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Fernando Savater: Los que producen y acumulan libros

«Si la mayoría de los aficionados no hemos leído ni vamos a leer todos los volúmenes que tenemos en las estanterías... ¿para qué los queremos?»

Los que producen y acumulan libros

Ilustración generada por la IA.

 

Hace un par de semanas vinieron a casa dos jóvenes, ella y él, que trabajaban en una importante editorial y querían hacerme una entrevista sobre mi tarea de escritor. Eran simpáticos y educados, de modo que ya casi estaba dispuesto a extenderles el certificado de buena conducta cuando el chico, girando sobre sí mismo en el centro de mi salita como una veleta entrada en carnes, exclamó muy sinceramente: «¡Cuántos libros! No los habrá leído todos, ¿verdad?». Me sentí encantado por la pregunta: ¿cuánto hacía que nadie me preguntaba semejante cosa, que ahora era curiosidad exclusiva de los niños muy pequeños? Con cara muy seria, pero con un fondo de ternura, repuse: «Todos, no. Voy por la mitad».

Por la noche, esperando el sueño, ahora más esquivo, me entretuve en esa cuestión de los libros como multitud, como rebaño, como avalancha, como ejército… La pregunta de esos chicos, con su ingenuidad a cuestas, tenía quizás más enjundia de la que parecía. Porque si la mayoría de nosotros, aficionados a los libros y que siempre estamos dispuestos a comprar uno más con especial satisfacción, no hemos leído ni vamos a leer todos los volúmenes que tenemos en nuestras estanterías… entonces… ¿Para qué los queremos? O, incluso, ¿para quién los queremos?

Como solemos hacer los libroadictos en el desorden de nuestra biblioteca, frecuentemente comenzamos a buscar un libro, lo revolvemos todo, nos desviamos de la presa que comenzó nuestra inspección y finalmente acabamos con la obra de un desconocido en nuestras manos, sin recordar para nada aquel otro que inició nuestra pesquisa. La última vez que me ocurrió este cambio de objetivo, no sé lo que empecé buscando, lo olvidé con toda sinceridad, pero en cambio me encontré muy ufano alzando hacia los cielos un librito de mínimo volumen que nunca se me hubiera ocurrido ponerme a buscar por la sencilla razón de que no sabía que estaba en mis estanterías. Se trataba de un delicioso regalito que suele hacer todos los años la colección Visor de Poesía a los amigos de la casa. A mí esas inesperadas sorpresas de buen gusto me suelen dar más placer que volúmenes tras los que he corrido mucho tiempo. En este caso, el librito —del que no guardaba ningún recuerdo— me había sido otorgado en las Navidades de 2014, pero su factura era muy anterior, al menos seis siglos.

Su autor no puede ser más ilustre, un escritor cuyo nombre conocen todas las personas cultas, pero cuyas páginas no han frecuentado sino los que son algo más que simplemente cultos. Entiéndanme: cuando alguien mide uno ochenta, decimos que es alto, pero si tiene una estatura de dos metros diez, no basta con ficharle como alto: no llega a ser un fenómeno de circo, pero por ahí se anda… El autor al que me refiero, Francesco Petrarca, puso los cimientos del humanismo renacentista: fue poeta, fue filólogo y hasta alpinista. El librito que por casualidad encontré en casa está formado por dos semidiálogos sobre temas literarios. Digo «semidiálogos» porque son dos diálogos en los cuales uno habla por extenso y sostiene la teoría del texto, llamado Razón, y el otro, llamado Gozo, solo responde con frases muy sucintas, de pocas palabras. El primer diálogo trata De la fama de los que escriben y el segundo Del que tiene muchos libros. Ambos textos están traducidos del latín por José María Micó, no hay mejor garantía de exactitud y elegancia, y vienen prologados por el gran petrarquista Francisco Rico.

En De la fama de los que escriben, Gozo se enorgullece de que los muchos libros que posee son obra suya. «Escribo —asegura Gozo— y ese es mi único deleite. He escrito y sigo escribiendo mucho». Gozo ya sabe que su antagonista no tiene en mayor estima el poseer muchos libros, pero subraya que en su caso los numerosos libros han sido escritos por él, por lo que tienen mayor valor. Pero Razón le advierte que mejor haría en leer los libros, no en escribirlos, y sobre todo en convertirlos en regla de vida. Los libros se confirman con obras, no con más palabras escritas. Incluso traídos en montones, los libros son una de las muchas pruebas que hay de locura humana. Porque «hay locos que tiran piedras, otros escriben libros». Si uno escribe para provecho de los demás, como hacen los maestros, nada tiene más mérito. Pero si se escribe sin parar para conseguir fama, como confiesa Gozo, nada es más vano. La fama es simple viento, tan inestable como cualquier otro. Irónicamente, Razón argumenta que él siempre creyó que solo los marineros buscan viento a toda costa.

El segundo semidiálogo trata de los que acumulan muchos libros. También en eso destaca orgullosamente Gozo, pero tampoco así conquista la aprobación de Razón. Sin duda, hay algunos que coleccionan libros para saber y poder enseñar a otros, lo que sin duda es provechoso. Pero son muchos más los que utilizan los volúmenes, ricamente encuadernados, para decorar las habitaciones más nobles de su hogar, como si se tratase de vasos corintios, pinturas o esculturas. Este uso de los libros es de lo menos útil que puede darse, pues en nada mejora el espíritu de quien los posee. Si contener muchos libros es gran mérito, entonces deberíamos reverenciar a los libreros o a los armarios llenos de volúmenes. Además, los copistas deforman lo que se les dicta y estropean su sustancia. «Y no me quejo de la ortografía: ya hace tiempo que está difunta» (¡en el siglo XIV!), protesta el crítico. Cuando Gozo insiste en que posee muchos libros, Razón se lamenta de que lo que tiene su amigo son muchos prisioneros. Si los libros pudiesen hablar, llevarían a su amo a juicio. Todos los ejemplares de la biblioteca lloran «por el hecho de que un avariento indolente posea en tanta abundancia aquello de lo que carecen muchos estudiosos esforzados».

Así uno de los pioneros del humanismo censuró el uso ostentatorio de esos libros cuyo reino comenzaba en la Europa postmedieval. ¿No resuenan en esas irritadas protestas de Petrarca algunas críticas apocalípticas contra la IA que oímos tan frecuentemente en boca de los tontos contemporáneos? Lo más probable es que dentro de otros seis siglos ya no haya libros, bibliotecas ni humanos siquiera para protestar por el mal uso que se les dará. Pero si —¡Dios no lo quiera!— aún queda algún rezagado lector y vuelve sobre esas líneas de Petrarca, seguro que murmurará entre dientes: «Ya entonces… ay, ya entonces…».

 

 

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