Cine y TeatroCultura y Artes

Ernst Lubitsch, el arte de la elipsis

Marlene Dietrich, foco de atención en ‘Ángel’

Marlene Dietrich, foco de atención en ‘Ángel’.

 

Hay cineastas cuya obra se va agrandando con el paso del tiempo. Hablamos de Ford, de Hitchcock, de Lang, de Dreyer y, por supuesto, de Ernst Lubitsch. Cada uno de ellos dejó un sello personal, una mirada sobre el mundo que les ha sobrevivido.

Lubitsch nació en Berlín en 1892, pero emigró a Estados Unidos antes de la llegada del nazismo. En su etapa alemana, dirigió más de 40 películas mudas, un verdadero prodigio por su amor a los detalles y su virtuosismo técnico. Pero fue a partir de los años 30, tras instalarse en Hollywood, cuando su talento brilló hasta cristalizar en «el toque Lubitsch», una expresión que hace justicia a su estilo inimitable .

Hay cuatro o cinco películas del realizador alemán que están entre las cien mejores de la historia del cine. Pero hay una por la que siento especial debilidad y que nunca me canso de admirar y descubrir nuevos matices: ‘Ángel’ , estrenada en 1937 y distribuida por la Metro.

Giros inesperados

En ‘Ángel’ se hallan todos los ingredientes de su filmografía: una trama divertida con giros inesperados, la elegancia narrativa, una acertada elección de los actores, una irreverencia que se manifiesta de forma sutil y un sello inconfundible que emerge de cada plano. Parece una comedia, pero es un drama cargado de pesimismo. José Luis Garci ha logrado definir el cine de Lubitsch en su último libro en unas pocas palabras que lo dicen todo: «Diría que el toque Lubitsch es un milagro, una pócima tan mágica como el dry martini ». Garci alude a los ingredientes de este cóctel: un buen chorro de Chaplin, siete u ocho gotas de Griffith, un golpe de Wilder y la cáscara de limón de Stroheim.

‘Ángel’ cuenta la historia de un triángulo amoroso en el que la casualidad y el destino gravitan sobre la vida de los tres protagonistas. Marlene Dietrich hace el papel de Lady Barker, Herbert Marshall interpreta a Sir Frederick, su marido, y Melvyn Douglas encarna a Tony Halton, locamente enamorado de la mujer de su amigo. Era imposible que con estos actores algo pudiera salir mal.

La trama es como una hilera de fichas de dominó que van cayendo mientras avanza la partida. Nada es lo que parece

Todo empieza cuando Lady Barker, aburrida en su matrimonio, decide hacer una escapada a París. Allí se encuentra por azar con Halton, con el que mantiene un breve ‘affaire’. Nada volverá a ser lo mismo cuando regrese a su hogar en Londres. Bajo la normalidad de la vida conyugal y de los privilegios de la aristocracia británica, Lady Barker siente un tremendo hastío por la existencia que se va agudizando por la indiferencia de su marido.

Todo da un giro inesperado cuando Frederick, que es un alto diplomático inglés, descubre que su mujer ha tenido una apasionada relación con Halton, lo que conduce a un final en el que la esposa tiene que elegir entre uno u otro hombre. La escena con las que concluye la película deja abierta las dos interpretaciones, ya que es imposible saber si ella opta por el amor o por una rutinaria fidelidad conyugal.

Drama interior

La trama es como una hilera de fichas de dominó que van cayendo mientras avanza la partida. Nada es lo que parece, el drama interior se oculta tras la irrelevancia y las palabras de los protagonistas casi nunca expresan los verdaderos sentimientos. Pero el espectador sabe en cada momento situarse en ese juego gracias al poder de la cámara. Lo que se sugiere es mucho más importante que lo que se ve.

Lubitsch utiliza la elipsis, de la que es un auténtico maestro, para contarnos la historia de Ángel, el apodo de Lady Barker, interpretada por una bellísima y seductora Marlene Dietrich, que refulge en la pantalla. Resulta impensable que otra actriz pudiera haber asumido el papel.

Reconstruir los vacíos

El diccionario de la Real Academia define elipsis como «omisión intencionada de algún elemento del discurso para suscitar determinados efectos en el lector». Esto es justamente lo que hace Lubitsch: elude las alusiones explícitas a las claves que dan sentido a la trama y obliga al espectador a reconstruir o imaginar los vacíos de la narración.

Eso es lo que hace cuando nos muestra que Lady Barker ha desaparecido del parque al retratar la cara de asombro de la anciana que observa como Halton tira las flores al suelo, cuando refleja el estado de ánimo de los comensales por los platos que han dejado intactos o cuando filma un teléfono descolgado para que el espectador sepa que Frederick ha descubierto la infidelidad de su esposa. Todo es pura metonimia, en la que el sentido no es explícito sino sugerido. Si Deleuze afirmaba que el cine es el manejo del tiempo, Lubitsch creía que era el uso de la elipsis, de los vacíos dentro de la narración. Eso es lo que convierte a ‘Ángel’ en una obra maestra que es imposible ver sin sentir admiración por su genio.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba