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Villasmil: La mentira, el socialismo de Biden y el conservadurismo de Trump

       

En la historia al menos reciente de los Estados Unidos no ha habido una campaña electoral en que se hayan dicho más barbaridades, más despropósitos, una en la que la mentira fuera un arma de uso tan común e incendiario, como la que acaba de concluir.

Y no solo usar la mentira, sino hacer de ella algo aceptable, porque ¿dónde está el problema si de lo que se trata es de destruir al rival?

 

 

 

En nota reciente en VozPópuli, Elena Alfaro aclara muy bien el tema: Mentir no es equivocarse, ni enunciar falsedades por falta de conocimiento; mentir expresa voluntad de engañar. Mentimos para atajar y obtener aquello que deseamos. Mentimos para eludir las consecuencias de nuestros actos (…); la mentira más difícil de desmontar es aquella que nos contamos a nosotros mismos.

Me preguntó un amigo cuál era el momento de la campaña que en mi opinión reflejaba más vilmente el uso de la mentira como arma: fue durante las preguntas que la periodista Savannah Guthrie, de NBC, le hizo a Donald Trump durante la reunión tipo town hall que se realizó el pasado 15 de octubre en sustitución del segundo debate (al cual el presidente en funciones se negó a asistir).

La periodista le preguntó: “esta semana usted retuiteó a sus seguidores una teoría conspirativa que involucra a Joe Biden y a Barack Obama, según la cual ambos podrían haber hecho matar a los militares del Grupo de Navy Seals de Estados Unidos que encontraron y ajusticiaron a Osama Bin Laden para de esa manera encubrir que supuestamente esa muerte fue falsa. Ahora, ¿por qué lo hizo? ¿Por qué enviar una mentira como esa a sus seguidores?”

La respuesta de Trump: “Eso fue un retuit. Esa fue la opinión de alguien. La publiqué. La gente puede decidir por sí misma. Yo no tomo una posición…” O sea que según el empresario-presidente como él no era el originador de la mentira, podía publicarla sin que ello implicara algún problema moral o ético.

A lo que la periodista le replicó con una respuesta que se viralizó a nivel mundial: “No lo entiendo. Usted es el presidente (de Estados Unidos). No es el tío loco de alguien, y que por ello puede simplemente retuitear lo que sea” (la sobrina psicóloga clínica, Mary Trump, debe haberse carcajeado…)

La mentira es, esencialmente, una expresión, un arma, de la anti-política.

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Michael Oakeshott

 

¿Es Trump un conservador, como algunos opinadores y periodistas afirman con bastante pereza analítica? Recordemos siempre las palabras del inmortal escritor francés, luchador por la libertad y contra los totalitarismos, Albert Camus: “El fascismo es desprecio. Inversamente, toda forma de desprecio que intervenga en política prepara o instaura el fascismo”. Los tiros van por allí.

Otra de las características de esta campaña fue la aparición de un grupo de destacados intelectuales conservadores y de antiguos altos cargos de los gobiernos republicanos de Ronald Reagan, George H. W. Bush (padre) y de Bush hijo, en apoyo a Joe Biden (más bien en rechazo a Trump), los “Nevertrumpers”. Los análisis post-mortem indican que fueron decisivos en algunos estados, como Arizona (donde la viuda del excandidato presidencial y senador republicano John McCain apoyó con entusiasmo a Biden). Los unía asimismo una reivindicación de la auténtica perspectiva conservadora, muy distante del “nacional-populismo” trumpiano.

Un nacional-populismo cuyo líder tiene vinculaciones y amistades con visiones similares tanto en la izquierda (el mexicano López Obrador) como en la ultraderecha (el húngaro Orban). Incluso se ha afirmado que Steve Bannon, uno de los profetas iniciales del trumpismo, allá por 2016 pensó que un movimiento al que podrían acercarse era el hispano Podemos, el de Pablo Iglesias, el amigo del chavismo.

López Obrador (el «gobernante por obsesión«), está de luto moral por la derrota de su amigo del norte; como indicó socarronamente un periodista, el lema que el presidente mexicano pensaba duraría por siempre, era: » la izquierda y la ultraderecha unidas jamás serán vencidas». Para que no quedaran dudas, la líder ultraderechista francesa, Marine Le Pen, también se ha negado a reconocer la victoria de Biden.

