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Villasmil – A la memoria de Franklin Brito: el héroe civil y el espejo de un país

12 años de la muerte de Franklin Brito, tras su huelga de hambre por su propiedad expropiada por el Gobierno de Chávez. "Franklin huele a formol" dijo el funcionario de Chávez, Andrés

Este sábado 30 de agosto se cumplieron 16 años de la muerte del mártir venezolano Franklin Brito. Puesto a buscar noticias o declaraciones de dirigentes políticos criollos sobre este nuevo aniversario, no encontré ninguna. Ni una sola en ningún medio de comunicación social venezolano o en las redes sociales, con la excepción de una página en Facebook llamada «Todo Cuba 2.0», con esta frase: «FRANKLIN BRITO MURIÓ PIDIENDO JUSTICIA».

Qué irónico que sea una página de opositores cubanos la que todavía lo recuerde y honre su memoria.

Su muerte debería ser recordada por la devastadora coherencia del significado de su sacrificio. El 30 de agosto de 2010, la muerte de Franklin Brito conmovió las fibras de una Venezuela que ya empezaba a asomarse al abismo del autoritarismo hegemónico. A dieciséis años de su partida, recordar su figura debería ser un deber moral, y también un ejercicio de memoria histórica y autocrítica republicana.

Franklin Brito no era un político de oficio ni un ideólogo; era un productor agropecuario, un biólogo y un educador que decidió no someterse a la arbitrariedad del Estado. Cuando el régimen chavista lo despojó de sus tierras y atropelló su dignidad, su huelga de hambre prolongada y desgarradora expuso, como pocas acciones en nuestra historia reciente, la entraña de un poder deshumanizado y constitutivamente irrespetuoso de los derechos humanos fundamentales. La respuesta estatal no fue la justicia ni la compasión, sino la indiferencia y el desconocimiento absoluto de la dignidad humana.

Sin embargo, la tragedia de Franklin Brito no solo desnudó la crueldad del régimen. Reveló también una dolencia profunda en la acera de enfrente: el desdén y la incomprensión de un liderazgo opositor que, con harta frecuencia, se ha mostrado ciego e insensible ante las formas de oponerse al régimen que no nazcan de sus propios laboratorios o no estén bajo su absoluto control.

La palabra resistencia civil le ha resultado extraña a una oposición burocratizada, pendiente de sus propias ambiciones de poder, siempre presta a la división interna o, incluso, a pactar con el régimen.

Claro, alguien dirá que ahora están muy ocupados en las diversas negociaciones que se vienen dando entre la dictadura y diversos grupos que se consideran y llaman opositores, con el auspicio del gobierno norteamericano.

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Acostumbrada al cálculo cortoplacista y desprovista de un marco doctrinario sólido sobre los grandes ejemplos históricos de la lucha no violenta contra regímenes tiránicos —de Gandhi a King, de Havel a Wałęsa—, cierta dirigencia no supo ponderar la magnitud del gesto de Brito. No comprendió que en la obstinación pacífica de ese hombre latía la sustancia misma de la reserva moral que se requiere para confrontar a la autocracia. Por desgracia, el sacrificio supremo de Brito tampoco bastó para abrir del todo los ojos de una política mediocre que prefirió la inercia a la profundización de una verdadera conciencia ciudadana.

Al reflexionar sobre las figuras de Mahatma Gandhi, Václav Havel y Lech Wałęsa, su ejemplo no reside fundamentalmente en el volumen de masas movilizadas, sino en el método moral y la naturaleza del desafío planteado frente a la autocracia.

Mientras que Gandhi articuló huelgas de hambre masivas en la India, Wałęsa lideró el movimiento Solidarność en los astilleros de Gdańsk y Havel inspiró la Revolución de Terciopelo desde la intelectualidad y el compromiso ético, Franklin Brito, desde su modestia, encarnó, sin embargo, ese mismo hilo conductor en una dimensión desoladoramente solitaria.

Tanto en el pensamiento de Gandhi como en los ensayos de Václav Havel (particularmente en El poder de los sin poder), el régimen autoritario se sostiene sobre una mentira institucionalizada. Brito, al negarse a aceptar el despojo arbitrario de su propiedad y la narrativa oficial, aplicó una severa fuerza moral desde el desamparo absoluto.

Brito entendió de forma intuitiva este principio: ante un Estado que controla los tribunales, las armas y el presupuesto, el ciudadano desarmado retiene la soberanía sobre su propia vida. Su huelga de hambre no fue un acto de desesperación pasiva, sino una protesta activa y radical.

Antes de convertirse en movimientos de masas, iniciativas como la de Lech Wałęsa en Polonia surgieron de la intransigencia de ciudadanos comunes que exigían el respeto a derechos elementales (el trabajo, la dignidad personal, la legalidad). La tragedia venezolana radicó en que la dirigencia política de la época no supo leer en Brito lo que los polacos leyeron en Wałęsa o en el sacerdote Jerzy Popiełuszko: que el testimonio ético no violento es la semilla imprescindible para cohesionar la reserva moral de una nación destruida por el autoritarismo.

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El sacrificio de Franklin Brito permanece como el hito de un héroe civil solitario que, al igual que los mencionados grandes referentes de la resistencia pacífica global, demostró que la dignidad de un solo hombre puede poner en evidencia la miseria moral de todo un sistema.

Frente a la violencia desatada por un modelo político que terminó infligiendo un severo e innegable daño antropológico al pueblo venezolano —degradando sus instituciones, fragmentando su tejido social y carcomiendo su penuria espiritual—, Franklin Brito se erige como la antítesis exacta del sometimiento. Fue, en el sentido más puro del término, un héroe civil: un hombre común que colocó el derecho, la propiedad y la libertad personal por encima de su propia existencia material.

Honrar hoy la memoria de Franklin Brito exige asumir su legado como una lección incómoda pero indispensable: que la libertad no se negocia con la tiranía, que la dignidad de la persona humana es inalienable y que la resistencia genuina requiere una entrega libre de los cálculos menores de la política mediocre, de bajo cabotaje y de esperanzas solo apuntaladas por las ambiciones de sus cada vez más grises liderazgos.

Que su ejemplo cívico siga interpelando la conciencia de Venezuela y guiando la reconstrucción moral que nuestra nación aún tiene pendiente.

Y que su noble memoria no sea jamás olvidada.

 

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