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Macky Arenas: Bitácora cubana (CXXX)

 

«En esta agonía interminable, en este absurdo incomprensible, en este macabro y criminal juego con la suerte y la vida de los cubanos, el mayor triunfo del poder de las tinieblas sería lograr el desánimo y la parálisis de nuestro pueblo […] Si nos dejamos desanimar, el poder vence. Si el desánimo nos paraliza, el cambio se aleja». Así comienza Dagoberto Valdés Hernández su más reciente y notable análisis sobre la situación cubana. Ciertamente, debe haber desánimo y razones no faltan. En repetidas ocasiones nos hemos visto en la necesidad de recordar que el juego resulta a ratos incomprensible porque el tablero y los que se sientan ante él no están en Cuba. Tampoco en Venezuela. Están fuera, y quien los maneja es Trump.

El señor Trump no es un político en toda regla. Puede que sea un estratega, pues sus pasantías ha tenido por los negocios más complejos. Sabe del manejo de la opinión pública y ha entendido que lleva las de ganar cuando desconcierta o descoloca a sus adversarios; también cuando presenta hechos cumplidos a la pragmática —tanto como él lo es— audiencia que lo sigue. De allí sus arranques inusitados, sus decisiones impredecibles que modifica a voluntad y sus pretensiones estrambóticas, como cambiar el nombre a la geografía propia o ajena, escandalizar con aquello de que es «seis veces más popular» que los mismísimos padres de la patria, o aliarse con quienes tienen puesto precio a sus cabezas, precio que él mismo les ha colgado. Eso desconcierta, claro está. Pero, hasta ahora, le ha funcionado.

Pensaremos que se trata de un nuevo estilo de líderes, populistas hasta la cacha, desapegados de todo compromiso humanista y aferrados a un poder que más bien parece un parabán para esconder sus más íntimos complejos, resentimientos inexplicables y hasta temores inconfesables. Pero no; más bien estamos ante una respuesta a regímenes que han mostrado una cara tan fea como la amoralidad, el autoritarismo y el utilitarismo propio de una izquierda funcional a cualquier modelo de sociedad que pretenda articular una dinámica democrática y de libertades. El socialismo y el comunismo cubano, su buque insignia desde los años sesenta en América Latina, vienen causando estragos y hartando a la gente. Es incompetente, insensible y completamente insostenible. Sus gobiernos han sido inviables dondequiera que se han asentado. La contraparte se ha empeñado en ser más hábil y más osada. Es una reacción pendular que ahora nos ha metido bajo el ala del extremo opuesto, lo que llaman derecha, pero ni siquiera sabemos si se le parece o no. Tan desdibujadas están que parecen autoritarismos con una pincelada diferente. En fin, que estamos ante extremismos que se reparten el mundo y los destinos de quienes vivimos en él.

La incertidumbre es el resultado de estas políticas que uno no sabe muy bien hacia dónde apuntan ni cómo terminará el partido. Como dirían los expertos narradores, el juego termina cuando termina. Y ni el de Cuba ni el de Venezuela han terminado. Tampoco diría que apenas comienzan, como el pesimista que ve el vaso medio vacío. De repente, hay sorpresas.

En el caso de Cuba

Entrar en un derrotero pesimista y desanimarse no ayuda y, lo que es peor, nada resuelve. Hay quienes están viendo las cosas desde otro prisma. Saben que un régimen con el sol a la espalda plantea necesariamente escenarios de transición. Por eso, el Institute of Cuban Studies y el Jack D. Gordon Institute for Public Policy de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) convocaron al panel de análisis sobre Posibles escenarios de transición para Cuba, un encuentro que abordó las posibles vías de cambio político y estructural en la Isla frente al colapso económico, el descontento social y las presiones internacionales. Como esa iniciativa, hay varias andando. Algo les dice que para allá se va.

En Cuba, analistas como los que hacen vida en el Centro Convivencia de Políticas Públicas ya llevan buena parte del trabajo adelantado desde el prisma —el más importante— de quienes viven en la Isla. Tienen todo un proyecto muy bien pensado y estructurado, inspirado en el pensamiento personalista y la filosofía humanista del Padre de la Patria, José Martí.

Por su parte, los Estados Unidos no ignoran el rédito político que podrían obtener de un cambio real en Cuba. El primero sería de orden geopolítico, pues la caída del régimen cubano podría transformar por completo el tablero en el Caribe, zona de indiscutible importancia estratégica. Sobre el tema, la redacción de CubitaNOW presentó un trabajo que lo ilustra al distinguir algunos beneficios que obtendría EE. UU. al limpiar a Cuba de influencias malsanas. Abrir a Cuba al mercado internacional implicaría inversiones multimillonarias. También existirían oportunidades en la minería, especialmente en recursos como el níquel y el cobalto, además de un posible incremento del comercio entre Cuba y la Florida.

