Democracia y PolíticaHistoria

Granés: Pasadismo y no futuro

La pelea política contemporánea no contempla instalar en la imaginación del votante una idea de futuro, sino la muy orwelliana estrategia de reformular el pasado

Claudia Sheinbaum habla durante una rueda de prensa

                                    Claudia Sheinbaum habla durante una rueda de prensa(. EFE)

 

La reciente disputa entre Claudia Sheinbaum e Isabel Díaz Ayuso por la bondad o vileza de Hernán Cortés no ha aportado ningún dato histórico relevante, pero sí ha dicho mucho sobre los vicios de la política contemporánea. Al menos ha puesto en evidencia la manía actual de los políticos por el pasado, lo cual hace sospechar que el problema de fondo es su incapacidad para imaginar el futuro. Tanto en la izquierda como en la derecha la obsesión es notable. Retomar el control, decían los ingleses que defendieron el Brexit; hacer América grande otra vez es el lema de Trump y sus seguidores, y regresar al dorado siglo XIX ha sido la promesa económica de Javier Milei.

Si la derecha somatiza la nostalgia nacionalista por épocas previas a la mundialización de la economía y a sus consecuencias más evidentes –la inmigración, las regulaciones internacionales y la cesión de soberanía–, la izquierda entabla guerras por la memoria que devuelven a los ciudadanos del siglo XXI a las querellas de la Guerra Civil española, del allendismo o de las independencias americanas. A veces, incluso, cuando la nostalgia ancestral la doblega, expide un memorial de agravios contra la modernidad y la ilustración y acaba idealizando las civilizaciones prehispánicas, fuente milagrosa de valores y saberes capaces de purificar la corrompida civilización occidental.

La nueva derecha, con Bolsonaro a la cabeza, siente nostalgia por los años setenta y sus militares de picana eléctrica, y Gustavo Petro, AMLO y Sheinbaum siguen dando una lucha por liberar a Colombia y a México de los enemigos oligárquicos y gachupines que se empeñan en esclavizar al pueblo. La pelea política contemporánea no contempla instalar en la imaginación del votante una idea de futuro, sino la muy orwelliana estrategia de reformular el pasado. Se quiere controlar la memoria, lo que ocurrió hace doscientos, cien, cincuenta años, el perfil de los infelices que nos trajeron a esta situación caótica, porque al no tener soluciones para los problemas urgentes ni para mejorar la vida de la gente, lo más fácil es revisar el pasado y demostrar que el responsable fue otro, no yo, no los míos.

El político que miraba hacia adelante podía avivar el optimismo ciudadano. Hoy, mirando al pasado, sólo consigue despertar el resentimiento histórico. Mientras tanto el futuro ha quedado en manos de los gurús de las compañías tecnológicas, pero ya no de Steve Jobs o Bill Gates, que soñaban con tecnologías que le dieran más autonomía y libertad al individuo, sino de Peter Thiel, Elon Musk o Curtis Yarvin, los tecno-reaccionarios que fantasean con ciudades estado administradas por consejeros delegados y sistemas de control sobre el individuo. No hay que extrañarse de que el ciudadano ande por la vida sin brújula, confundido entre la furia y el miedo.

 

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