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Armando Durán / Laberintos: Venezuela-entre apagones y represión te veas

 

Días de oscuridad y depresión. Desde hace un par de semanas, una oscuridad insondable y una depresión galopante se ha ido apoderando de una nación de calles desiertas, silencio absoluto y yermo, crispada incertidumbre. Este jueves parece estabilizado el servicio eléctrico, aunque de manera parcial, bajo el impacto de un anuncio muy poco amigable: pronto se aplicará un racionamiento eléctrico en todo el país, como ocurrió en Cuba durante el tenebroso “período especial” decretado por Fidel Castro como respuesta desesperada al colapso y desintegración de la Unión Soviética.

Hoy viernes el país está a la espera. ¿Qué pasará esta noche, mañana, la semana que viene, porque nadie, ni los jefes de un régimen responsable de la gran catástrofe que arrasa a Venezuela desde hace 20 años, tiene la menor idea de lo que ocurrirá dentro de una hora, de un día, de una semana. Vaya, que si bien se tiene la impresión (¿o es sólo deseo?) de que se estabiliza el servicio eléctrico, ¿hasta cuándo tendremos luz, agua, comunicaciones? a sabiendas en todo momento de que este “milagro” no es, no puede ser duradero, y en cualquier momento la oscuridad y el silencio volverán a imponer su imperio. Una sensación de impotencia que coloca a los venezolanos ante un dilema desolador, adaptarse amargamente a la peor circunstancia de nuestra historia republicana o largarse corriendo y a toda prisa adonde sea y como sea. En este punto preciso del penoso proceso político y social venezolano, la vida, en una nación que hasta 1999, a pesar de sus múltiples problemas y dificultades brillaba en el escenario latinoamericano como su estrella más radiante, sencillamente ha dejado de ser vida.

   La dura realidad

Quizá, la señal más impactante e inexplicable de estos veinte años de dominio chavista han sido las fallas en el sistema eléctrico. Intervalos de oscuridad más o menos breves hasta hace muy poco, pero cada día más frecuentes y más prolongados. Hasta que la oscuridad ha pasado a ser el ingrediente principal del día a día venezolano, un evento que de ocasional y extraordinario, de golpe y porrazo, ha pasado a ser un suceso abrumador y habitual, a todas luces inevitable y sin remedio a corto plazo.

En los primeros tiempos de la actual crisis eléctrica, hace más o menos 10 años, el todavía presidente Hugo Chávez, ante las primeras señales de que algo bien podrido comenzaba a afectar seriamente el futuro de un servicio que hasta ese instante era impecable, ordenó con la urgencia del caso asignar miles de millones de dólares para resolver el problema antes de que fuera demasiado tarde. Infructuosa decisión. Las empresas encargadas de resolver el problema, casi todas empresas fantasmas asociadas a altos funcionarios del régimen, en lugar de reparar los daños y modernizar el sistema con la eficiencia y rapidez requeridas, depositaron la mayor parte de ese dinero en cuentas particulares abiertas en paraísos fiscales. El resto se gastó en equipos de segunda mano y defectuosos. Un atraco de magnitud escalofriante que se sumó al turbio manejo de la riqueza petrolera y convirtió a Venezuela en fuente de la mayor trama de corrupción jamás vista en América Latina. Y a los venezolanos los condenó al mayor de los desamparos, del que Nicolás Maduro ha prometido sacarlos ordenando a hacer los trabajos de reparación y modernización que ordenó Chávez allá por el año 2009.

   Un poco de historia

No siempre ha sido así. En los años cuarenta, los presidentes Isaías Medina Angarita y Eleazar López Contreras, generales del ejército y sucesores del dictador Juan Vicente Gómez, habían entendido la importancia de la electricidad como ingrediente indispensable de la modernidad y ordenaron los estudios necesarios para aprovechar el gran caudal del río Caroní, principal afluente del Orinoco, para poner en marcha un ambicioso programa nacional de electrificación.

En octubre de 1945 Medina fue derrocado por un golpe cívico-militar y Rómulo Betancourt, designado presidente de la Junta Revolucionaria, de inmediato tomó las dos decisiones políticas con que habían justificado la ruptura del orden institucional: hacer realidad la legítima aspiración democrática de elegir directamente al presidente del país, y concederle a las mujeres y a los analfabetos el derecho a votar. Consecuencia directa de estas medidas políticas de fondo, en 1947, el escritor Rómulo Gallegos tuvo el privilegio de ser el primer presidente de Venezuela electo directamente por el voto secreto y universal de los ciudadanos. Pocos meses más tarde, en noviembre de 1948, Gallegos fue derrocado por un golpe militar.