Las características fundamentales del verdadero pensamiento conservador anglosajón fueron resumidas en una notable conferencia (“On Being Conservative”), en 1956, de Michael Oakeshott, considerado el más brillante filósofo político conservador británico del siglo XX: 1) ser conservador no es un credo, ni una doctrina, es una disposición del carácter; 2) es una visión realista de la política, y por ende, reverencia los hechos; 3) lo tradicional, lo familiar, serán siempre mejor vistos que el salto a lo desconocido; 4) la política conservadora implica necesariamente límites: al poder ejecutivo, al intento de control sobre una sociedad democrática que posee como un valor central el respeto a las decisiones ciudadanas. Por ende, es un rechazo al caudillismo; 5) la disposición conservadora es fundamentalmente política, y no parte de una postura religiosa o moral; 6) la prudencia es un valor central del político conservador; 7) El respeto a las instituciones es otra característica del verdadero conservadurismo anglosajón.

¿Fue el Gobierno de Trump y el actual partido Republicano, un Gobierno conservador? Sin lugar a dudas, no.

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Margaret Thatcher, Helmut Kohl (Canciller Federal alemán, Democristiano), y Ronald Reagan

 

 

 El partido Republicano (el Grand Old Party, o GOP), desde la Segunda Guerra Mundial, tuvo varios presidentes -Eisenhower, Nixon, Ford, Reagan y los dos Bush- que representan diversos matices del conservadurismo norteamericano, primo hermano del británico. Una visión que no solo no estaba aislada frente al exterior, sino incluso mantenía cordiales relaciones con familias políticamente cercanas, de la llamada en esos tiempos centroderecha, especialmente en Europa.

Por varios años quien esto escribe tuvo diversos cargos dentro de la llamada “Internacional Demócrata Cristiana” (IDC, hoy Internacional Demócrata de Centro); fui testigo de que a sus reuniones acudían, sin ningún problema, delegaciones de los dos partidos norteamericanos, el Republicano y el Demócrata, ambos miembros observadores. Y las relaciones del GOP durante el liderazgo de Ronald Reagan eran muy cordiales con la Unión Demócrata Cristiana (CDU) alemana, hoy liderada por Angela Merkel, y con el Partido Conservador británico (el de Winston Churchill, en ese momento conducido por Margaret Thatcher). También la IDC tuvo muy cercanas relaciones con los conservadores británicos, especialmente en el parlamento europeo.

La preocupante deriva autoritaria no solo de Trump, sino incluso antes (¿recuerdan al Tea Party?), del actual GOP, hacen válidas las siguientes preguntas: ¿se adhiere el partido al principio de respetar los resultados electorales, aunque sean adversos; a un sistema político competitivo y plural; al tratamiento respetuoso de los contrarios, y por ende al rechazo a una retórica violenta?

Y así como no se puede decir hoy que Donald Trump y el partido Republicano son “conservadores”, esa otra afirmación dicha muchas veces sobre los Demócratas, sobre Joe Biden y Kamala Harris, de que “son comunistas”, de que van a llevar a los EEUU al comunismo, tampoco se sostiene.

Si Joe Biden, un Demócrata del ala moderada del partido, fuera un político europeo, quizá estaría en alguno de los partidos democristianos del sector más centrista. El progresismo Demócrata ya  tuvo un candidato presidencial, George McGovern, que perdió por paliza en 1972 contra Richard Nixon (520 a 17, en el Colegio Electoral). La actual ala izquierda Demócrata, los Bernie Sanders y Elizabeth Warren, de ser europeos, seguramente militarían hoy en la socialdemocracia, y en la Internacional Socialista (IS). Me imagino a algún lector diciendo ¡allí está la prueba, tenemos razón!. La verdad es que la IS está atravesando momentos nada boyantes; sus grandes e históricos partidos europeos –como el SPD alemán, o el PS francés- están bajo grave crisis. Y, por cierto, ¿saben quiénes son los representantes venezolanos en esa histórica agrupación de la izquierda mundial? Acción Democrática, Voluntad Popular y Un Nuevo Tiempo, partidos opositores al chavismo.

Como dijera un tuit: si en 2016 Hillary Clinton hubiera insistido una semana después de las elecciones que había ganado, su propio partido la habría declarado persona non grata. Mientras, los Republicanos, en estos días, bien gracias. La pandemia, con sus obscenos récords diarios de infecciones y muertes, no les preocupa ni importa. Solo seguir los dictados mitómanos de su actual caudillo.

 

 

 

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