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Coronavirus y propaganda en Cuba

El Gobierno cubano aprovecha la pandemia para incrementar la guerra de desinformación e insiste en dos puntos.

El Gobierno cubano aprovecha la pandemia que hoy azota al planeta para incrementar la guerra de desinformación. Basta darle seguimiento a sus medios de prensa y troles para percatarse de que se ha desatado una ofensiva general de propaganda que usa el coronavirus para insistir en sus temas habituales. Sus contenidos son variados pero hay dos campañas, usadas tanto para consumo interno como para exportar, que vale la pena destacar.

El «bloqueo», ese eterno culpable

Ahora el Gobierno cubano promueve dentro y fuera de Cuba —entre agentes de influencia, tontos útiles y ciudadanos que suelen  coquetear con ambos polos de este conflicto para evitarse problemas con  «el compañero que los atiende»—,  un pedido al presidente Trump de que «levante el bloqueo económico contra Cuba, al menos provisionalmente». Esa eventual decisión por un presidente extranjero sería la supuesta varita mágica que permitiría comprarle a EEUU alimentos y medicinas en este momento. Al parecer no se venden en ningún otro país.

Lo cierto es que las sanciones no prohíben la compra de alimentos y medicinas en EEUU. De ello son testigos, por poner un ejemplo, los millones de cubanos que han consumido pollo todos estos años.

El prolongado y cruel bloqueo interno del Gobierno castrista a la empresa e iniciativa privada cubana y su centralización de la producción agrícola por el llamado Acopio son los barrotes que hoy habría que erradicar. Ellos son los que han puesto a la economía nacional en una condición más frágil que la de un platanal frente a un huracán. Si sobreviene una hambruna en medio de esta pandemia nadie medianamente informado lo va a achacar al embargo estadounidense, sino al bloqueo interno.

Esta es la hora de exigir, de forma firme y clara, al Gobierno cubano que cese incondicional e inmediatamente sus sanciones contra la economía del país. Lo demás es hacerle el juego a su aparato de agitación y propaganda. Sea por ignorancia o canallada.

A las puertas de una catástrofe inimaginable como la que ya se expande por todo el mundo, liberar las fuerzas productivas permitiría incluso al sector realmente privado —no la ANAP— poder comerciar y recibir créditos de entidades en EEUU. ¿Para qué pedir entonces a un Gobierno extranjero que afloje sus sanciones si la solución rápida y permanente al problema está en la Plaza de la Revolución? Si el Gobierno cubano tuviese un mínimo de responsabilidad con sus ciudadanos puede convertir el coronavirus en una ventaja económica para todo el país y no para beneficio exclusivo de su elite de poder, como viene haciendo hasta ahora.

¿Solidaridad humanitaria?

Una segunda narrativa, que ha sido resucitada con fuerza en estos días, es la de la naturaleza «humanitaria y solidaria» del Gobierno cubano. Esa falacia tiene varias vertientes que se resumen en frases como estas: «Cuba abre sus brazos para acoger cruceros varados en el mar porque los puertos se niegan a recibirlos con pasajeros enfermos a bordo».

La realidad es que nada hay de desinteresado, humanitario ni solidario en esas medidas. Por traer esos barcos el Gobierno exigió y obtuvo pagos multimillonarios como condición para aceptarlos, sin importarle la seguridad de los ciudadanos cubanos.

La Habana promueve febrilmente que otros países, regiones y ciudades contraten a sus médicos y especialistas «internacionalistas». Los laboratorios de la Isla ofertan la exportación de «maravillosos» fármacos capaces de curar esta horrible enfermedad. ¡Ah! Y en cada ocasión, los funcionarios cubanos insisten en asegurar que el Gobierno de EEUU se opone a esa urgente y humanitaria cruzada internacional de sus galenos.

Washington no ha estado ni está opuesto a que los médicos y enfermeras cubanos sean contratados por otros países, pero sí insiste en que reciban el pago directo e íntegro por sus servicios para que no sean explotados por empresas esclavistas como la Comercializadora de Servicios Médicos Cubanos S.A. que se apoderan entre el 70 y 85% de sus salarios.

En la posible antesala del Apocalipsis, un puñado de militares mafiosos, que sigue hablando de la revolución como si estuviéramos en enero de 1959, anda buscando oportunidades políticas y financieras para fortalecer su control sobre la población y buscar nuevas fuentes de ganancias. Nadie decente debe dejarse confundir ni hacerles el juego.

 

 

 

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