aparecer en la arena pública y mucho menos con la observación del Gobierno. Así, el empresario se dedica a los negocios y el político nace y se dedica a lo propio. Más todavía en un país donde hubo un régimen de 70 años, donde el PRI formó cuadros políticos desde la Revolución mexicana y, por tanto, casi era una familia. Lo político del PRI se heredaba en el poder, empezando en la cabeza, en la Presidencia. Pero esa Presidencia, al tomar las riendas de la Administración del país, invitaba a todos sus amigos. Y entonces esos amigos también quedaron por 70 años. Ahí estaban todos los que eran del PRI y estaba la cabeza, que era presidente del PRI, y así se movió el país en manos del PRI.
Yo creo que fue luz y sombra. Luz en cuanto a que sí creó instituciones valiosas, profundas. El PRI creó el Instituto Mexicano del Seguro Social, que llegó a ser muy poderoso y muy amplio, así como el Acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos. Instituciones muy duraderas y de muy alto impacto. Por otro lado, también tuvo muchas sombras, porque a nadie convidaba a la mesa del poder. En la mesa del poder, solo el PRI y nadie más. Los opositores, fuera, si no en la cárcel por volverse rebeldes. Y las organizaciones de trabajadores, de campesinos, de sectores de comercio y populares, todas creadas por y para el PRI. Como dijo Mario Vargas Llosa, era como «la dictadura perfecta». Todo hacía parecer que era democracia, pero no era más que autocracia y dictadura en la verdadera realidad.
Ese fue el mundo del siglo XX en México y a mí me tocó llegar a ser el actor, el factor del cambio en el año 2000. Pero no empezó ni culminó conmigo. Vino de antes, de aquel movimiento estudiantil. Fue la primera rebelión que el PRI tuvo que enfrentar. Los jóvenes se rebelaron, ya no querían más PRI. 1968 y, sin embargo, duraron todavía hasta el año 2000. Tuvieron que ir haciendo concesiones. Cuando entran Cuauhtémoc Cárdenas, junto con Manuel Clouthier, los dos de la oposición política al PRI, le abrieron un boquete al PRI, debilitaron al PRI y ahí empezó ya su franca caída hasta perder el poder en el año 2000. Digamos que esa es la historia de transición del PRI autoritario al PAN democrático.
P.- A partir de ahí arranca un periodo de reformas. El PRI volvió luego al poder, aunque no inmediatamente. Luego, abandonarías el partido por el que tú ganas, que era el PAN. Y en la elección de Calderón hubo un gran conflicto porque el representante del PRI, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), regidor de la capital de México durante todo su mandato, no reconoció la derrota. Recuerdo asistir a la toma de posesión de Calderón, junto con la familia de su mujer, Margarita, y el palco donde tenía que estar la familia de su mujer había sido tomado por gente de López Obrador. Nos llevaron a una habitación y vimos la toma de posesión por televisión. Y a partir de ahí hay otro periodo AMLO. Después viene una etapa absolutamente diferente que culmina con la victoria electoral de López Obrador de hace unos años y una etapa en la que un presidente que había sido el anterior presidente, que había sido presidente con el PRI, declaró en una reciente conversación que tuvimos, como esta, que López Obrador y la actual presidenta eran el fin de la democracia en México, que ya no era un país democrático. ¿Estás de acuerdo con esa versión?
R.- Recurro a aquella frase que Mario Vargas Llosa hizo famosa al definir lo que el PRI fue en el siglo XX: «La dictadura perfecta». O sea, sabía vestirse de demócrata ante el mundo entero, hacer creer al mundo entero que en México había una democracia. Había elecciones y había ciertos comportamientos democráticos, pero al final era autoritario y una dictadura nada dispuesta a dejar el poder.
Luego viene esta parte de la historia donde entramos nosotros como oposición. Logramos ese significativo triunfo para parar los 70 años o más del PRI y establecer una verdadera democracia. Eso sucede en el año 2000. Fue una victoria histórica porque el pueblo de México decidió que era importante y urgente un cambio en el país. Hacia una democracia pura y llana, una democracia con autonomía de poderes, con una verdadera apertura en la manera de gobernar y en la participación de la ciudadanía.
