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Tres tópicos para explicar lo que está pasando en el Perú

Nada más enmarañado que intentar saber y entender por qué una semana después de las votaciones seguimos sin saber quien pugnará con Keiko Fujimori en la segunda vuelta.

 

 

Igual que una Italia andina, Perú ha sobrevivido las últimas dos décadas de vida política, precisamente, a pesar de la política. Los últimos 20 años de su historia, el país ha ido –como ha podido– saliendo al paso de sí mismo. Y esta forma de conducirse, esta forma de estar y de ser, ha alcanzado el paroxismo en la última semana, tras la celebración de una jornada electoral en la que se decidía la Presidencia de la República, la composición de Congreso y Senado, y los representantes peruanos del Parlamento Andino. Tanto parece haberse complicado la situación, que cunde la sensación de que el país ha decidido someter a una prueba definitiva la resiliencia del crecimiento económico frente a la inestabilidad institucional.

Al cronista extranjero le cuesta mucho empezar cualquier explicación sin recurrir a la pregunta del famoso Zavalita. Los tópicos, en parte, son recursos del lenguaje y del pensamiento que, precisamente, nos asisten cuando lo que observamos nos resulta inextricable.

Y nada más enmarañado que intentar saber y entender por qué una semana después de las votaciones seguimos sin saber quien pugnará con Keiko Fujimori en la segunda vuelta o algo “menor” –demasiada ironía en esas comillas–, como qué partidos perderán su personalidad, o cómo será finalmente la composición del bicameralismo recién estrenado; algo, esto último, por cierto, que, a la luz de la historia reciente del país, acabará resultando tanto o más relevante que la propia elección presidencial.

Quizá exista un tópico aún mayor que echar mano del personaje de Vargas Llosa y es tirar de Ortega y su “mísero detalle técnico”. De nuevo, el tópico nos asiste al entendimiento, porque solo con ese pasaje de La rebelión de las masas en la mano puede uno preguntarse qué está pasando en Perú, qué está pasando con su embrollado procedimiento electoral.

Y como no hay dos sin tres, el tercero de los tópicos: el de la tormenta perfecta, tan grato a los periodistas. Una tormenta que ha llevado al país a la situación actual y que, en este caso, no fue más que una conjunción de problemas estructurales, fallas en el diseño y errores de gestión.

Con estos tres tópicos –Zavalita para la pregunta; Ortega para la respuesta y la tormenta para el contexto– es posible aproximarnos a una explicación.

Una cuestión estructural

Vaya por delante que es difícil –al menos, estadísticamente difícil– ser presidente de Perú durante todo el mandato constitucional e incluso serlo sin acabar, antes o después, delante de uno o varios jueces. Cuando esto deja de ser extraordinario y se dibuja en la línea temporal de las últimas décadas como algo muy cercano a un patrón, cualquiera puede entrever las costuras de una inestabilidad institucional tan imbricada en el día a día que explica por sí sola muchas cosas. A ello se le añade el consecuente malestar profundo que la sociedad peruana arrastra desde hace años y como fruto de todo, una pregunta que el tópico de Zavalatia podría formular así: ¿cómo es posible que no haya surgido un outsider revolucionario como alternativa real?

Países de la región en situaciones similares han visto surgir liderazgos políticos ajenos al sistema, cuando no antisitema directamente, con discursos de ruptura y supuesto tiempo nuevo. En Perú, sin embargo, esto no ha sucedido. El porqué, intuyo, solo puede encontrarse –y no del todo– en la naturaleza de la sociedad peruana, tan especial y tan única que resulta indefinible.

A esto, se le añade el “mísero detalle” orteguiano. Por un largo, las instituciones electorales conforman un intrincado sistema en que a los tres órganos oficiales (la Oficina Nacional de Procesos Electorales para la organización, la Junta Nacional Electoral para el sufragio y el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil, para el padrón electoral), se le añaden, en algún punto del proceso, otros actores –convidados o no por la Ley– como la Fiscalía o el Defensor del Pueblo. Todos ellos, además, presentes en los locales de votación, para extrañeza del votante, que no logra desbrozar la utilidad y uso de unos y de otros.

Con esto sería ya suficiente, pero aún hay más. Y al marasmo institucional debemos sumar el número de candidatos.

