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Carmen Beatriz Fernández: Memoria en alquiler

Hay épocas que creen haber conquistado la memoria justo antes de empezar a perderla. En medio de una civilización obsesionada con registrar cada instante, emerge una paradoja inquietante: nunca habíamos producido tanta información y, al mismo tiempo, nunca había sido tan frágil su permanencia.

 

 

Hace unas semanas, un amigo me pidió que escribiera el prólogo de su libro. Acepté sin dudar, en parte porque su trayectoria profesional estaba ligada a un momento que yo recordaba con nitidez: un intento temprano, audaz y visionario, de reinventar el periodismo en Venezuela. Le conocí cuando lideraba un proyecto pionero: un canal de televisión por internet de un diario líder a escala nacional. En aquel entonces, la idea tenía algo de experimento y algo de apuesta estratégica. Un medio centenario intentando reconfigurarse como plataforma multimedia, con transmisión en vivo, análisis político y cobertura electoral en tiempo real. Más que tecnología el esfuerzo albergaba una intuición: que el periodismo, tal como lo conocíamos, estaba entrando en una crisis estructural.

Recuerdo la sensación de estar presenciando algo adelantado a su tiempo. El medio estaba buscando respuestas antes de que las preguntas fueran del todo nítidas. Cuando me senté a escribir el prólogo, quise documentar mejor esa experiencia. Hacer lo que hacemos los académicos, o los obsesivos de la memoria: buscar fuentes, para rememorar, verificar y reconstruir. Y entonces ocurrió algo inquietante: no encontré casi nada.

Para Navidad, mi tía me regaló un disco de Rosalía. Mis hijos rieron y me preguntaron cómo iba a hacer para escucharlo. No tenemos reproductor de CD en casa, y tanto Lux como el resto de los discos contemporáneos, viven en plataformas como Spotify.

El rastro digital de aquel proyecto, que en su momento parecía tan visible e importante es hoy apenas una sombra. La hemeroteca de ese diario centenario tampoco existe como tal. Algunas piezas sobreviven en los márgenes de la Wayback Machine, como fragmentos dispersos, pero son apenas pinceladas de memoria, destellos aislados en un océano oscuro. Lo que fue un intento de futuro se ha convertido en un problema del pasado: su imposibilidad de ser recordado.

No es un caso aislado. Es un síntoma.

Un informe reciente de Internet Archive, Vanishing Culture, advierte sobre un fenómeno más amplio: la fragilidad de la memoria en la era digital. Durante siglos, la cultura se materializó en objetos: libros, discos, películas, archivos físicos que podían ser adquiridos, preservados, olvidados y redescubiertos. La digitalización prometía democratizar ese acceso. Pero lo que ha producido, en muchos casos, es lo contrario: una memoria condicionada.

Para Navidad, mi tía me regaló un disco de Rosalía. Mis hijos rieron y me preguntaron cómo iba a hacer para escucharlo. No tenemos reproductor de CD en casa, y tanto Lux como el resto de los discos contemporáneos, viven en plataformas como Spotify. La escena es trivial, pero reveladora: la música ya no se posee, se accede a ella. La consecuencia es profunda: la memoria cultural deja de estar en manos de instituciones públicas, bibliotecas, archivos, o hemerotecas, y pasa a depender de decisiones corporativas, de cambios en términos de servicio, de quiebras empresariales o simples reconfiguraciones algorítmicas.

A este proceso estructural se suma otro, igualmente inquietante: la mutación de las fuentes de información. Hoy, una parte significativa del consumo noticioso ocurre a través de influencers. Según datos recientes del Pew Research Center, uno de cada cinco adultos en Estados Unidos obtiene regularmente noticias de este tipo de creadores, una cifra que se eleva al 38% entre los jóvenes de 18 a 29 años (Pew Research Center). Más aún, muchos de estos contenidos no se busca activamente: se encuentra, aparece, irrumpe en el flujo la atención. Las noticias me encuentran a mí, no soy yo quién las busca.

El contenido de los influencers es, por definición, efímero. Vive en plataformas que privilegian la novedad sobre la permanencia, el engagement sobre el archivo. Una publicación puede volverse viral en cuestión de horas y desaparecer en días. A veces, ni siquiera hace falta el paso del tiempo: basta una decisión individual o corporativa. Una rabieta de la plataforma, y desaparece la cuenta. Una rabieta del creador, y se borra todo el historial.

Las noticias me encuentran a mí, no soy yo quién las busca.

La plataforma de X-Twitter ha desaparecido miles de cuentas por violar sus términos de servicio, muchas de ellas eran cuentas institucionales. ¿Qué queda entonces en esos casos? Quedan capturas de pantalla o referencias indirectas en otros contenidos. Queda, en el mejor de los casos, una memoria fragmentada, reconstruida a posteriori, pues desaparece el contenido y su contexto: la conversación que lo rodeaba, la secuencia temporal, la evolución del discurso. Y sin contexto, la memoria pierde su capacidad de explicar.

Nunca habíamos producido tanta información, y nunca había sido tan fácil registrarla. Sin embargo, como en una cruel paradoja: nunca había sido tan frágil la posibilidad de recordarlo.

 

ENLACE A LA NOTA ORIGINAL:

https://www.elcespedesverde.com/memoria-en-alquiler

 

 

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