Eso es lo que se logra en el año 2000. En 2006 viene la siguiente elección, que hice que ganara Calderón, aunque no es muy democrático decir eso, pero yo me dije a mí mismo que la sucesión en el país debiera quedar en las mismas manos de mi partido político. Llegué a decir públicamente que yo no entregaría el poder salvo a un presidente electo del PAN. Si me hubiera tocado uno de otro partido, no le hubiera entregado la banda presidencial.
Pero, además, teniendo una mentalidad de empresario, hay que operar un negocio y, para hacerlo exitoso, debe tener en mente a quién va a dejar esa empresa. Esa es una pregunta y una posición muy fundamental de un verdadero empresario: «¿A quién le voy a dejar las riendas?». Y yo me dije a mí mismo: «Vicente, tú vas a dejar el poder a alguien del PAN. Así que empieza a trabajar. Tienes que ganar para que quede el PAN y le puedas entregar las riendas del país».
Y, efectivamente, Calderón gana con nada de votos. Y López Obrador, que estaba en el Distrito Federal, en la capital, inventó la historia de que Calderón no había ganado. El Instituto Federal Electoral probó contundentemente que había ganado Calderón. Las cifras que yo tenía como presidente son que sí había ganado Calderón, pero fue tan mínima la ventaja que hubo dudas en la oposición y López Obrador organizó manifestaciones.
Tenía el Congreso y no iba a dejar que yo entrara al Congreso a entregarle la banda presidencial a Felipe Calderón, a quien él llamaba «espurio». Así que Calderón y yo tuvimos que preparar una estrategia y evadir el cerco de manifestantes que López Obrador tenía alrededor del Congreso.
A Calderón, que había sido congresista, diputado, recordó que atrás había una puertita pequeña que daba al gran estacionamiento del Congreso. Pensamos en entrar por ahí y sorprenderles. Pero me di cuenta de que necesitábamos un plan B.
Nuestro plan B se basaba en que a medianoche yo dejaba de ser presidente y Calderón tomaba el testigo, así que decidimos hacer la ceremonia de entrega del poder en la Casa de Los Pinos. A medianoche le entregué el poder a Felipe Calderón, la banda presidencial, con su gabinete y el mío de testigos a oscuras, en un salón de Los Pinos.
Lo demás fue teatro. Él salió en su coche. A la hora exacta en que él salió, estaba en un hotel para ir al Congreso de la Unión. Yo salí de Los Pinos a la misma hora, en un coche, para llegar exactamente a la misma hora al Congreso, a las 11 de la mañana, cuando iniciaba la ceremonia.
«A Trump no le basta con tener la nación más poderosa del mundo. Ahora quiere toda América Latina, desde Alaska hasta el cabo de Hornos. Entonces ese cuate está loco»
Nos comunicamos por radio y dijimos: «Vamos a llegar al estacionamiento, no en coche oficial». Él caminó y llegó al estacionamiento del Congreso y yo llegué al estacionamiento del Congreso como presidente todavía ante la nación. De ahí nos bajamos, subimos esa escalerita. Y cuando estaban los de López Obrador echando gritos de euforia y de alegría, «no vinieron los espurios», de repente se abre la puertita y aparece Fox con la banda presidencial, y aparece Calderón, y entramos directo ya a la tribuna.
Y entonces se llevaron una sorpresa. Llegó a trepar gente a la tribuna para evitar que tomáramos la tribuna y el micrófono. Pero Fox está grandote, así que abrí paso y empujé para entrar a entregarle la banda presidencial a Felipe Calderón en la tribuna del Congreso, a la hora indicada, y que todo México viera lo que estos no querían que se viera. Y lo logramos. Le entregué la banda presidencial y todo se calmó porque ya era presidente Felipe Calderón.

