Cristina Casabón: Sinrazón de la revuelta en Europa
«La tragedia de las clases trabajadoras de nuestro tiempo no es el mercado, sino el eclipse de la responsabilidad individual bajo la tutela asfixiante de la burocracia»

Ilustración creada con IA
El malestar en la Europa contemporánea es el síntoma elocuente de una ceguera espiritual. Se protesta contra un fantasma. En las calles de Madrid, París, Roma, Tirana o Lisboa se grita una indignación contra el «capitalismo», se agita la consigna de la lucha de clases y se convoca a los viejos demonios de la rebeldía proletaria. Sin embargo, los manifestantes y sus corifeos intelectuales padecen una lamentable inversión de la realidad: combaten el orden del mercado, pero el Leviatán que los asfixia es, en verdad, un Estado providencial e hipertrofiado.
Muchos analistas e historiadores de la izquierda (Hobsbawm, Thompson, Hill, Samuel y Miliban, entre otros) se han centrado en estudiar los períodos de convulsiones sociales y rebelión con la esperanza de descubrir en ellos evidencias de esa «lucha de clases» que alimenta la agitación social y política y que para algunos es el motor de la Historia. Recordemos que, para Marx, la conciencia de clase es el primer paso para la revolución contra la economía capitalista.
Pero el problema es que la tragedia de las clases trabajadoras de nuestro tiempo no es el mercado, sino el eclipse de la responsabilidad individual bajo la tutela asfixiante de la burocracia. ¿Quién es hoy el verdadero aliado del establishment? ¿El que arriesga su patrimonio en el corazón productivo del sistema o el analista o académico que parasita su esfuerzo mientras pontifica desde la púrpura de su impunidad intelectual?
Parece como si determinadas fuerzas cósmicas se enfrentaran contra «el sistema» en las calles de las grandes ciudades de Europa para agruparse en ejércitos enemigos, como los ángeles guerreros del Paraíso perdido de Milton. Sin embargo, estos jóvenes rebeldes no son capaces de ver que el sistema contra el que luchan no es más que socialismo y que, en casos europeos como el de Francia, Italia o España, es socialismo del 50%. Un Estado que absorbe la mitad del producto interior bruto a golpe de impuestos y gasto público ha dejado de ser capitalista. Es, lisa y llanamente, un socialismo de dos dígitos, que se come más del 50% de la riqueza de los trabajadores.
Pero la melancolía marxista, perpetuada en las aulas universitarias por los epígonos de Hobsbawm que añoran la épica de la barricada y confunden la sociología con la teología, se empeña en ver al capitalista Macron donde solo hay un burócrata. No han entendido que, cuando el sector público gestiona cerca de la mitad de los recursos de un país, las decisiones de asignación de capital pasan de los individuos y el mercado a los comités gubernamentales y la burocracia. Los intelectuales que analizan estas protestas creen enfrentarse directamente a lo que denominan los poderes establecidos: los empresarios. Esto ha llevado principalmente a la creación de un counterestablishment lleno de contradicciones, pero con mayor autoridad moral que la que puede cosechar el dinero en la clase capitalista. ¿Por qué dejamos que sea esa la voz cantante en un Estado socialista que no crea riqueza y simplemente se limita a distribuir la que producen las clases productivas? Porque la izquierda ha logrado imponer la cultura de los derechos y las subvenciones; ha impuesto un marco predominante.
Desde esta torre de marfil, periódicos como El País y analistas devotos de esta «insatisfacción sistémica» dictan el canon de lo correcto. Su despectiva visión de conjunto del capitalismo ha sido un factor importante en la conformación de esa instancia crítica de profesores y periodistas desde los sesenta: su mensaje es que la derecha y los capitalistas son causantes de esta crisis de poder adquisitivo de las clases medias. Por ejemplo, leo que, en opinión de Andrea Rizzi, «desde la caída del muro de Berlín se ha producido un cambio de tendencia respecto a las décadas anteriores, marcadas por avances en la cohesión social» (el comunismo, al parecer, era un elemento de cohesión). Rizzi sostiene que «el desarrollo de un capitalismo cada vez más abusivo ha contribuido a ensanchar las desigualdades y a alimentar una ‘insatisfacción sistémica’ entre quienes sienten que sus oportunidades se reducen».
Pero más importante que la verdad última de sus conclusiones es la naturaleza de las pruebas que aporta la izquierda: ni estadísticas sobre cómo el socialismo de dos dígitos ha aumentado la presión fiscal, ni análisis detallados de los impuestos que impiden contratar, invertir o incluso ahorrar, ni ejemplos concretos de cómo los salarios se ven reducidos por la inflación; tampoco estudian la estructura de la toma de decisiones económicas (el Estado), ni ofrecen una comparación real entre el poder de las empresas privadas y el monopolio estatal en los países europeos; no hacen referencia a ningún avance medioambiental o social en las empresas modernas, etc. Solo nos brindan psicología social, expresada en estilo irónico y provista del desprecio característico de los vacíos burócratas hacia la existencia de los ejecutivos y los creadores de riqueza.
De ese modo, como por arte de magia, se deja caer que el sistema capitalista resulta opresivo, y no su contraparte estatista. Que millones de personas hayan pagado con sus vidas la desviación comunista que levantó el Muro y que, por esa misma causa, otras estuvieran sufriendo prisión, acoso o se vieran despojadas de la libertad no es importante para estos. Al mismo tiempo, la libertad de la que gozamos quienes vivimos en sistemas capitalistas, y que nos permite no solo expresar opiniones «no convencionales» (aunque sí que son convencionales y ortodoxas desde un punto de vista keynesiano), sino también encumbrarnos hasta las más altas esferas de influencia intelectual y de poder, es algo que queda cuidadosamente oculto en estos análisis.
Pero, en realidad, seamos sinceros: ¿quién es el que está cómodo en el establishment moderno de estos países donde se producen las revueltas? ¿El hombre de negocios o el crítico académico? ¿El corazón productivo del sistema o el parásito que se alimenta de su trabajo? ¿Quién es el verdadero establishment?
