María José Solano: La Eneida de Hockney
Llevaba escrito sobre la piel el viaje de Eneas, el incendio de Troya, el mar, los dioses, el exilio y la esperanza
-RxjfFkBCjr7Oaw9pdS0CFLI-1200x840@diario_abc.png)
Este verano extraño en el que perdimos a David Hockney y ganamos una nueva Odisea, me ha hecho recordar una lejana tarde veneciana. Mi hijo tenía entonces nueve años y fuimos a ver aquella extraordinaria exposición de Hockney en Ca’ Pesaro: ‘Ochenta y dos retratos y una naturaleza muerta’. Amigos y familiares del pintor inglés eran los protagonistas de los cuadros, todos sentados en la misma silla, frente al mismo fondo azul.
Al terminar el recorrido llegamos a un espacio luminoso que daba al Gran Canal. Había una enorme mesa sobre la que se amontonaban fotocopias de una figura femenina apenas esbozada sentada en la famosa silla de Hockney, también silueteada. Era uno de esos dispositivos pedagógicos que los museos organizan para prolongar la experiencia artística. Mi hijo se lanzó a la tarea inmediatamente. No era el único. Habría una docena de aspirantes a hockneyanos, niños y adultos, recreando diferentes cuerpos de mujer recortados en arquitecturas fantásticas, paisajes alucinados o geometrías de colores. Me temo que nunca tuve capacidad para el dibujo. Tal vez por eso estudié Historia del Arte, para adiestrar la mirada, consciente de que jamás lograría adiestrar la mano. Me senté frente a una de aquellas fotocopias, más por mi hijo que por mí, y permanecí ridículamente quieta. Sin saber qué hacer.
Entonces se me ocurrió. Busqué en el móvil. Encontré los versos. Saqué de mi bolso mi vieja Montblanc y, mientras los demás coloreaban, yo llené aquella mujer de palabras. De la cabeza a los pies fui tatuando su cuerpo con los versos de la Eneida: ‘Arma virumque cano’, ‘Troiae qui primus ab oris…’
Recuerdo que mi hijo observaba en silencio cómo avanzaba aquella escritura diminuta. Y recuerdo también mi extraña sensación de estar comprendiendo algo. Cuando terminé, aquella mujer seguía siendo una silueta, pero ya no estaba vacía. Llevaba escrito sobre la piel el viaje de Eneas, el incendio de Troya, el mar, los dioses, el exilio y la esperanza. Sobre los brazos la cólera de Juno. Sobre el pecho el peso del destino. Sobre las piernas la promesa de Roma. Mi hijo miró aquello en silencio. «Se parece a ti», dijo sonriendo.
