El otro día inicié el vermú leyendo un publirreportaje en la prensa generalista. En la foto, que imitaba a un catálogo de perfumes para hombres deconstruidos, quedaban retratados Rodrigo Sorogoyen y Javier Bardem. Bajo la instantánea de los entrevistados, aparecía un entrecomillado alertando sobre la necesidad de reforzar la educación para que la juventud sea impermeable a la «extrema derecha». Sabía que no iba a encontrar novedades, pero seguí leyendo. En la rendición de pleitesía del entrevistador, los dos deslizaban recomendaciones propias de cuñado cocido en el tardeo de la fiesta del PCE. Pronto empecé a soltar alguna carcajada. El titular, y el reportaje en sí, eran una muestra de la patética arrogancia de los progres pijos, que en realidad estaban diciendo: «Es obligatorio que la gente piense y se comporte como yo digo para que no se equivoque y sea buena persona».
No conozco a Sorogoyen. Diría que lo siento mucho pero no me gusta mentir, a diferencia de su líder socialista. A Bardem, sí tengo el disgusto. No obstante, he de confesar que no veo una película suya desde Jamón, jamón porque no me cae bien. Estamos empatados porque imagino que él aborrecerá THE OBJECTIVE por ser un periódico libre y crítico con el Gobierno. Es más: no tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que aplaude los exabruptos de Óscar Puente.
Empiezo diciendo que en este país hay libertad de expresión, y que cualquiera puede hacer el ridículo sentando cátedra en lo que le plazca. Por tanto, me es indiferente lo que digan dos millonarios de izquierdas que no conocen la vida real desde hace mucho tiempo porque viven en una burbuja, ni tienen estudios que les confieran autoridad en la ciencia social, económica o política, y carecen de experiencia en la gestión de lo público. No obstante, me interesa porque sus declaraciones ideológicas tienen dos derivadas: una publicitaria y otra de comisariado político.
Es conocido que la gente del cine suplica entrevistas para publicitar sus estrenos. Lógico: son progres que adoran al becerro de oro. De esta manera emiten opiniones para que el público de izquierdas empatice con ellos, se sienta identificado y vaya a ver la película. A mí esto siempre me hace desconfiar. ¿La película es tan mala que tienen que venderla haciendo propaganda política? De hecho, el reportaje farfullaba algo sobre el argumento —bastante simple y manido, por cierto—, y se solazaba con la doctrina política de los dos entrevistados, que repite los mantras del buen izquierdista: la derecha es mala porque no es la izquierda, ellos son hombres deconstruidos que despertaron del machismo salvaje y ahora son aliades, y exhiben símbolos palestinos porque Israel es «genocida» y Trump un horror. Que comulguen con el típico perfil progresista me da igual. Es tan previsible como sus guiones. Lo preocupante es la segunda derivada del sermón: el comisariado.
Imagínense: si el influyente Bardem, Almodóvar, Amenábar y demás jerifaltes del cine sientan doctrina y manejan el cotarro, ¿qué demandante de empleo en el cine se atreve a contradecirlos? Es lógico que si quien decide los empleos hace declaraciones de izquierdista fanático, los que quieran trabajar en un sector tan subjetivo como el cine se conviertan en fervorosos defensores de esas ideas y militen de palabra, obra, costumbres y vestimenta. Más claro: para comer deben ser admitidos en la tribu, obedecer al chamán y adorar a su dios. No se extrañen, es que hay que comer.
«En el publirreportaje a Sorogoyen y Bardem cualquiera puede ver que sentirse un dictador adorado es adictivo»
En el publirreportaje a Sorogoyen y Bardem cualquiera puede ver que sentirse un dictador adorado es adictivo. Les mola marcar la doctrina y que les hagan la pelota. Hablan de sí mismos como personas de luz. Se presentan como visionarios y pastores de ignorantes. Relatan sus vidas como ejemplos que todo ciudadano decente debería imitar. Su vida relatada por ellos mismos recuerda aquellos libritos titulados «Obras y milagros de… contados para niños». Muestran una falta de modestia y de tolerancia al otro acordes al narcisismo que desprenden sus palabras. No dudan. Saben cuál es el lado correcto de la Historia: el suyo, ahora y siempre porque jamás se equivocan. Solo leen, escuchan y se reúnen con sus conmilitones porque creen que han llegado a tal grado de sapiencia que no aguantan la crítica, la discrepancia o el debate. Han agarrado a la verdad por el pescuezo y la han secuestrado. Les pertenece. Como la moral.
Nos hemos acostumbrado a esta exhibición de superioridad moral, de arrogancia descarada de estos personajes del panorama fílmico español. Son tipos que constantemente intentan darnos lecciones poniéndose como ejemplo. Por eso, es inútil entrevistar a personajes de este tipo justamente cuando van a estrenar una película en nuestro país porque su cantinela es perfectamente predecible. La retahíla de declaraciones progresistas, feministas, antifascistas y ecologistas que propinan es la de siempre. Es más: a estas alturas, la entrevista la podría hacer y contestar cualquier programa gratuito de inteligencia artificial.
Es cierto que está muy estudiado el complejo de superioridad moral del mundo artístico. Se creen que están cumpliendo con una función social más allá de la distracción en pantalla, e intentan darnos lecciones como si supieran realmente de qué están hablando. Su arrogancia y su falta de modestia me expulsan de la sala que proyecte su película, lo siento. Quiero cine, no catequesis.