P.- Años más tarde, Calderón tuvo una etapa muy conflictiva, fundamentalmente por el narcotráfico. Yo estaba entonces en la Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey, iba con frecuencia allí y varias veces me tuve que quedar en el hotel porque no se podía circular. Recuerdo hablar con Juan Manuel Santos, director del periódico El Tiempo cuando yo dirigía El País, que hubo un intento de legalizar la droga para poder controlarla y el narcotráfico. Si mal no recuerdo, tú también eres partidario, igual que Juan Manuel y que otros presidentes, pero Estados Unidos no lo permitió de ninguna manera aquello. Yo siempre he pensado que la legalización de la droga es complicada. Sin embargo, creo que América Latina está en una buena posición para el futuro, pero tiene dos problemas permanentes: uno, la desigualdad. Es la región más desigual socialmente de la Tierra. Y, segundo, a la par, el narcotráfico, que ha llegado a producir verdaderos narcoestados. Y hay que decir que un narcoestado ha sido Venezuela y, en gran medida, lo sigue siendo. Ecuador. Colombia pudo rehacer un poco la situación, pero también se apunta a México como un lugar donde últimamente el crecimiento del narco es muy fuerte. ¿Sigues pensando, o piensas que ya no a estas alturas, que la legalización de la droga sería un sistema para poder luchar contra los narcoestados y la narcopolítica que está destruyendo América Latina?
R.- En primer lugar, cuando entra Calderón, ya siendo presidente, toma una decisión profunda y trascendente que hablamos tiempo atrás, entre la elección en junio y la toma de posesión, en noviembre o diciembre. Él me explicó que metería al Ejército de policía y al Ejército de Seguridad Nacional en las calles. Yo me opuse, porque no creía creo que fuera la ruta correcta, que un enfrentamiento entre militares y el crimen organizado en las calles no daría resultado. Sin embargo, él se empeñó en que iba a seguir su estrategia. Y así, el primer día de gobierno se pone la cachucha de militar, las cinco estrellas de comandante supremo, se saca la foto y dice: «Voy detrás de los criminales». Yo le decía: «Es una guerra que no vas a ganar, Felipe». Y si vas a ir a una guerra, más vale que la ganes, porque si no se te revierte. Y ahí está el ejemplo de Trump con Irán, que pensó que en tres días la iba a resolver.
«Si dejáramos libre producción y venta de droga en México, no tendríamos el problema del narcotráfico y los narcotraficantes»
Ya llevamos seis meses y no ha podido ganar esa guerra. Y si no la ganas, te metes en muchísimos problemas. Ese fue mi mensaje a Calderón con la guerra. La otra versión de lo que estás diciendo es la estrategia del Gobierno, clavarse en la seguridad como tema único. Y mientras, pones a un lado la economía, la educación, la salud y todo lo demás, porque concentras todo el presupuesto en esa guerra contra las drogas. Y, efectivamente, resultó un Gobierno muy reconocido por las gentes de mano dura, de seguridad, y las gentes que rechazaban la presencia del Ejército en las calles y la firmeza en el tema de la seguridad.
Es un dilema. ¿Qué es el valor supremo de una sociedad o de un país? Nada tiene más valor para un ciudadano de un país que la paz, la paz social y la paz de no guerra. La paz es fundamental para construir, estudiar, tomar decisiones sin verse comprometido con la violencia.
Calderón se lanza a esta aventura y no le funciona completamente. Logró algún avance, pero no importante: detener a algunos capos y algunos guerrilleros y extraditarlos a Estados Unidos. Pero no fue un triunfo total. Ni la opinión pública ni la prensa se lo reconocieron como triunfo. Así que aunque yo pasé el testigo a un miembro de mi partido, él no pudo pasárselo a alguien de nuestro partido, sino a López Obrador.
«Trump dice: ‘Sí, me llevo a los capos, me llevo a Maduro, pero también me llevo el petróleo’. Es una trampa terrible»
Así se dio la historia y, al final, la pregunta es qué tiene más valor y qué tiene más éxito ante la opinión pública. Se ha tardado en reconocer lo que fue mi Gobierno. Al principio fue muy criticado una y otra vez por varias causas. Pero, al final, hoy yo en la calle me encuentro a muchísima gente que me dice: «Usted es el mejor presidente que ha tenido México». Y me he puesto a reflexionar al respecto y creo que, dentro de logros medianos, no importantes y de alto impacto, la gente termina reconociendo lo que es bueno y, sobre todo, si comparas con lo que es malo, con lo que fue el PRI, fui mejor. Al compararme con el Gobierno de Calderón, monotemático, mejor Fox. Mucho más con el loco de Peña Nieto, que perdió la cabeza. Y luego viene López Obrador y, para las clases medias, AMLO es el peor presidente de la historia de México y, por tanto, vuelvo a quedar bien.
