Cultura y Artes

María José Solano: El zapato de Montaigne

Buscar la esperanza en la estatua de un hombre que enseñó a dudar, no está mal para una época que presume de tener respuestas para todo

El zapato de Montaigne

 

En París hay algo que brilla más que una joya robada del Louvre. Se trata del zapato de Montaigne. El de su estatua, claro. El resto conserva ese tono solemne que adquiere el bronce cuando envejece al aire libre, pero la punta del pie derecho parece hecha de otro metal.

La encontré hace unas semanas, frente a la Sorbona, en la place Paul-Painlevé y decidí presentarle mis respetos a este viejo amigo, igual que hace años recorrí medio Languedoc para buscar la torre donde vivió y escribió y de paso, caminar entre sus viñedos (todavía custodiados por rosales en los extremos de las hileras) llevarme algunos guijarros de recuerdo y perderme unos días en las numerosas «brocanterías», cuyos dueños matan el tiempo sentados al sol, leyendo ‘Los Pardellanes’.

Después de hacerme unas fotografías con la estatua de Montaignevi acercarse a dos muchachas. Pensé que querían lo mismo que yo, pero no fue así. Se acercaron, le dijeron algo en voz baja, apenas un murmullo, rozaron la punta de la bota del pensador y se marcharon. Ninguna echó mano del móvil; sólo aquel gesto. Intrigada, me senté a observar en un café cercano. Entonces empezó el desfile: Un muchacho con mochila. Una pareja. Otra estudiante más. Un chico que llevaba los apuntes bajo el brazo. Todos repetían el mismo ritual. El camarero se acercó a mi velador con el tercer café. «Da suerte en los exámenes», dijo encogiéndose de hombros. Volví a mirar la bota que, bajo el sol, tenía el color dorado de una copa de Château d’Yquem. Y de pronto comprendí que aquel brillo era mucho más valioso de lo que parecía. Llevamos años escuchando que los jóvenes ya no creen en nada, que han abandonado los libros, la filosofía y las grandes preguntas. Sin embargo, allí estaban, tocando el pie de un hombre que dedicó su vida precisamente a hacerse preguntas. Pensé que mientras existiera un sólo estudiante en París dispuesto a invocar la inspiración de un filósofo muerto hace cuatrocientos años antes que a un ‘influencer’ o a la IA, habría futuro para la civilización. Buscar la esperanza en la estatua de un hombre que enseñó a dudar, no está mal para una época que presume de tener respuestas para todo.

 

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