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Democracia, la nueva conjura de los necios

Culpar a la democracia del malestar social es un error que confunde las reglas del juego con la incompetencia de los políticos. Destruir sus instituciones solo abre la puerta a autoritarismos que terminarán con nuestras libertades

Democracia, la nueva conjura de los necios

                                                                       (Ilustración: Nieto)

 

 

Una gigantesca conjura internacional de los necios acecha a la democracia: parece que ella tiene la culpa de no producir igualdad y bonanza para todos de manera constante y creciente. Cargarle al sufragio universal y al sistema representativo los errores puntuales y garrafales de los políticos y economistas que conducen el Estado es tan absurdo como acusar al reglamento del fútbol por haber recibido una goleada o perdido un campeonato, o al sistema métrico decimal por una quiebra fraudulenta.

La democracia es apenas un acuerdo de reglas institucionales concebidas para la participación popular, la limitación del poder absoluto y la convivencia, y no una entidad acabada e ideológica que gobierna el mundo, reparte la riqueza y decide el destino de cada ser humano.

Pero hay «especialistas» empeñados en formularles morbosamente a las masas posmodernas estas preguntas venenosas: «¿Lo decepcionó a usted la democracia, preferiría algún otro orden que le traiga más prosperidad?» Muchos ciudadanos de a pie muerden ese anzuelo, que acusa al vehículo y excusa al conductor, y entonces manifiestan en ‘focus groups’ su consabida, gratuita y a veces desfachatada decepción personal. Claro, ahora que me lo preguntan, merecemos lo mejor de lo mejor, nada tenemos que ver nosotros con esos negligentes a quienes votamos, y la democracia es tan ingrata e inepta que no nos ha cumplido; necesitamos otro orden que pueda garantizarnos el paraíso en la Tierra. Qué menos.

Para muchos hombres y mujeres de mi generación conseguir la democracia no fue nada sencillo: crecimos bajo dictaduras sangrientas y retrógradas, y debimos remar muy fuerte y en aguas muy peligrosas para conquistar lo que se nos negaba. Por lo tanto, este estúpido malentendido —la democracia es culpable del malestar del mundo— nos sabe a macabra frivolidad. Los cientistas políticos del «malestar» no son capaces de armar un interrogatorio más serio y profundo para ver qué otro régimen anhelarían los «disconformes». Ni esos politólogos ni sus encuestados tienen la menor idea de cuál sería ese otro brillante mecanismo social que nos conduciría al progreso infinito y a la felicidad perenne. Porque la vida es terrible, pero la alternativa es mucho peor, como diría Woody Allen.

Un ciudadano moderno y occidental sueña con libertad absoluta y consumo ilimitado, y está acostumbrado a quejarse públicamente de todo: parece poco probable que aguante la censura de una autocracia o que se meta en un trueque turbio según el cual para cumplir los deseos hay que bajar la cabeza, demostrar obediencia, fingir demencia y hasta practicar la delación en una tiranía.

Los chinos pueden prescindir de ser hipercríticos del partido falsamente comunista que los gobierna porque han sido criados en el mutismo político milenario y en la obediencia debida de la «dictadura del proletariado», pero Occidente no tiene ese talante ni esa paciencia. La sociedad de consumo trabaja secretamente para la democracia.

Aunque es cierto también que durante los últimos tiempos han aparecido en el mundo populistas de derecha para quienes el capitalismo debería desacoplarse de la «cobarde» democracia liberal. A los mesías que se proponen como salvadores de la patria, dueños de la verdad y operadores de recetas infalibles, les incomoda mucho tener que rendir cuentas y estar bajo escrutinio permanente de las instituciones democráticas, y esto les sucede muy especialmente a los tecnoligarcas, que pretenden crear un gobierno corporativo a escala planetaria. La nueva derecha desdeña, por tibio, el republicanismo liberal. Qué sorpresa. Me recuerda cuando los monetaristas latinoamericanos —en el siglo pasado— se deshacían en elogios a la gestión financiera de Augusto Pinochet. Creían —para espanto de Mario Vargas Llosa— que era posible practicar el liberalismo económico prescindiendo del político. Cuando vio lo que sucedía en Chile, el gran Paul Samuelson dijo que eso no era otra cosa que «fascismo de mercado».

Alguna vez lo escuché quejarse a Felipe González porque la democracia solía ser fiel al capitalismo, pero éste no siempre solía responderle con la misma lealtad. Históricamente, la izquierda fue la más crítica de la «democracia burguesa», y durante el siglo XXI —ver Venezuela o Nicaragua— no ha sofrenado el impulso de llegar por medio de los votos y después limar desde adentro los contrapesos con el propósito de quedarse para siempre y construir un régimen feudal de partido único. Otros izquierdistas, pero de bajas calorías, han sucumbido también a esa tentación, amparados en los «permisos» que otorga la polarización en boga.

Digamos a su vez que esta «democracia de extremos» corroe la democracia verdadera, puesto que se basa en la demonización absoluta del otro, en liquidar los consensos y las políticas de Estado, en generar a través de «relatos» y «batallas culturales» una hegemonía y en llevar a cabo reformas de fondo con mayorías coyunturales, que tarde o temprano la oposición —convertida en gobierno— desarmará una a una o utilizará para beneficio propio con la misma praxis pero en sentido contrario. Un péndulo que se convierte en una bola de derribo, y que amenaza destruir lo más sagrado: la democracia, ese edificio ya casi invisible que nos cobija y que sólo echaremos de menos cuando acaben de derruirlo y cuando nosotros salgamos —lúcidos y aterrados— de entre sus escombros.

 

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