Cuando empezó el proceso, eran 40; ahora son 35, después de una travesía de semanas entre pactos, alianzas, procesos judiciales e incluso, una muerte accidental. Cunde la sensación de que la llegada al poder de Pedro Castillo inauguró una fase nueva. Como si bajo el lema de “Si Castillo pudo, cualquiera puede ser presidente”, se hubiera despertado en todos los políticos peruanos una expectativa generalizada de lograr una victoria electoral. Ciertamente, no es una anomalía en la región: en Guatemala comparecieron 22; en Costa Rica, 24 y en Haití, 27.  Pero anomalía o no, tales números hacen casi imposible una mínima claridad en cuanto a ideas, propuestas; hacen casi imposible, incluso, algo tan logístico como la celebración de debates. Hacen imposible, en fin, que el proceso vaya acompañado de una discusión racional de propuestas y proponentes, y de una reflexión del elector.

La papeleta kilométrica y otras miserias técnicas

Con esto, habría materia de sobra para responder a Zavalita. Pero el personaje, si lo recuerdan, es un interrogante con piernas. Desde el comienzo de la novela, hasta el final, no hace más que plantearse preguntas –algunas más duras que la del Perú, por cierto– y quizá, no tendría suficiente con lo anterior para darse por satisfecho.

Por si fuera así, Ortega nos ofrece una respuesta, en el diseño del sistema, ese “mísero detalle técnico”, del que venimos hablando.

Pongamos por caso el diseño de la papeleta. No hay cuestión más técnica y en apariencia, más mísera, que esa. Y, sin embargo, la decisión de hacer una única papeleta, de 42 cm. de ancho por 40 cm. de largo –un tamaño superior al de un maletín o una mochila escolar– con cinco columnas, una para cada una de las elecciones que se celebraban simultáneamente, iba a condicionar de una manera tan determinante el desarrollo de la jornada electoral. En esa papeleta se presentaban, además, un sistema de elección preferencial; es decir, de elección múltiple, no única, entre las decenas de candidatos posibles.

El resultado es que el acto de votar se asemejaba más a la resolución de un sudoku que a la expresión de una decisión que debería, por claridad, ser sencilla. Tanto es así que muchos peruanos decidieron preparar su voto con antelación en reuniones familiares y de amigos en las que ponían en común sus escasos conocimientos sobre los alrededor de diez mil candidatos concurrentes, lo que les obligaba, una vez tomada la decisión, a llevarse distintas chuletas a las cabinas para saber cómo votar lo que querían votar.

Sin embargo, muchos no son todos. Y los que no hicieron ese trabajo previo, se fueron acumulando en la jornada electoral, amontonando tiempos en los locales y ralentizando la jornada hasta fatigarla. Esto, unido a la desafección profunda con la que los peruanos viven cada elección, ha hecho que el voto nulo o en blanco haya sido la opción política más apoyada, con más de 3 de millones de papeletas en el caso de las presidenciales; y con más de 6 millones en las elecciones parlamentarias. Esta diferencia, además, es elocuente: muestra hasta qué punto y cómo el elector peruano percibe el Congreso, a pesar de su papel imprescindible en los últimos años en el endiablado mecanismo de la vacancia presidencial.

Candidatos a mansalva, papeletas kilométricas, sistema de votación enrevesado… Y además, porque en Perú siempre hay un y además, un sistema de votación y recuento diseñado expresamente –algo único en el mundo– para que los resultados no puedan ser conocidos durante la noche electoral.

¿Cómo van a conocerse si el recuento de cada papeleta exige prácticamente una maestría en ingeniería? Los recuentos se prolongan durante días y los componentes de las mesas van extenuándose; los resultados se actualizan con cuentagotas y la sociedad, que de por sí es ya un acumulado de desconfianza, arquea las cejas con lógica sospecha; más arqueada aún si cabe, por lo desigual en el sistema de recuento: sofisticado en Lima y el Callao, asistido con herramientas digitales para el recuento y su transmisión, y artesanal, desprovisto de cualquier asistencia técnica o tecnológica, en el resto del país.

Con estos elementos es casi imposible que no se abra paso, prácticamente desde el cierre de los colegios electorales, una visión distorsionada y cambiante de la realidad. Y sobre esta base de exceso de información sin contexto arraiga un caos informativo, azuzado por ciertos candidatos que ven frustradas sus expectativas y acuden al comodín del fraude electoral como solución final.

Un problema de ejecución

A pesar de las causas estructurales y el diseño electoral; los “míseros detalles”, la jornada electoral podría haber sobrevivido a sí misma. Sin embargo, fue su deficiente ejecución lo que encendió la mecha que haría explotar toda esta dinamita acumulada.

