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Vivien Leigh y Laurence Olivier: El sexo que llegó a la locura

Amor prohibido, infidelidades, bisexualidad, celos, sexo hasta el agotamiento... La historia de amor que vivieron Vivien Leigh y Laurence Olivier estuvo marcada por la culpa y el trastorno bipolar. Un libro desvela nuevos detalles de la pareja más tormentosa de Hollywood.

Ese es el hombre con el que me voy a casar», profetizó Vivien Leigh al ver en escena a Laurence Olivier en la obra Teatre Royal. «Quedé borracho de deseo», reconoció Olivier tras verla actuando en The mask of virtue. Dio igual que ambos estuvieran casados, sintieran temor de Dios y se hubieran educado sobre los rescoldos de la era victoriana: la pasión pudo más que los prejuicios, la tradición o la responsabilidad. Pronto se hicieron amantes.

Era 1935, y lo que había comenzado como un romance furtivo fue recorriendo todos los escalones de la pasión. ‘Vivieron en pecado’, se casaron, hubo infinidad de terceras personas, historias de bisexualidad, celos abrasadores y sexo hasta el agotamiento. Y, por encima de todo, locura: el trastorno bipolar que sufría Vivien Leigh se convirtió en el centro de una relación capaz de lo mejor, pero también de lo peor.

 

alternative textAmor prohibidoSu relación fue secreta al principio porque ambos estaban casados cuando se conocieron. Su matrimonio duró dos décadas. Vivien Leigh (en la imagen, a los 42 años) murió a los 54 machacada por la tuberculosis y los trastornos mentales. Laurence Olivier la sobrevivió 30 años.  IMAGES

 

 

Así lo revela Stephen Galloway, editor de Hollywood Reporter, en su libro reciente, Truly madly. Vivien Leigh, Laurence Olivier and the romance of the century (editorial Grand Central). Es cierto que ya hay numerosas biografías de ambos –una de ellas, incluso, escrita por Tarquin Olivier, el hijo mayor de Laurence–, así como una conmovedora autobiografía, Confesiones, en las que el actor se desnuda y se fustiga a partes iguales.

Pero Galloway aporta algo más: por supuesto que hurga en los chismes y se hace eco de la lujuria que sobrevoló las múltiples camas de la pareja; pero su mirada compasiva nos incita a bordear los abismos de la enfermedad mental y a encontrar respuestas en los traumas del pasado de ambos.

 

alternative textAl fin… juntos. En una foto publicitaria de 1939. Ya eran amantes. Se casaron el año siguiente, con Katharine Hepburn de dama de honor. GETTY IMAGES

 

 

Así, el autor nos lleva a la infancia de los dos protagonistas. Nos muestra a Larry devastado por la temprana pérdida de una madre amorosa, devota e incondicional, pero también marcado de forma indeleble por la rigidez bíblica de su padre, un párroco adusto que le inculcaría a fuego la idea de la culpa y del deber.

En cuanto a Vivian –todavía no había cambiado su nombre por el de Vivien–, hija única de un matrimonio acomodado que hizo fortuna en la India colonial, fue enviada desde Calcuta a Inglaterra para que se refinara y no adquiriera el acento ‘chichi’ propio de quienes se criaban en Asia. Y, así, pasó ocho años de su infancia internada en un convento, adquiriendo modales y terminando «hambrienta de un amor que ninguna monja le podría dar».

 

alternative textAmbición artística: «Ella pronto se dio cuenta  de que lo suyo no eran la familia y el hogar», dice su biógrafo. Dejó a su hija (en la foto) y a su primer marido por su carrera.

 

 

Cada uno con sus lastres emocionales, se acercaron al amor como pudieron. Larry, nos cuenta Galloway, vivía marcado por el temor al pecado, ahogado entre conflictos sexuales y represión. Conoció a Jill Osmond, también actriz, con quien se casaría en 1930, «desesperado por hacer el amor con una mujer». Tras la noche de bodas, se dice que se afeitó por error medio bigote, «en un gesto que haría las delicias de Freud».

Por su parte, Vivian salió del convento ansiosa por amar y encontró en Herbert Leigh Holman, un buen hombre educado en Oxford y Cambridge, una estabilidad que se haría especialmente necesaria cuando su familia perdió cuanto poseía en la crisis del 29. Entre regatas, bailes y flores, Vivian, ya apuntada en la Real Academia de Arte Dramático, se dejó conquistar. Se casaron en 1932, «conformando el tipo de pareja que Dickens habría adorado».

