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Soledad Morillo Belloso: En lo que yerra Antonio de la Cruz

Crisis en Venezuela | Cuánto tiempo le llevaría al país reactivar su  industria petrolera (y por qué es vital para la recuperación económica) -  BBC News Mundo

Lo que Antonio de la Cruz —un profesional serio, muy bien preparado, informado y competente— pasa por alto en su lectura del «acuerdo» es el punto que define todo: lo que nace podrido sigue podrido. No hay ingeniería institucional capaz de convertir en legítimo aquello que fue concebido desde la ilegitimidad. Es, como bien dicen en derecho, fruta del árbol envenenado: puede lucir madura, puede oler a oportunidad, puede presentarse como solución, pero su origen la condena.

La discusión sobre si Edmundo González Urrutia —quien hoy debería ser presidente constitucional de la República— habría llegado o no a un acuerdo similar es irrelevante. No lo sabemos, nadie lo sabe, y quien lo afirme estaría especulando para justificar una narrativa. Lo que sí sabemos, y allí está el hueso del asunto, es que la «interina» no es presidente legal de Venezuela. No tiene mandato constitucional, no tiene legitimidad de origen, no tiene competencia para firmar acuerdos que comprometen a la República. Está en la poltrona de Miraflores porque Trump la puso ahí y la mantiene ahí, sin ningún tipo de asidero legal. Ese hecho jurídico es más contundente que cualquier argumento geopolítico, más determinante que cualquier cálculo electoral en Estados Unidos, más grave que cualquier excusa sobre precios de gasolina o urgencias energéticas y crisis geopolíticas que el presidente de Estados Unidos no consigue superar.

Las razones que Antonio de la Cruz expone —válidas en su propio marco analítico— terminan funcionando como coartadas. Explican el contexto, pero no justifican el acto. Porque lo unjustificable no se vuelve aceptable por estar rodeado de circunstancias complejas y explicaciones que suenan a pretextos. Un acuerdo firmado por quien no tiene autoridad para hacerlo es, en esencia, un documento sin alma jurídica, sin sustento constitucional, sin legitimidad democrática. Y eso pesa más que cualquier juego en el tablero geopolítico del poder.

Y aquí conviene agregar algo más.

De la Cruz es demasiado inteligente como para caer en tamaño desatino. Él no es un novato en los asuntos que definen muy bien la diferencia entre autoridad y poder. Pero la oportunidad también es buena para recordarle, respetuosamente, que no estamos en los siglos XVII y XVIII, cuando todo se manejaba a golpes y porrazos y las potencias y los imperios imponían acuerdos como quien impone tributos a punta de amenaza y pistola. Y también es buena la ocasión para traerle a la memoria, respetuosamente, que él es venezolano, que formó parte de la estructura de PDVSA y que me atrevería a afirmar que en sus tiempos, si algo semejante hubiera ocurrido, se hubiera opuesto —con firmeza, con rigor técnico, con sentido de Estado— a una barbaridad empresarial de este tamaño. Porque él sabe, mejor que muchos, que la legitimidad no es un adorno: es el cimiento sin el cual todo se derrumba.

La interina puede firmar papeles, posar para fotos, repetir el libreto que le dictan y pretender que actúa en nombre de la República. Estados Unidos puede envolver el acuerdo en celofán geopolítico y presentarlo como una jugada estratégica. Analistas como Antonio de la Cruz pueden buscar ángulos, matices y explicaciones. Pero la verdad permanece intacta: un acto nacido de la ilegitimidad no se transforma en legítimo por acumulación de excusas. Lo que nace podrido sigue podrido. Y cuando se compromete a un país sin tener autoridad para hacerlo, no se está negociando: se está entregando.

Ese es el punto que no admite maquillaje. Ese es el punto que ningún cálculo energético, ninguna urgencia electoral y ninguna lectura técnica pueden borrar. Venezuela puede ser hipotecada, pero no por quien no tiene mandato ni competencia legítima. Y quienes saben cómo funciona el Estado —como Antonio de la Cruz, que conoce PDVSA desde adentro y entiende la gravedad de una decisión empresarial mal tomada— deberían ser los primeros en recordarlo.

Porque al final, más allá de narrativas, más allá de coyunturas, más allá de conveniencias, queda una sola línea que no se puede cruzar: la República no se negocia sin República.

Mi mamá, mujer de una lucidez que no hacía ruido pero que siempre acertaba, crio a sus cinco hijos con sentencias que eran pequeñas brújulas. Una de ellas, implacable y certera: árbol que nace torcido, nunca su rama endereza.

 

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

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