Lodovico Settembrini y Leo Naphta
Pedro Sánchez ha procurado transformar la conversación global en una versión esperpéntica de lo que ya ha hecho en España
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Claudia Sheinbaum saluda a Pedro Sánchez, en el ‘Encuentro en Defensa de la Democracia’. (AFP)
No hay continente que permanezca a salvo. A las democracias las asedian rapaces externos y por dentro las roen quienes intentan sacar provecho de sus despojos. Ningún lugar del mundo, insisto, está libre de ese poderoso contagio que vuelve a los Estados vulnerables y a los ciudadanos rehenes. Cuántas veces no ha acabado el voto de castigo convertido en condena. Aquellos lugares donde el ejercicio de elección democrática se convirtió en catarsis, han acabado produciendo administraciones mostrencas dirigidas por personajes que se saltan las reglas e incumplen las mismas leyes que ofrecieron reformar. El resultado suelen ser gobiernos donde no se legisla y el parlamento funciona como adorno, países donde el liderazgo carismático se impone al bien común y la antipatía a una determinada idea o causa sustituye cualquier plan de gobierno.
En la cumbre internacional impulsada por Pedro Sánchez en Barcelona este fin de semana han participado mandatarios americanos: el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva; la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, y el presidente de Colombia, Gustavo Petro. También el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, junto a otros líderes políticos, representantes institucionales y figuras del ‘ámbito progresista’.
Pedro Sánchez ha procurado, desde hace ya tiempo, y de un tiempo a esta parte cada vez más, transformar la conversación global en una versión esperpéntica de lo que ya ha hecho en España: un enfrentamiento de bloques, una tensión constante donde nada nunca acaba por resolverse y en la que una desafección profunda larva cualquier diálogo, incluso el más urgente. El síndrome de Berghof, en su versión más contemporánea.
En ‘La montaña mágica’, Thomas Mann presenta al lector dos personajes: Lodovico Settembrini y Leo Naphta. Ambos encarnan dos posiciones ideológicas opuestas en el contexto europeo previo a la Primera Guerra Mundial: el primero representa el humanismo liberal, la confianza en la razón, el progreso y la educación, mientras que el segundo defiende posturas antiliberales vinculadas a la autoridad, la verdad absoluta y una concepción radical del orden político y espiritual. Su enfrentamiento se desarrolla a través de debates constantes en el sanatorio de Berghof, en Davos, donde transcurre la novela. Las constantes discusiones acaban en un duelo en el que Settembrini renuncia a disparar y Naphta se suicida. En aquel hospital donde el mundo el parece suspendido, incluso postrado, fuera hay una guerra. En una metáfora exagerada para un lugar de reposo, Thomas Mann usa a estos dos personajes para demostrar el colapso del debate racional en Europa. Dos visiones del continente que no son capaces, ni siquiera en el entorno de la convalecencia, de hallar un punto de acuerdo. No son dos personajes: son dos formas de entender el mundo que nunca han dejado de enfrentarse.