Hungría, el corazón de Europa

VIKTOR ORBÁN y PETER MAGYAR
“Esta noche el corazón de Europa late con más fuerza en Hungría.”
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea.
En estos tiempos donde la palabra paz no está muy de moda, donde hay conflictos por doquier, con los analistas de geopolítica desesperados porque no se pueden dar abasto escribiendo artículos, ensayos, notas, textos, crónicas e incluso monografías, no hay mucho que celebrar; al punto que, puestos a ser serios, hasta Anne Applebaum ha publicado en The Atlantic la crónica de un futuro distópico que ya estaría tocando a nuestra puerta.
Así, cuando por fin algo bueno ocurre, uno de esos acontecimientos que nos impulsan a sacar la bebida alcohólica favorita, la que se tiene para las grandes ocasiones, la vida ofrece entonces fuegos artificiales, aunque sea por un par de días.
Eso mismo es lo que pasó el pasado domingo 12 de abril en la no siempre noticiosa Hungría.
En dos platos, ¿qué ocurrió ese día?
Que el experimento autoritario que encabezaba el señor Viktor Orbán, amo y señor de las comarcas húngaras desde el 15 de mayo de 2010, no solo perdió, sino que recibió una auténtica paliza electoral, de esas que se ven muy pocas veces en la vida. Péter Magyar, líder del recién creado partido Tisza, obtuvo el 54 % de los votos y 138 escaños en el Parlamento unicameral de 199 miembros. La participación ciudadana rozó el 78 %, la cifra más alta desde la transición postcomunista.
A eso añadimos que Orbán era “el hombre de Putin” en Europa, el agente ruso que tenía secuestradas muchas decisiones en la Unión Europea ya que en los cuerpos de decisión importantes (como el Consejo y la Comisión) las decisiones se toman por unanimidad.
Orbán era el gran bloqueador, por ejemplo, de la ayuda a Ucrania en contra de Rusia.
Y en lo interno, el régimen de Viktor Orbán demolió la independencia judicial, presionó sin descanso a los medios de comunicación, y buscó controlar la economía a través de oligarcas de su confianza.
Orbán es un populista de librito, era el ejemplo perfecto del populismo de extrema derecha que usa -al igual que los populistas de izquierda- todo tipo de argumentos conspiranoicos, centrados en que “Hungría estaría asediada por “Occidente”, por Bruselas, o por las “élites liberales”, tan de moda a la hora de buscar chivos expiatorios cuando a uno no le está funcionando eso que llaman gobernar.
Pues Orbán perdió. Muy merecidamente. Lo derrotó un antiguo compañero suyo, que se abrió hace unos años, harto de tanta corrupción, y fundó Tisza, que ahora es miembro del Partido Popular Europeo, la coalición de partidos demócrata-cristianos y conservadores (los serios, no los de boquilla) que es la primera fuerza política en Europa.
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Esta narrativa de asedio —la idea de que Hungría está siendo presionada por «Occidente», Bruselas o élites externas— llevaba años siendo una pieza central del discurso de Orbán. Y miren que por años le funcionó. Pero la economía dijo “no voy más”, y Hungría se ganó el infortunado calificativo de ser el país más corrupto de Europa.
La campaña electoral húngara fue muy internacional. Los ojos de Europa e incluso de las autoridades norteamericanas estaban puestos en Budapest. Ganó la democracia liberal, perdieron los populismos autoritarios.
Nadie le podrá criticar a Orbán que no hizo todo lo posible -y más- para ganar; César Calderón, en The Objective, destacó que “un ciudadano húngaro que abre TikTok no encuentra un debate sobre la inflación, se encuentra un vídeo de IA de Zelenski sentado en un inodoro de oro y esnifando cocaína. Es grotesco, es ridículo, pero su función no es informar, sino saturar los receptores sensoriales con una narrativa de caos atribuida al enemigo”.
También se invirtió una fortuna en publicidad (usando incluso bots rusos) para convencer a su población de una amenaza absurda pero paralizante: que Ucrania planea invadir el país. Se construye el terror hacia una amenaza inexistente para venderse como la única solución posible para resolver el caos.
Y esos métodos y lemas de campaña no son exclusivos de Orbán. Lo mismo han venido haciendo Marine Le Pen en Francia (desde hace años) y Santiago Abascal con Vox en España; por cierto, ambos amigos y compañeros del alma de Orbán dentro del parlamento europeo.
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Siempre con Calderón: ¿Y por qué funciona el “método conspiranoico”? porque el miedo es más rápido que la razón. Siempre lo ha sido. La diferencia es que ahora tiene banda ancha, presupuesto ruso y algoritmos de distribución optimizados.
¿Y por qué ganaron Peter Magyar, el rival de Orbán, y su partido Tisza?
Porque los ganadores construyeron su campaña en algo que se destaca mucho pero que cada vez se practica menos: tratar de llegar a la gente real en el mundo real.
Mientras Orbán hablaba del mundo, del sol y las estrellas, de Ucrania y de Pomerania, o de la Unión Europea, Magyar se centró en el presente y los males causados por el régimen orbanista, con lemas y frases muy poderosos, que llegaron a la mayoría de sus conciudadanos.
Tan solo un ejemplo: en un gran mitin en Budapest a principios de abril, Magyar comenzó a corear un mensaje contundente: «¡Russians go home!», solo tres palabras desafiantes a los principales patrocinadores de Orbán, y que se conecta en el imaginario húngaro con la heroica revuelta magiar contra la ocupación soviética hace setenta años, en 1956, y que habla de miles de estudiantes, trabajadores y ciudadanos unidos pidiendo reformas democráticas y la retirada soviética.
Así se hacen campañas electorales contra regímenes autoritarios. Hay que desgastarlos en el terreno de la realidad, uniendo los problemas del presente con las lecciones y recuerdos de la historia patria.
Como destaca también Cristina Casabón: hay que abandonar las consignas y volver a los hechos. Tal vez esa sea, al final, la verdadera lección de la derrota del señor Orbán.
Si lo sabrá la siempre popular María Corina Machado; eso mismo hizo en Venezuela durante los últimos años. ¡Y vaya si le ha resultado!