Un problema en el reparto del material electoral provocó que bastantes locales de votación de Lima se abrieran con 5 ó 6 horas de retraso y estuvieran operativos 4 ó 5 horas, gracias a la ampliación excepcional de horarios, en vez de las 10 horas previstas.  Tal fue la situación que un grupo de estos locales de votación, en los que deberían haber votado 50.000 electores, ni siquiera llegaron a abrirse. La Junta Nacional Electoral decidió, en un giro tan excepcional como la propia situación, que la jornada electoral se ampliara 24 horas en aquellos sitios y mesas donde no se pudo votar.

La decisión, que sobre el papel puede ser vista como un ejercicio de garantizar el derecho al voto, provocó, sin embargo, que ese derecho se ejerciera en desiguales condiciones, al ampliar el plazo a un día laborable en un país en el que muchos peruanos que se sustentan en la economía informal no tienen empresa u empleador al que pedir permiso para acudir a votar. Y, sobre todo, porque muchos electores acudieron a votar con el escrutinio ya comenzado; es decir, con un avance de resultados que pudo influir de forma decisiva en su elección. Por no mencionar que la ampliación de 24 horas retrasó aún más la obtención de resultados.

Todo esto, salpimentado con vacíos informativos que se cubrían con versiones contradictorias de fuentes de todo tipo, una incertidumbre creciente y una agudísima percepción de desorden que convirtió un problema puntual y localizado en un problema general, agravado por la falta de coordinación entre los tres organismos electorales.

Así, la narrativa de fraude, velocísima en desenfundar en todas las elecciones del mundo, no tenía más que asomarse un poco a la opinión pública peruana, ya ensombrecida desde hace tiempo, para expandirse por todo el proceso, encontrando, además, en este cúmulo de despropósitos su aparente confirmación.

Y, por si fuera poco, las cifras, que son casi tan elocuentes o más que los hechos: poco más del 70% de los electores ha votado en las presidenciales, en un país en el que el voto es obligatorio. Este porcentaje baja drásticamente en el caso de las elecciones al Congreso, al Senado o al Parlamento. Una semana después de la elección aún faltan cantidades importantes de actas por procesar, en cada una de estas elecciones.

A fecha de hoy, con el 93,4% de las actas contabilizadas, solo un 0,085% –menos de 13.000 votos– separa a dos candidatos, Sánchez y López Aliaga, de pasar a la segunda vuelta, con el consiguiente aumento del rumor y la especulación. Y hay un 6% de las actas que han sido impugnadas sobre las que resolverán los Jurados Electorales Especiales, con lo que recaerá sobre ellos y su decisión el resultado final de esta primera vuelta, que el Jurado Nacional de elecciones advierte que no se producirá antes del 15 de mayo. Esto, en un contexto en el que la narrativa del fraude lo ha impregnado todo y en el que la legitimidad –que tiene algo de convención, es decir, de acuerdo social– está  lastrada, amenaza con sacar a la gente a la calle y poner al país, de natural tranquilo y conformista, en una situación complicada.

Zavalita preguntando, Ortega musitando

¿Componen todos estos elementos los ingredientes de una “tormenta perfecta? Si trazamos la línea de la comparación entre democracias y su desempeño, la respuesta evidente es que sí. Porque una democracia se sostiene sobre dos elementos básicos: la percepción que la sociedad tiene de ella y cómo se despliega. Ambos factores están entremezclados –es imposible sostener una percepción de confianza sobre un desempeño irregular– y comparten en su naturaleza, la fragilidad con la que se sostienen.

Comparten, también, adversario. La narrativa del fraude es corrosiva y solo se frena con instituciones robustas y sociedades que confíen en ellas. Ninguna de estas defensas se ha desplegado en Perú; ninguna parece tener la fuerza suficiente como para proteger el proceso electoral de la sospecha.

Y de fondo, mientras la tormenta perfecta embate los espigones, como un eco que resuena incesantemente, la voz de Zavalita, “desde la puerta de La Crónica” mira la avenida Tacna, “automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris”, deja en el aire una pregunta que nadie responde: “¿En qué momento se jodió el Perú?”.

Y a su lado, Ortega, cigarrillo en mano, con su boquilla incluida y su sombrero de ala media, musitando: “La salud de las democracias, cualesquiera que sean su tipo y su grado, depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral. Todo lo demás es secundario”.

 

*Rafael Rubio ha asesorado al Jurado Nacional de Elecciones de Perú.

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