Entonces, hoy me doy cuenta de que mucha gente me quiere, me saluda en la calle. No salí del país como el resto de presidentes de México de este siglo y el pasado, acusado de 20.000 cosas. Yo me quedé y sigo, viviendo en el rancho San Cristóbal. Y eso me da valor también de reconocimiento. «Este no se fue, no tiene fortuna que esconder».
P.- ¿Y respecto al otro tema que había planteado sobre la eventual legalización de las drogas como un sistema para luchar precisamente contra el narcotráfico? La marihuana, por otra parte, tiene algunos aspectos medicinales y está legalizada en muchos países.
R.- Eso fue cuando entré en política. Yo creo que todos los hombres, tú, yo y los que nos están viendo, fuimos creados libres. La libertad es un derecho inalienable, así que ejercerla es importante.
Así, la libertad es un principio fundamental que aplica en el caso de las drogas. Si tú quieres consumir drogas y matarte y dañar tu salud, hazlo. Eres libre de hacerlo, pero también eres libre de tomar la decisión de no afectar tu salud, de no perjudicar a otros. Ese fue un principio también permanente mío y es duro, a la hora de hablar de drogas, decir la libertad. Y la gente me pregunta: «¿Pero también la cocaína? ¿También la morfina? ¿También otras drogas más allá de la marihuana?». Claro que sí. Toda persona es libre de consumirlas, con lo que eso conlleva.
Fui un apologista de la legalización de las drogas y de la apertura, de quitar la prohibición de poder tomar drogas. Igual que el alcohol. Igual que si abusas del azúcar, te da diabetes. El primer país que visité fue Portugal, que ellos liberaron las drogas totalmente. Y Perú liberó. No pasó nada especial. No se volvió toda la población de Portugal drogadicta. Entonces, eso es casi el extremo de por qué romper la prohibición y dejar la libertad.
El fentanilo, que Trump trae una cruzada en contra de él y ha amenazado con invadir México si no para la llegada de fentanilo. ¿Por qué no para el fentanilo en Estados Unidos? En su país tiene policías que pueden decir que no hay fentanilo y que lo prohíban totalmente y, sin embargo, no va a poder. La gente va a buscar dónde encuentra fentanilo para drogarse.
Entonces hay dos modos de resolver el problema de la droga. Uno, como Trump, parar la oferta de droga, que no llegue de otros países, o no atacar el consumo de la droga ahí en su propio país. Ahí no hace nada, entra el fentanilo y todo el mundo que quiere lo consume. Y, sin embargo, anda echando la guerra afuera, en otros países. Esa es mi postura sobre las drogas.
En México se legalizó el consumo de marihuana, pensando que es la droga de menor problema de salud. Sostengo que las prohibiciones no funcionan y solo crean problemas. Ahí está el crimen organizado en México. ¿Por qué? Porque la droga está prohibida, ganan todo el dinero que quieren. Si dejáramos libre la producción y venta de droga en México, no tendríamos el problema del narcotráfico y los narcotraficantes.
«Una vez que saquemos a Sheimbaum y al lopezobradorismo del poder, lo que vamos a elegir es un hombre duro, de carácter, de derechas»
P.- Todo es lucha contra el narcotráfico. Hay países como Venezuela, que han sido un narcoestado, donde además el Ejército, en vez de luchar contra la droga, se convertía en el dueño de la droga. Tú tuviste oportunidad de coincidir con algunos líderes no democráticos, pero muy reconocidos por otras cuestiones. Coincidiste con Hugo Chávez en Venezuela. Coincidiste con Fidel en Cuba.
R.- Y con el baboso de Nicaragua.
