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Soledad Morillo Belloso: La democracia tendrá que esperar

Estuvimos desde el 2002 reclamando el Art. 350 hubo caso omiso, ahora en el 2019 nos indican que estamos equivocados al pedir el Art. 187#11, pregunto: con un narco régimen usurpador que

 

 

Estamos en una encrucijada, sí, pero no en ese sentido romántico de “cruce de caminos”. Es más bien un embudo: Varias rutas posibles que terminan forzadas en una sola salida, diseñada por quien tiene el poder de decidir qué se mantiene y qué se descarta. El tutor —ese actor que no se somete al escrutinio ciudadano, pero que condiciona la política venezolana— piensa que el gobierno interino no es un puente, sino un instrumento. Y cuando algo no es puente sino instrumento, no importa si cumple su promesa o si miente; Lo que importa es mantenerle la rienda corta y obligarlo bajo coerción a que siga siendo útil para quien lo maneja.

Este gobierno interino nació envuelto en un discurso de urgencia: Acelerar la transición, acortar el sufrimiento, crear una arquitectura paralela que permitiera reconstruir la institucionalidad desde afuera, mientras adentro se mantenía un desorden soportable. Era, en teoría, una figura excepcional para una coyuntura excepcional. Pero todo cambió con el terremoto y la excepción, prolongada en el tiempo, se convierte ahora en sistema. Y entonces  el tutor piensa: Mientras esa estructura permita administrar expectativas, controlar narrativas, repartir cuotas de poder, manejar recursos, influir en actores internos y externos, facilitar negocios convenientes, “so be it”. No tendrá incentivos reales para desmontarla. La funcionalidad sustituye a la legitimidad; La utilidad reemplaza al propósito.

En esa lógica, la democracia deja de ser un objetivo y se convierte en un argumento. Se la invoca, se la menciona, se la promete, pero no se la construye. Pero es un estorbo. Porque construir democracia implica tomar decisiones que pueden recortar el margen de maniobra del tutor: Abrir procesos transparentes, someterse a controles, rendir cuentas, permitir que otros actores entren en escena y disputen el guion. En cambio, mantener el gobierno interino como figura suspendida absolutamente controlada,  permite jugar en un terreno ambiguo del “banana country”, donde siempre se puede alegar que “todavía no están dadas las condiciones” para avanzar.

La frase “postergada hasta nuevo aviso” es el corazón del asunto. No es un retraso; es una forma, no de arrasar con la esperanza, sino de congelarla y meterla en el refrigerador de un futuro indefinido. El bienestar social de los venezolanos queda subordinado a un cálculo de oportunidad se hará algo cuando convenga, no cuando se necesite. Mientras tanto, la vida cotidiana sigue su curso descendente: Servicios colapsados, salarios pulverizados, migración masiva, instituciones huecas. La gente vive en presente continuo; El tutor opera en futuro condicional. Y esa asimetría es brutal: quienes sufren no tienen capacidad de decidir cuándo termina la espera; y quienes deciden no sufren las consecuencias de prolongarla.

Más profundo aún: La encrucijada no está solo en la relación tutor–gobierno interino, sino en la cultura política que se consolida alrededor de esa relación. Porque la oposición también está sujeta a los designios del tutor. Así se normaliza la idea de que la democracia es un proyecto, siempre en borrador, nunca en ejecución. Se acostumbra el país a vivir en “modo transición” permanente, como si la transición fuera un estado y no un trayecto. Y en ese estado, los ciudadanos no son protagonistas, son espectadores de negociaciones que no entienden, de acuerdos que no se les explican, de decisiones que se toman en nombre de ellos, pero sin ellos.

La verdadera encrucijada, entonces, no es solo si el tutor mantiene o no el gobierno interino. Es si el país acepta seguir viviendo en una ficción de tránsito, en un aeropuerto político donde siempre se anuncia un vuelo hacia la democracia, pero nunca se comienza el embarque. Mientras el tutor siga encontrando funcional ese salón de espera, las pantallas seguirán mostrando “democracia: retrasada”, “bienestar social reprogramado”, “instituciones en mantenimiento”. País en modo  “hasta nuevo aviso” que, en la práctica, significa “hasta que a otros les convenga”.

Una cosa está clara: A nadie le acomoda tanto esta situación como al gobierno interino. Queda safe en base.

Hoy escuché a un experto electoral decir que montar unas nuevas elecciones tomará un año, doce meses, con sus noches y sus días, contados a partir de tener nuevos rectores del CNE. Es decir, como pa’l 2028.

En alguna oficina en The White House alguien escribe en un reporte confidencial: “En Venezuela la democracia tendrá que esperar”. ¿Y la Constitución? Bueno, por ahora, de plastilina. Constitucionalistas, favor mirar para otro lado o irse a tomar un café.

 

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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