Durante el trienio de los dos Rómulos se habían continuado los estudios sobre la electrificación del país y ahora, en los años 50, el gobierno militar de Marcos Pérez Jiménez decidió proseguir con ellos. Se creó una Oficina Técnica para hacer realidad ese programa, al frente de la cual se puso al coronel Rafael Alfonso Ravard, quien además de ser uno de los golpistas del 48, tenía fama de ser un ingeniero muy capaz. En todo caso, bajo su dirección, comenzó entonces a construirse lo que sería Macagua I, la primera de las 5 grandes centrales hidroeléctricas contempladas en el plan desarrollado por los gobiernos anteriores.

  Rafael Alfonzo Ravard

Años después, una vez restaurada la democracia el 23 de enero de 1958, a Rómulo Betancourt, primer presidente de la nueva etapa política que se inició ese día, le correspondió inaugurar esa primera central y dar inicio a la construcción de la siguiente en la lista, la del Guri, segunda represa en importancia de América Latina, que sería inaugurada, 30 años después, por el presidente Jaime Lusinchi. Betancourt también transformó aquella Oficina Técnica perezjimenista en lo que terminó siendo la muy poderosa Corporación de Guayana, no solo para continuar el gran plan de electrificación de Venezuela, sino también para convertir el hierro, el acero y el aluminio en los pilares de un complejo industrial de grandísima importancia. Lo destacable de estas decisiones fue que designó como encargado de los proyectos al ahora general Ravard, a pesar de su activa participación en el derrocamiento de Gallegos y de haber sido importante funcionario del gobierno dictatorial de Pérez Jiménez, imprimiéndole así a los proyectos económicos del Estado una conducción basada exclusivamente en los sus méritos, con independencia total de sus preferencias políticas o partidistas. Un hecho que a lo largo de décadas sirvió de modelo y garantizó el éxito de las más diversas iniciativas empresariales del Estado.

Esta política, puesta en marcha por Betancourt, fue continuada al pie de la letra por los gobiernos de Raúl Leoni, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campíns, segundo gobierno de Pérez y segundo gobierno de Caldera, incluyendo en el lote la gerencia de la industria petrolera después de su nacionalización por Pérez en 1976, haciendo de PDVSA, el holding estatal que sustituyó a las compañías transnacionales que hasta ese momento habían explotado la riqueza petrolera, una empresa estatal ejemplar y exitosa. Al asumir Chávez la Presidencia de Venezuela en febrero de 1999, esta independencia política en la gestión de las empresas del estado se suspendió bruscamente. Lo mismo ocurrió con EDELCA, la empresa encargada de gestionar el servicio eléctrico nacional. Los planes de Chávez, sin embargo, nada tenían que ver con racionalidad económica.

EDELCA socialista

   Vale la pena tener en cuenta que para ese año 1999 estaban en pleno funcionamiento las tres primeras centrales hidroeléctricas del bajo Caroní contempladas en los estudios que habían comenzado a hacerse en los años 40 y las otras dos ya estaban en construcción. Sobre todo la cuarta, que Chávez pudo inaugurar en los primeros tiempos de su Presidencia, aunque hoy en día nadie sabe en qué estado se encuentra actualmente. La quinta ni siquiera se ha terminado de construir. También resulta oportuno señalar que al iniciarse aquel año ya se habían terminado los estudios para comenzar las otras cuatro centrales incluidas en los planes originales, destinados a aprovechar el caudal de las aguas del alto Caroní. Con esas 9 centrales en funcionamiento, Venezuela podría satisfacer todas sus necesidades eléctricas y venderle el resto de la producción a Brasil y Colombia.

La actual y desoladora crisis eléctrica venezolana, situación desde todo punto de vista inaudita, pone muy de manifiesto el efecto demoledor del proyecto político de Chávez y de Maduro, su sucesor, cuyo principal objetivo, hasta el día de hoy, sigue siendo borrar de la faz de la tierra hasta lo mejor del pasado político de Venezuela, y poder echar, sobre esas ruinas, los cimientos de la nueva y bolivariana sociedad comunista de Venezuela.

¿Qué se puede esperar del futuro?

La futurología ha estado de moda en Venezuela desde hace 20 años. En un primer momento para despejar una incógnita esencial: ¿qué podía esperarse de la elección de Chávez como presidente de la República? Después, para intentar precisar hasta qué extremos estaba resuelto a llegar para conducirnos hasta ese punto que él decía ver en un todavía lejano horizonte nacional. Tras la muerte de Chávez, la duda comenzó a ser otra. ¿Qué rumbo le imprimiría Maduro a Venezuela? ¿Le daría el nuevo presidente un giro a la política de su mentor para construir un liderazgo propio y diferente, o más bien la profundizaría, por las razones que fueran, para tratar de llegar hasta donde Chávez no había logrado llegar?