P.- Con el baboso de Nicaragua. Yo viajé, porque era muy amigo de García Márquez, con Fidel y con García Márquez en el avión de Fidel a la toma de posesión de Daniel Ortega, después de la victoria sandinista. Ahí conocí a Sergio Ramírez, gran escritor. Entonces era vicepresidente del Gobierno sandinista y ya ha declarado que él luchó contra la dictadura anterior y que la de Daniel Ortega es mucho peor. ¿Qué experiencia tienes tú de Fidel? ¿Y de Hugo Chávez?
R.- Castro, en una conversación así como estamos tú y yo, platicando, maravilloso el gallego. Invitación a las diez de la noche a conversar hasta las ocho de la mañana sin dormir, tomando vino de Rioja, allá en Cuba. El gallego, bueno para la conversación, bueno para el vino tinto y bueno para la leche de búfala, que, según él, tenía unas búfalas ahí donde vivía, las ordeñaba y tomaba leche de búfala. Decía que era el mejor producto para la salud del cuerpo.
Y yo tuve tres ocasiones de tener esas largas conversaciones con él. En una estaba mi hijo pequeño, que lo llevé, que se llama Rodrigo, y nos sentamos a la mesa en la noche, Fidel Castro y yo enfrente y mi hijo Rodrigo a un lado. Al día siguiente le pregunté a Rodrigo, después de ese evento histórico de estar toda una noche platicando con Fidel Castro de la Revolución, del vino de Rioja, de la leche de búfala, dije: «¿De qué te acuerdas? ¿Qué te impresionó más de Castro?». Me dijo dos cosas. Una, uñas largas como las de un águila. Cómo agarraba el pan con la uña y tomaba un traguito de vino tinto. Y, segundo, movía las orejas al platicar. Estaba platicando y se le movían las orejas.
Luego me llevó al Centro Histórico de La Habana para convencerme de que Cuba tenía el mejor sistema de salud de toda América Latina y que Cuba tenía el mejor sistema de educación de toda América Latina. Caminando por las calles del Centro Histórico, una pobreza enorme, edificios todos deteriorados, un pedacito reconstruido y otro pedacito. Y primero me enseñó las aulas, las aulas en la calle. Ahí estaban los 30 niños con su maestro, sin estar cerrados entre cuatro paredes, y ahí dando las clases.
Y en el tema de salud me llevó a un laboratorio donde se producían varias drogas, medicinas que se volvieron famosas, alguna para la diabetes. Y presumía de tener las mejores medicinas y el mejor sistema de salud. Ya cuando vi el hospital dije: «Está perdido». Castro no tiene comparación. Él no compara con un hospital en Estados Unidos, un hospital en México. Esa fue mi experiencia con él, de ver que era un hombre de mucho carácter, de mucha conversación y de mucha historia. Un hombre histórico.
Con el otro, con Chávez, a él lo conocí el día de mi toma de posesión. Vino de invitado y tuvimos una reunión el día anterior Hugo Chávez, Pastrana, y yo. Y Pastrana me pidió estar en esa reunión para hacer de mediador, de negociador en un conflicto que tenían de territorio Colombia con Venezuela, a ver si le ayudaba a convencer a Chávez de que lo resolvieran. No se resolvió. Ahí lo conocí yo a él, en esa toma de posesión.
Ese es otro hombre extrovertido a más no poder. Hablador y convencido del acto democrático mediante el cual gana el poder. Un hombre al que le encantaban las rancheras de Jorge Negrete, de México, toda la buena música mexicana, y la llevaba en el corazón y cantaba casi como un tenor, una voz enorme para cantar,.
Un día se me presenta en León, Guanajuato. «Vine a saludarte porque pasamos buenas veladas allá contigo. Estoy en el hotel». No le avisó al Gobierno de México de nada. Vino directamente a verme a mí. Tequila y canciones de mariachi. Se ponía el sombrero charro… Entonces, cada líder que en política tiene un comportamiento serio, en lo personal es otra cosa. El presidente Bush en Estados Unidos era una cosa y otro era el amigo Bush, que platica de deportes, de béisbol, de su alcoholismo…
«Fidel era un hombre de mucho carácter, de mucha conversación y de mucha historia. Un hombre histórico»
P.- Viajando a México muchas veces para beber.
