‘La Odisea’ y algunos viajes de nuestra vida
«La espectacular versión de Christopher Nolan consigue hacer volver a la gente al cine, pero Matt Damon no tiene la fuerza vigorosa de Kirk Douglas»

Ilustración generada mediante IA.
«No sé cuál es más bella,
si la mar, la vela o la estrella
y las tengo al navegar…»
Javier Krahe
Todo empezó en aquel cine de dobles sesiones en las tardes adolescentes. Primero nos bebíamos el cine, después seguimos bebiendo. Nuestros viajes de vida y aventuras estaban en el Cine Cervantes, aquel viejo corral de comedias de tiempos quevedescos cercano a la universidad cisneriana. Todavía sigue allí, siendo lugar de representaciones y diversiones, recuperado teatro y viejo cine de nuestra caótica cinefilia. Un lugar para los sueños y los atrevimientos primeros con el nombre de hacer manitas. Fue muchas cosas más: el acercamiento a los mitos, la Arcadia de todas las tardes, la pasión por el cine y el amor sin fisuras por Silvana Mangano. Su aparición en aquel doble papel de Circe y Penélope se nos quedó grabada en el deseo y el sueño de vivir aventuras y amores como aquellos de Ulises.
Habíamos querido ser John Wayne, Gregory Peck o Gary Cooper, pero pronto tuvimos claro que preferíamos ser Kirk Douglas, ser Ulises y hacer los viajes de la Odisea. Los poemas de Homero eran una cosa de las clases de griego en aquel bachiller de nuestra personal prehistoria. La lectura de la Odisea llegó después. Tardó mucho en emocionarnos como aquella película donde aprendimos que la aventura merecía la pena si al final nos esperaban los adorables brazos de Penélope. Hasta volver a ella habíamos conocido otros amores, muchos riesgos y tentaciones, muertes y guerras, peligrosos mares, seres abominables, enemigos temibles y dulces, inquietantes, seductoras mujeres. Bondadosas y hermosas como Rossana Podestá, otro de nuestros amores de los tiempos del peplum.
Todo me ha vuelto con la versión de Christopher Nolan, una de las grandes películas de aventuras de nuestro tiempo. Una espectacular versión que consigue hacer volver a la gente al cine, mantenerlos atentos, divertidos, muchas veces atrapados por su capacidad de revisitar el gran poema homérico —el libro esencial de nuestra cultura europea, occidental— y de salir bien parado frente a otras de las mejores versiones que la vida y los viajes de Ulises han tenido en el cine. No tiene Matt Damon, para mí, la fuerza vigorosa de Douglas. Ni la adorable Anne Hathaway nos hace sombra al amor por Mangano. Ni mucho menos la bruja despeinada que interpreta la excelente Samantha Morton es comparable con la Circe de Silvana Mangano. Nuestra Silvana, que se vino a vivir y morir a Madrid, tan cerca, tan lejos, nunca te olvidaremos.
Hace décadas que no veo el Ulises con Kirk Douglas y Silvana Mangano, que dirigieron Mario Camerini y Mario Bava y que inició G. W. Pabst; no es cuestión de comparaciones, de ejercicios de crítica, es un asunto de emociones. Eso es el cine: una emoción vista en una pantalla, pero aquella que se me grabó muy joven, esa no volverá.
Recuerdo con mucho placer Las aventuras de Ulises que dirigió para televisión Franco Rossi, con una fantástica y emocionante Irene Papas. También con interés y gusto, con buen recuerdo cinematográfico, guardo memoria de La Odisea de Andrei Konchalovski. Y sin duda, El regreso de Ulises de hace dos años de Uberto Pasolini, con Ralph Fiennes en un machacado héroe que, casi derrotado, regresa a Ítaca, donde le espera la espléndida madurez de Juliette Binoche. Gran película de un Ulises crepuscular, tocado, pero no vencido, y donde aparece nuestra querida Ángela Molina interpretando con su verdad habitual a la fiel Euryclea. En esas películas, la obra de Homero ha estado reinterpretada con libertad, con las necesarias libertades que una película debe tener para intentar acercarnos una cumbre de la literatura, una historia inmortal que seguirá leyéndose, contándose, cantándose mientras sigamos los seres humanos en este mundo.