 

Laurence Olivier vivía ahogado entre conflictos sexuales y represión. Confesó que se casó por primera vez «desesperado por hacer el amor con una mujer»

 

Ahí los tenemos. Los dos casados, los dos volcados en su vocación actoral, los dos aburridos de la vida doméstica. «Ella se dio cuenta enseguida de que lo suyo no eran ni la familia ni el hogar. Era una actriz con nuevos objetivos, nuevos sueños y nueva identidad». Vivian se convirtió en Vivien y, tras el éxito de La máscara de la virtud, escribió en su diario: «El milagro había ocurrido. Yo había llegado».

También Larry escribía un diario. Y en él se fue viendo el avance de la pasión: primero hablaba de Vivien Leigh, más tarde de Vivien, después de Viv y, finalmente, de Vivling, tal y como la llamaba Holman, su marido. No solo le estaba robando a su esposa; también su lenguaje.

El romance y la culpa

El rodaje de Fire over England (1936), una película de propaganda, abrió la espita. A pesar de sus respectivos matrimonios, comienza el romance. «Hacían el amor a todas horas. Cada día, dos, tres veces», cuenta Galloway. Y, en sus memorias, Larry escribe: «No creo haber vivido con tanta intensidad desde entonces. No recuerdo dormir, solo los maravillosos momentos que estuvimos juntos».

 

alternative textGlamour y fama: Protagonizaron dos exitazos: Lo que el viento se llevó y Cumbres borrascosas. Aquí, en su casa de Londres en 1950. GETTY IMAGES

 

Pero no todo era felicidad: ahí estaban las enseñanzas del padre párroco de Larry, y los años de convento de monjas de Vivien, para recordarles que estaban pecando. Ansiosos por estar juntos, forzaron una amistad entre las dos parejas que les permitiera pasar cada vez más tiempo el uno con el otro. Mientras, Holman –el marido de Vivien– no sospechaba nada y continuaba escribiendo agónicas cartas de amor cada vez que se separaban; y Jill, la mujer de Larry, sí era consciente del cortocircuito, pero confiaba en que esa relación no fuera a más.

«Fueron dos años de vida furtiva y de mentiras», escribió Larry en Confesiones, y recordó aquel tiempo sintiéndose como «un gusano adúltero que dormía en las sábanas de otro hombre». Pero, aun así, la fuerza que gravitaba en torno a ellos les iba atrayendo cada vez más. Y decidieron dar el paso de comunicar a sus respectivos cónyuges que habían decidido separarse, una decisión que estos no supieron aceptar.

 

No soportaban estar separados durante los rodajes. Él le escribió 200 cartas, ella exigió unas vacaciones para pasar unos días de sexo apasionado con él

 

–Sigue con él si quieres, pero no me quites a mi marido –le dijo Jill a Vivien.

–¿Cómo decías que le gustaban a Larry los huevos? –respondió Vivien.

«Fue así como Jill supo que la batalla estaba perdida», escribe Galloway, quien también refiere

–citando los diarios, las memorias y las declaraciones de quienes los conocían bien– una nueva etapa de desgaste: la lucha entre los convencionalismos, la religión, la tradición, la responsabilidad. Ambos estaban abandonando a sus familias en una época, 1937, en la que poquísimas parejas se divorciaban. «Fue un periodo de pesadilla para nosotros y una tortura para los demás».

En la cumbre del éxito

Dos grandes acontecimientos marcaron los años siguientes: las películas Cumbres borrascosas (1938) y Lo que el viento se llevó (1939). Ambas rodadas en Estados Unidos y con los agentes y productores peleando por evitar que la puritana sociedad norteamericana se enterara de que eran adúlteros. Las separaciones durante los rodajes exacerbaban la pasión: Larry le escribió más de 200 cartas, y Vivien exigió unas vacaciones para poder pasar unos días «sin parar de hacer el amor» (por decirlo con más decoro que como ella lo recoge en sus diarios).

 

 

alternative textEnfermedad: Vivien Leigh padeció altibajos y depresiones desde joven. Tenía antecedentes familiares de problemas mentales.