R.- Los vas conociendo a cada uno. Putin, otro personaje. Viajé mucho como presidente. Yo fui el mayor promotor de México en materia de comercio exterior de la historia de México. Visité 80 países para vender productos mexicanos y comprar productos de otros países. Entonces, esto me dio la posibilidad de conocer la personalidad de cada presidente y cada uno es diferente.
P.- Estamos aquí casi haciendo unas memorias. Pero, después de esta larga trayectoria que has tenido como empresario, como hombre público, como presidente de la nación, después saliste del partido con el que te habías presentado a la presidencia. Y a tu edad, que es más o menos la mía, estás todavía siendo un activista político y con gentes de diversos partidos, entre ellos el propio PRI. Estás impulsando un movimiento que se llama Alma de América.
R.- Alma de México.

Juan Luis Cebrián. Víctor Ubiña
P.- Pero también te preocupa la situación en América Latina. Supongo que cuando estás pensando en el alma de México estás mirando lo que está pasando ahora. Me gustaría que expliques en qué consiste este movimiento de Alma de México, cómo ves la evolución de México con la actual presidenta, Claudia Sheinbaum, y cómo ves, no solo el futuro de México, sino el futuro inmediato de América Latina.
R.- Han cambiado las cosas en los 20 años que han pasado desde que dejé de ser presidente hasta hoy. Todo es diferente. América Latina ha estado en autoritarismos, dictaduras en el siglo XX, muy poco democráticas o nada democráticas. La mayoría, a partir del Foro de São Paulo. América Latina toma una opción que no tiene una ideología concreta y que hemos identificado como populismo, como socialismo de izquierda casi extrema.
El Foro de São Paulo irradia a toda América Latina y casi todos los países toman esa forma de ser, esas ideologías. Y yo me preguntaba y me pregunté: «México, vecino de Estados Unidos, jamás va a caer en esa trampa del populismo y la izquierda extrema». Y, sin embargo, llegó esa onda expansiva, llegó hasta México y llevamos 20 años de aquel Foro de São Paulo.
Y ahora está exactamente de regreso a un centro más cargado de derecha. Lo importante son los valores universales de Occidente: libertad, democracia, economía de mercado, derechos humanos, régimen o imperio de la ley. Eso es lo que a Occidente le dio éxito, con lo que caminó por un buen tiempo exitosamente y logró desarrollo económico.
«Bukele tiene un 90% de aprobación. La gente quiere seguridad y quiere paz a costa de lo que sea. No importan violaciones a derechos humanos»
La izquierda combatió eso y, por lo pronto, ganó la batalla de la narrativa. La ganó completa, pero no la de los hechos, no la de los resultados. Para un hombre de negocios como yo, lo que cuenta es el resultado final. Esta onda expansionista de izquierda y extrema izquierda no ha dado resultados y, por tanto, la gente tardó bastante tiempo, 20 años, en llegar a decepcionarse y decir: «Esto no está funcionando, hay que buscar algo nuevo».
Y ese algo nuevo es un regreso a la extrema derecha, autoritaria. Yo creo que es la inseguridad. Ese bien supremo de la paz y la tranquilidad, amenazado ahora por la inseguridad y la violencia, hace que los pueblos quieran tener gobernantes y autoridades fuertes, de garrote en la mano. Al estilo Trump. Al estilo Milei.
Entonces, es una derecha diferente, no es una derecha humanista, constructiva, basada en esos principios universales, sino que es una derecha para imponer la paz al costo de lo que sea, porque es lo que la gente pide. ¿Y qué mejor ejemplo que Bukele? La gente pide seguridad, quiere acabar con los criminales y Bukele agarra el garrote. Los lleva de manera muy poco digna a la cárcel, con muy poco análisis de quién es culpable y quién no. Todo el que traiga grafitis, adentro a la cárcel. Y luego averiguamos quién es inocente y quién no es inocente.
Pero el 90% de aprobación tiene Bukele. Es el presidente más aprobado de toda América Latina y quizá del mundo entero. Porque la gente quiere seguridad y quiere paz a costa de lo que sea. No importan las violaciones a los derechos humanos. No importa nada más que a la cárcel.