Durante estas últimas semanas nada queda de aquellas legítimas interrogantes. Y ya nadie cuestiona lo inevitable: Venezuela está condenada a encontrar un nuevo camino en medio de una oscuridad tan impenetrable como las noches venezolanas desde el funesto jueves del primer y más largo apagón de la historia venezolana. Una incógnita comenzó entonces a perturbar a la población. ¿Son estos apagones interminables que desde entonces no han dejado de afectar a todo el territorio nacional fallas puntuales del sistema, y por lo tanto perfectamente reparables, o son en cambio la expresión cabal y fatalmente recurrente de un colapso general del sistema, cuya recuperación requiere la inversión de muchos miles de millones de dólares a lo largo de muchos meses o años?

Todo permite afirmar que estamos ante la peor versión de la crisis y los venezolanos tendremos que aprender a sobrevivir en las peores e inimaginables condiciones. Sin posibilidad de satisfacer a corto y mediano plazo las necesidades más elementales, con un país totalmente paralizado, como si estuviéramos en una guerra sin un final claro a la vista. A partir de esta realidad, debemos añadir la preocupación del régimen y del gobierno cubano. Si Maduro y sus lugartenientes no consiguen frenar la creciente indignación ciudadana, la explosión social arrasará con todo, incluyendo en ese todo el porvenir del régimen, que a su vez precipitaría el desenlace de la muy compleja crisis política y económica de Cuba. De ahí que desde la cúpula de este sistema binacional de dominio rojo-rojito se haya recurrido al único mecanismo de que disponen: la represión.

Precisamente por eso hace algunos días fue apresado Roberto Machado, ex secretario de la Asamblea Nacional y jefe de gabinete de Juan Guaidó, acusado de ser miembro de una célula terrorista. Al día siguiente de su secuestro, Diosdado Cabello, segundo hombre fuerte del régimen, desde su programa diario de televisión, Con el mazo dando, acusó a Leopoldo López, a Guaidó, a Marrero y a otros destacados dirigentes del partido Voluntad Popular, de constituir una célula subversiva, resuelta a ejecutar el sabotaje de los servicios eléctricos y hasta el asesinato de Nicolás Maduro y otros jerarcas del régimen. Mientras tanto, dos aviones rusos y un contingente de 99 militares aterrizaban en Caracas. ¿Con qué finalidad? Desde diversas instancias del gobierno de Estados Unidos, incluyendo al presidente Donald Trump, quien ha aprovechado la ocasión para recibir en el Despacho Oval a Fabiana Rosales, esposa de Guaidó, han denunciado esa presencia militar extra hemisférica en territorio venezolano. Mientras tanto, en las calles, las fuerzas represivas del régimen han comenzado a actuar con su habitual crudeza para neutralizar las crecientes protestas populares de ciudadanos indignados por el tamaño y los alcances de un problema que a medida que pasan los días luce más y más insoluble a corto plazo…

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Fabiana Rosales recibida por Donald Trump

A la hora de escribir estas líneas, se entiende que Maduro necesita limitar la magnitud de los apagones y generar una suerte de pausa, por breve que sea, para reducir las tensiones del momento. A eso responde el anuncio de que pronto se racionará el suministro de energía eléctrica. En paralelo, el régimen definirá con precisión quienes son los formales adversarios políticos del régimen y quiénes son sus enemigos. Una estaca en el corazón de la oposición con la finalidad de propiciar una nueva división interna en el frente opositor, probablemente mediante la celebración de algún evento electoral para desactivar, como han hecho en otras ocasiones, las acciones que desde comienzos de año promueve Guaidó y simultáneamente reprimir a quienes como el presidente interino y su entorno se nieguen a ser cómplices de esa componenda.

Precisamente por esa razón circuló la información de que hace un par de semanas, en casa de Vicente Díaz, quien durante varios años fue miembro de la directiva del Consejo Nacional Electoral en nombre de la oposición dialogante y colaboracionista, se reunieron los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez, eternos negociadores del régimen con representantes de esa oposición no disidente, con el propósito de alcanzar un acuerdo de índole electoral frenar la iniciativa que encarna Guaidó. Y precisamente por eso también, tal vez porque en esta ocasión el encuentro no produjo los resultados que esperaba el régimen, se produjo pocos días después el secuestro de Marrero, para anunciar a tambor batiente el inicio de una nueva etapa represiva.

En todo caso, a finalizar esta dura semana de apagones y represión eso es lo que hay y lo habrá. Más apagones y más represión, hasta donde la gravedad de la crisis lo permita, y en medio de tanta oscuridad, tanta incertidumbre y tanta indignación, que a Maduro le resulte imposible por completo continuar instalado en el Palacio de Miraflores sin incrementar la política represiva del régimen. De esta confrontación, y mucho me temo que sea la última, nos ocuparemos la próxima semana.

 

 

 

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