
(Nieto)
¿Cuál es, en vuestra opinión, el acontecimiento más significativo de la semana pasada? ¿La ola de calor? ¿La invasión de Ceuta por parte de inmigrantes marroquíes? ¿La continuación de la guerra entre Ucrania y Rusia? ¿El enfrentamiento sin fin entre Irán y Estados Unidos? Nada os obliga a elegir, ya que todos estos hechos son simultáneos y, por definición, es imposible conocer su duración y su desenlace. Pero, para que os adentréis en la intimidad del cronista que soy, me corresponde seleccionar, de forma más o menos arbitraria, qué hecho comentar y darle un significado.
Pues bien, en esta semana en la que se suceden tantos acontecimientos, me decanto por uno que ha pasado relativamente inadvertido: el pacto militar firmado entre Arabia Saudí, Pakistán y Turquía. Visto desde Europa, este pacto parecerá modesto, ya que no nos afecta directamente. De hecho, estos tres países, por primera vez en su historia y sin duda en el mundo musulmán –puesto que se trata de tres países musulmanes–, han acordado que cualquier agresión contra uno de ellos se considerará una agresión contra los tres, con la obligación de prestarse ayuda recíproca. Se intuye que esta alianza está destinada a contener las ambiciones de Irán, que parece ser su enemigo común. Es en este punto donde el asunto se vuelve interesante, ya que en Occidente tendemos a considerar el islam como un todoy a los musulmanes como una comunidad universal. A eso es a lo que invita el Corán, que considera que el conjunto de los musulmanes constituye un pueblo en sí mismo; en árabe, una ‘Umma’.
Esta unidad y las amenazas que conlleva acechan a Occidente desde los atentados perpetrados por Bin Laden en 2001, que condujeron a la guerra en Afganistán e Irak. Fue el politólogo estadounidense Samuel Huntington quien teorizó sobre la ‘Umma’ como el «choque de civilizaciones», que sustituiría al antiguo enfrentamiento entre las ideologías comunistas y liberales. En el mundo de Huntington, cuya visión comparten muchos occidentales, nuestra época se caracterizaría por un enfrentamiento ineludible entre civilizaciones, en primer lugar entre el Islam y Occidente. Este enfrentamiento explicaría la guerra contra Irán, los intentos en Irán y en Yemen de hacer descarrilar la globalización, e incluso los movimientos migratorios, ya que, en general, los pueblos del Sur que se dirigen hacia el Norte son musulmanes de Somalia, el Sahel, Bangladés y el Magreb. Pero este choque de civilizaciones entre el islam y el no islam no resiste el análisis; así lo demuestra el pacto al que he aludido. Vemos cómo tres países musulmanes se unen para luchar contra otro país musulmán. ¿Dónde está la ‘Umma’?
Si ampliamos el ámbito de reflexión, observaremos que la mayoría de los conflictos duraderos en nuestro planeta, desde hace 50 años, enfrentan a musulmanes contra otros musulmanes. Es el caso de Somalia, Malí, Burkina Faso, entre Pakistán y Afganistán, Sudán y Libia. Las guerras más violentas de este siglo y de finales del siglo pasado enfrentaron a Egipto con Yemen y a Irak con Irán. Debemos concluir de ello que la «comunidad de los musulmanes» es una teología que no se cumple y que el «choque de civilizaciones» es una construcción intelectual, poco realista. Más bien conviene invertir el análisis y comprender que lo que caracteriza al islam no es su unidad, sino su infinita diversidad: no hay un único islam, sino varios islams. Y entre los musulmanes no existe ninguna autoridad superior capaz de dirigir el islam o de decir a los fieles lo que deben o no deben hacer. ¡No hay Papa en el islam! En el culto musulmán, cada uno es libre de sus elecciones, guiado por la lectura del Corán, cuya interpretación es compleja: una religión profundamente individualista. La única excepción que conocemos en Occidente es el chiismo teocrático de los ayatolás; pero el chiismo es una religión esencialmente persa, casi nacionalista. Esa es la excepción.
Si me permiten un recuerdo personal, hace algún tiempo me invitaron a una conferencia en Arabia Saudí, donde tuve la mala idea de mencionar el islam wahabí. Así es como en Occidente se denomina al carácter específico del islam tal y como se practica en Arabia, tomando el nombre de un predicador rigorista que ejercía su autoridad allí en el siglo XVIII. Mis anfitriones, muy descontentos, corrigieron mi afirmación asegurando que no existía un islam wahabí, sino solo un islam, y que su versión era la correcta. Mientras que todos los demás musulmanes, a sus ojos, eran herejes. De hecho, por mucho que les moleste a los saudíes, el islam se divide en un sinfín de comunidades cuya distinción esencial radica tanto en la cultura local como en la religión. Así, el filósofo senegalés Bachir Souleymane Diagne señala que la biblioteca islámica más antigua y completa del mundo se encuentra en Tombuctú. No en Riad. De ello deduce que el islam africano es el más auténtico de todos, mientras que el que practican los saudíes sería más árabe que musulmán. Del mismo modos, un famoso predicador javanés, Gus Dur, afirmaba que el islam indonesio está más cerca de la Verdad que el de los árabes, ya que estos viven sumidos en la nostalgia de su edad de oro, una nostalgia imperialista que prevalecería sobre su fe. Si nos fijamos en la India, Bangladés y Pakistán, el islam allí se acerca más al hinduismo que al de los saudíes. Este islam del sur de Asia, mayoritario en número, da prioridad a la meditación personal, lo que se suele denominar sufismo. Este sufismo es, en todo el mundo, la forma más practicada de la religión musulmana.
Para nosotros, los europeos, esta visión de un islam meditativo, que se integra en las culturas locales, queda en gran parte eclipsada por un nuevo «islamismo»: un producto muy reciente de la globalización y la modernidad. Los desplazamientos de población, las migraciones y las guerras han desarraigado a pueblos musulmanes que estaban impregnados de prácticas ancestrales: este desarraigo los ha convertido en huérfanos de las tradiciones de sus antepasados. En su lugar, para llenar ese vacío, han surgido en Europa nuevos predicadores que difunden a través de las redes sociales un islam extraordinariamente simplista que puede resultar, como sabemos, integrista y brutal. Este islam de las redes sociales, el de nuestros barrios periféricos, debería incitarnos, no al miedo ni al odio, sino a un mejor conocimiento de todos los demás islams. Así estaríamos mejor preparados para hacer frente al discurso fundamentalista de los ‘influencers’ islamizados y negar la autenticidad de su islam reinventado. Los fieles musulmanes que no están desarraigados –es decir, el 99 por ciento de ellos– sin duda nos estarían agradecidos si hiciéramos el esfuerzo de conocerlos mejor y de compartir su voluntad de hacer frente al islamismo político: nuestro adversario común. Esta es mi reflexión de la semana, deliberadamente optimista.