Entonces, eso me da a mí que pensar que vienen tiempos donde la gente va a buscar un duro para presidente, una persona de carácter, una persona firme. Y creo que, una vez que saquemos a Claudia del poder y saquemos el lopezobradorismo del poder, lo que vamos a elegir es un hombre duro, de carácter, de derechas.
Por eso pienso que incluso Ricardo Salinas, presidente del Grupo Azteca en México, tiene eso, tiene carácter, tiene fuerza y le está ofreciendo a la nación garantía de paz, tranquilidad y desarrollo económico. Probablemente sea el siguiente presidente en México.
Buen hombre de negocios, aunque le debe al fisco mucho dinero de evasión de impuestos, pero los está pagando. Entonces, viendo un mapa de lo que es México, encuentras un principio fundamental, que es: microesfuerzos loables, legítimos, válidos; macrodesintegrados. Por eso necesita movimientos más amplios. Y entonces, uniendo todos estos microesfuerzos en una red neuronal, te conviertes ya en un macroesfuerzo.
Nuestra meta inmediata es controlar a Morena. Por lo pronto, no lo vamos a poder quitar del poder, hay que controlarlos, hay que quitarles el presupuesto. ¿Cómo? Logrando que no tengan mayoría en el Congreso de la Unión. Hoy tienen mayoría absoluta. La mayoría constitucional es de ellos, el Congreso es de ellos, el Poder Ejecutivo es de ellos. Entonces, los tres poderes de la Unión, que debieran ser independientes, todos son de Morena.
Entonces, el próximo año, si les quitamos el Congreso o, cuando menos, conseguimos que no tengan mayoría, ya no tienen el presupuesto, ya no pueden hacer lo que se les antoje. Ya no pueden hacer el proyecto de inversión que ellos quieran, sino que lo tiene que aceptar el resto de la oposición. Este es el plan y los planes muchas veces no se hacen, pero con estrategia sí se pueden hacer, y eso es lo que es Alma de México.
Eso es Latinoamérica ahora, está regresando a una derecha extrema para lograr paz, tranquilidad y seguridad, para que se derrote al crimen organizado y a las organizaciones terroristas, pues el ciudadano quiere esa protección. Antes el presidente Clinton decía: «Es la economía, estúpido». Ahora es la paz, estúpido. Es lo que necesitamos ahora.
Y por eso yo creo que estos tiempos que vienen van a ser de Gobiernos muy fuertes, muy autoritarios. ¿Y la democracia? ¿Qué va a pasar con la democracia si cae en manos de autoritarios? Si cae en manos de Putin, en manos de Bukele, en manos de Milei, en manos de Lula, en manos de Keiko Fujimori, o de este señor de Colombia que acaba de ganar. Todos parecen hijos de Trump.
P.- En manos de Trump.
R.- A Trump no le basta con tener la nación más poderosa del mundo. Ahora quiere toda América Latina, desde Alaska hasta el cabo de Hornos. Entonces, ese cuate está loco. Y la gente, por temor, quiere a Trump. En México los mexicanos quieren a Trump. Que él venga y agarre a los capos y se los lleve a las cárceles americanas.
Pero al ratito Trump dice: «Sí, me llevo a los capos, me llevo a Maduro, pero también me llevo el petróleo». Entonces, estamos en una trampa terrible con Trump y ojalá que acabe ya, porque en dos años puede acabar de destruir el mundo entero.
P.- Muchísimas gracias. Ha sido muy interesante, quizá porque somos de la misma generación y hemos vivido muchas cosas parecidas. Te deseo mucha suerte para que el Alma de México triunfe.
R.- La pregunta es cuánto puede uno durar luchando y trabajando en esta tierra.
P.- Pero es impresionante que a tu edad seas capaz de poner en marcha un movimiento tan importante como el de Alma de México, que tiene que llevar un esfuerzo. Muchísimas gracias por esta conversación y mucha suerte.
R.- Muchísimas gracias. Un gusto y nos vemos pronto otra vez.