«El paso por el cine de la ‘Odisea’ ha tenido más fortuna que nuestro Quijote»
Siendo la Odisea tan conocida, tan esencial en la creación de nuestros mitos, tan versionada, adaptada, traducida, su paso por el cine ha tenido más fortuna que nuestro Quijote. La obra cervantina tiene cientos de versiones desde los principios del cine, desde el cine mudo hasta las series infantiles; desde la fidelidad a la libertad, nunca consiguió que el lenguaje cinematográfico se acercara a su complejidad, aunque sí a sus aventuras. Entre lo libérrimo de Orson Welles y lo cercano de Gutiérrez Aragón, podemos hablar de notables intentos de adaptación de la obra cervantina. Aunque se sigue escurriendo, no dejándose atrapar con la fuerza que, en mi criterio, sí lo ha conseguido en cine con la Odisea.
No creo que el Quijote se haya vendido más por sus adaptaciones cinematográficas; sin embargo, me comentan que sí hay un renacer lector en acercarse a la Odisea. Guardo algunas clásicas contemporáneas versiones en español de la Odisea. Hay que consignar las fieles traducciones del griego más o menos cercanas: la edición en verso de la editorial Gredos de traducción de José Manuel Pabón. Y la más popular en prosa del helenista Carlos García Gual para Alianza. Guardo otras que ahora no encuentro en mi caos de biblioteca. Siento no recordar de quién era una que me acompañó en un viaje que de veinteañero me llevó a la isla de Chíos. Uno de los supuestos lugares donde pudo nacer Homero, quienquiera que haya sido este hombre que vivió aventuras, tuvo educadores rapsodas y terminó ciego contando/escribiendo, o lo que fuera, dos obras que nunca morirán, La Ilíada y nuestra Odisea.
En aquella isla bebí vino de resina, comí algún asado y tuve algunas historias. Me creí un personaje del viaje homérico pero al revés. Si Homero pasó por Iberia y volvió a sus islas, yo partí de Iberia y llegué a sus tierras. Regresé y seguí con mi vista, mis viajes. Nunca fui a Ítaca, pero sigo volviendo a Kavafis. ¿Eran las invadidas costas de Ceuta o la isla de Perejil el lugar donde llegó un sin papeles, nadando, extenuado Ulises? En Ceuta se recuerda y se hace homenaje a Homero. Se reivindica que allí estaba esa isla mítica de Ogigia. La isla de los amores de Ulises y Calipso, poca broma. Ahora llegan miles de jóvenes aventureros, de supervivientes que, como pueden, se tiran al mar, a la incierta aventura donde no estará ninguna Calipso amorosa. Ni siquiera Charlize Theron.
He vuelto a la lectura de la Odisea, en la hermosa e interesante edición de los Clásicos Liberados de Blackie Books. Sin prejuicios y con originales ilustraciones. En la traducción de Miguel Temprano de la versión inglesa de Samuel Butler que tanto apreciaba Jorge Luis Borges. Una edición absolutamente recomendable para los que se hayan acercado a la película de Nolan, para los heterodoxos que quieran disfrutar con este libro de nunca acabar. Con varias notas que acercan los personajes y sus curiosidades. Y con el regalo de la Penélope y las doce criadas de Margaret Atwood. Un poema de Dorothy Parker. Además de las tres «cortas versiones» de Augusto Monterroso, Nick Cave o Javier Krahe, nuestro querido y recordado aventurero de viajes a bares y puertos interiores. Tampoco olvido las recitaciones de Agustín García Calvo de Homero; ¡qué bien decía nuestro más libertario de los clásicos!
«Ulises ha pasado a ser un nombre bastante extendido entre nosotros. En 2019 había en España más de 2.200 Ulises. Ningún Odiseo»
En esta edición se nos recuerda que Ulises ha pasado a ser un nombre bastante extendido entre nosotros. En 2019 había en España más de 2.200 llamados Ulises. Ningún Odiseo. Creo que ya va siendo hora de poner ese nombre para niños que algún día serán aventureros. Que volverán a esos viajes mediterráneos, desde Ogigia a Ítaca. Volver a casa liberada de pretendientes, de okupas saqueadores, es también un deseo. Así quiero yo a nuestra Ítaca: liberada de falsos pretendientes a los que les preocupa su reino, su país, lo mismo que a Lluís Llach le importa España. Lo mismo que al incendiario capaz de confundir San Millán de la Cogolla con Santo Domingo de Silos. Qué ocasión perdida para reírme un poco con Caballero Bonald. Tomar unos vinos de su tierra jerezana, en una barra de viejo mármol y lejos del espíritu de las erriko tabernas.
Termino con un acertijo. Ese que no supo ver Homero. No lo adivinó y comenzó su ceguera. Se lo plantearon unos pescadores en uno de sus puertos de sus navegaciones: «Los que pillamos, los tiramos. Los que no pudimos atrapar, los llevamos». Un premio homérico, a la manera de Barry Fitzgerald en El hombre tranquilo, al que lo acierte.