Tal vez estén apostando a barajar un entendimiento con factores del régimen —como en Venezuela— y calculan tomarse el tiempo que les haga falta. A fin de cuentas, después de casi siete décadas, salir de un régimen totalitario no es soplar y hacer botellas. Pero para el cubano de a pie, «más espera desespera», y es natural. Cuba se ha hecho invivible, aun para quienes no quisieran nunca dejar su patria. Pero, como ocurre en Venezuela desde hace dos décadas, «la oposición cubana continúa fragmentada y las estructuras de seguridad del régimen mantienen capacidad de control. Sin una autoridad legítima capaz de asumir el poder, el país podría caer en un prolongado periodo de inestabilidad». Y en la patria de Bolívar resolvieron cargar con el descrédito de aliarse a los que la han destruido para hacerlos sus lacayos y obtener el beneficio petrolero que tanto necesitan ante un escenario de guerras sin fecha de vencimiento. En Caracas, contaron con el concurso de gente que también compra algo: su salida segura. Esos dos intereses coinciden, por ahora.

No obstante, en Cuba, inesperadas sorpresas podría llevarse EE. UU. intentando negociar con quienes llevan muchas lunas engañando y saboteando toda posibilidad de una apertura. De hecho, ya ha ocurrido y por ello, según dicen, se encuentra estancado el proceso. Diría más: no es que no quieran llegar a un arreglo, es que no tienen idea de cómo hacerlo, pero sí saben, a la perfección, lo que les costaría dejar el poder. Están aferrados, pero con un hándicap: no tienen cómo sobrevivir, están aislados y dentro de sus filas ya se percibe un agotamiento muy peligroso que los coloca al borde de un precipicio al cual tampoco saben cómo rodar. Porque el tema no es si caen, sino cuándo y cómo.

Cierra el análisis de CubitaNOW: «Para Washington, por tanto, la mayor recompensa no estaría simplemente en los negocios que podrían abrirse en Cuba. Estaría en cambiar el equilibrio de poder del Caribe, limitar la influencia de sus rivales y establecer una relación mucho más estrecha con La Habana». Poner, de una buena vez, orden en el backyard, como se diría…

Es pertinente citar aquí al P. Reyes Pías en su entrega de esta semana, y sus interrogantes valen para Cuba, así como para EE. UU.: «Cuando la persona entrega su capacidad de pensar a un líder, a un grupo, o a una ideología, pierde la capacidad de preguntarse: «¿Es esto verdad? ¿Es justo? ¿Está bien?»». Y cita a Bonhoeffer, quien fue un teólogo protestante alemán ejecutado en un campo de concentración a los 39 años de edad, tres semanas antes de que terminara la guerra. Él «distingue la maldad de lo que llama la «estupidez» […] para él, la persona estúpida no es alguien que carece de inteligencia, sino alguien que ha dejado de pensar por sí misma». Y afirma que «el poder no necesita convencer a las personas, sino conseguir que dejen de pensar y que se hagan obedientes a lo que se les dice». Eso basta.

Por ello resulta tan interesante el escrito del politólogo e historiador Armando Chaguaceda, quien nos brinda una lectura crítica de los escenarios prospectivos de evolución política para Cuba: «La situación parece haber llegado a un impasse, donde las sanciones externas y protestas populares se incrementan, pero la estructura del castrismo resiste […] La Habana no aspira a vencer militarmente a Estados Unidos, algo que sabe imposible, sino a paralizar o ralentizar el mecanismo de decisión estadounidense mientras dura la fase no cinética del conflicto, apostando a que el desgaste político erosione la voluntad de actuar antes de que se agote su capacidad de resistir».

Pero también explica cuáles serían los costos para EE. UU. de esa inacción prolongada: «la erosión de la credibilidad de las amenazas estadounidenses en otros escenarios estratégicos; la consolidación del régimen cubano como una oligarquía autoritaria más asentada y potencialmente más agresiva por haber resistido la presión; y el impacto político doméstico de generar expectativas de cambio que luego no se concretan, con consecuencias electorales en la Florida y el riesgo latente de un nuevo éxodo migratorio masivo».

Pero hay otros costos que él identifica: «aleja la transición negociada, mientras renueva la confianza del régimen en su propia capacidad de supervivencia; el costo humanitario, porque el régimen, fiel a la resiliencia institucional, traslada el peso del ajuste hacia la población; además de que compromete la estrategia hemisférica más amplia de Washington».

No será la estupidez la que les impida identificar y valorar estos escenarios. Visión no les falta. Tal vez sea preciso un poco más de comprensión de unos países y circunstancias no familiares para EE. UU., pero que en nuestros países cualquiera podría calibrar.

Llama la atención acerca de cómo el colapso económico puro rara vez derriba por sí solo a un Estado autoritario consolidado, como demuestra la propia Venezuela. Y Chaguaceda concluye: «Cuanto más tiempo persistan en Washington la ambigüedad y la indeterminación —avalada desde Miami por el silencio y subordinación acrítica con aquellas—, Cuba se asoma a una espiral degradada. Una donde los dirigentes cubanos se aferran a su poder —pero ven su riqueza y estabilidad asediadas— mientras la protesta popular, persistente pero fragmentada, no cesa pero no basta para provocar el cambio de sistema»…

Amanecerá y veremos.

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