 

El éxito de ambas películas los convirtió en estrellas de fama mundial y más aún cuando, por fin, en 1940 reciben el divorcio y se casan en una ceremonia que apenas duró tres minutos y cuya dama de honor fue Katharine Hepburn.

Los primeros tiempos del matrimonio estuvieron marcados por la Segunda Guerra Mundial. Él se enroló como piloto y estuvo en la campaña de África mientras ella animaba a las tropas. La relación se iba asentando, y un ejemplo son las cartas que Larry le escribe durante esas separaciones. En ellas, explica Galloway, «ya no había lujuria, sino afinidad mutua, cuidado, más ternura que hambre sexual, sin que eso implicara menos amor. Los Olivier se hacían mayores».

Pero la enfermedad mental de Vivien lo cambiaría todo. Con anterioridad ya había tenido explosiones y había dado indicios de sufrir cambios de humor, pero se habían atribuido a las veleidades de una estrella. En los años siguientes a la guerra, y tras sufrir un nuevo aborto, cada vez se hicieron más frecuentes los episodios que la llevaban del llanto al hieratismo, de la borrachera a la más exquisita corrección. Hoy sabemos que su tío abuelo estuvo ingresado por crisis psicóticas y que sus diarios muestran, ya desde la pubertad, los altibajos emocionales.

 

 

alternative textLa vida después de Vivien: Laurence Olivier con su última mujer, Joan Plowright, en 1963 con dos de sus tres hijos. El actor sobrevivió a Vivien Leigh pero no la olvidó, en los últimos años de su vida veía las películas de ella y decía, entre lágrimas, «eso sí que era amor». GETTY IMAGES

 

 

Curiosamente, destaca Galloway, a medida que Vivien va enfermando –la tuberculosis la dejó aún más vulnerable– y destrozando cuanto toca, más se yergue como actor Laurence Olivier. Se produce un dualismo entre su papel como protector de aquella mujer a la que amaba con locura y su carrera, a la que amaba todavía más y que le permite triunfar como el mejor intérprete de Shakespeare.

En 1949, ella le dice que lo quiere «como a un hermano», pero no como pareja. Larry acepta el trágala y entran en una nueva etapa de fraternidad –con escarceos ‘incestuosos’, eso sí–, en la que las sucesivas crisis continuaban minándolos. En aquellos años no se hablaba de bipolaridad, sino de enfermedad maniaca-depresiva, y a los episodios de manía, en los que su libido era aún más insaciable y agotaba a un amante tras otro, seguían otros de profunda depresión y arrepentimiento.

 

Vivien sufrió intentos de suicidio, internamientos, ‘electroshocks’, curas de sueño… mientras triunfaba en ‘Un tranvía llamado Deseo’

 

Hubo intentos de suicidio, internamiento, electroshocks, exorcismos, curas de sueño. Entre medias, el talento de Vivien asomaba, como se demostró en Un tranvía llamado Deseo, que le valdría su segundo Oscar (el primero lo ganó por Lo que el viento se llevó). También conatos de acercamiento que no llegaron a fructificar. Mientras Vivien iniciaba una relación con Peter Finch, Larry también comienza a tener nuevas parejas: Sarah Miles, Dorothy Tatin y, finalmente, la actriz Joan Plowright, de quien se enamoró y que lo ayudó a romper definitivamente con su esposa de más de dos décadas. El divorcio se firmó en 1959. Larry y Joan se casaron, tuvieron tres hijos y comieron perdices.

Durante sus últimos años, Vivien compartió su vida con Jack Merivale, aun cuando, según narra Galloway, seguiría ligada emocionalmente a su gran amor. La actriz Juliet Mills recuerda que «Jack era muy amable y la cuidaba, pero su pasión seguía siendo para Larry. Eso nunca, nunca, nunca cambió». En 1969, con tan solo 53 años, Vivien falleció como consecuencia de aquella tuberculosis crónica que iba y venía. Ante su cadáver, Larry lloró y rezó por toda la ponzoña que se había creado entre ellos. El actor la sobreviviría 30 años, y cuentan sus allegados que, en sus últimos días, no dejaba de ver películas de Vivien y de decir, entre lágrimas, «eso sí que era amor».

 

 

 

 

 

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