Cine y TeatroCultura y ArtesPsicología

Obsesión: la tiranía del deseo concedido

¿Es el cortejo romántico un rito obsoleto de conocimiento mutuo que el egoísta moderno reemplaza complacido por un atajo mágico, pues le evita el riesgo de descubrir que no es amado?

El filme “Obsession” irrumpe como fenómeno global del cine de terror -  Diario Versión Final

 

 

El muy agudo Oscar Wilde afirma: «En este mundo sólo hay dos tragedias: una es no conseguir lo que deseas y la otra conseguirlo». En otras palabras, es una de las paradojas más cómicas y terribles de la naturaleza humana que el hombre pase la mitad de su vida lamentando no tener lo que desea, y la otra mitad aterrorizado al descubrir lo que ocurre cuando lo consigue.

La cultura comercial moderna nos ha persuadido de que la felicidad consiste en encargar soluciones por catálogo y esperar a que lleguen a la puerta de casa. En la película Obsesión (2026), dirigida por Curry Barker, asistimos a una versión contemporánea del clásico cuento de La pata de mono de W. W. Jacobs: un talismán que cumple los deseos de quien lo posee, pero de forma contraproducente. En Obsesión, este mecanismo convierte el afecto en un bien de consumo inmediato.

El amor como mercancía

El protagonista de esta fábula, un muchacho llamado Bear (Michael Johnston), trabaja en una tienda de música junto a sus amigos Ian y Sarah. Timorato y lleno de autocompasión, padece un amor no correspondido hacia su compañera Nikki (magistralmente interpretada por Inde Navarrette), quien lo aprecia de forma fraternal, pero sin el menor interés romántico. En lugar de aceptar el riesgo digno del rechazo o el lento arte del cortejo, Bear acude a una tienda esotérica y adquiere un objeto mágico conocido como la «Varita del Único Deseo». Su petición es sencilla e infinitamente destructiva: desea que Nikki lo ame más que a nadie en el mundo.

Aquí es donde el filósofo húngaro György Lukács resulta indispensable. En su análisis de la “cosificación” (Verdinglichung), contenido en su obra magna Historia y conciencia de clase, Lukács advirtió cómo el capitalismo enseña al individuo a tratar las relaciones humanas y a las personas como si fuesen cosas o mercancías. Bear no ve en Nikki a un sujeto libre, sino a un objeto que debe ser «activado» y puesto a su servicio.

Esta distorsión conecta de inmediato con la filosofía de Erich Fromm en El arte de amar. Fromm diferenciaba tajantemente entre el amor maduro —que respeta la individualidad y la libertad del otro— y el amor simbiótico o narcisista, fundado en la premisa infantil de «te amo porque te necesito» o «te poseo para llenar mi propio vacío». Para Fromm, el deseo de dominar al ser amado destruye la esencia del afecto y lo convierte en un fetichismo posesivo. Al exigir el amor de Nikki mediante un hechizo, Bear no busca una relación auténtica; busca la validación de su egoísmo a costa de la humanidad de ella.

La degradación de Eros

Para comprender la magnitud de la tragedia, debemos remontarnos a Platón. En los diálogos Banquete y Fedro, Platón concibe a Eros no como un impulso de apropiación o captura, sino como una fuerza dialéctica que busca la belleza, la verdad y la trascendencia a través de la libertad compartida entre dos almas. El verdadero Eros eleva al individuo porque respeta el misterio del ser amado. En Obsesión, Bear degrada el Eros platónico convirtiéndolo en un apetito tiránico de control absoluto.

Esta degeneración encuentra un eco perfecto en la obra del filósofo contemporáneo Byung-Chul Han, particularmente en La agonía del Eros. Han argumenta que la sociedad narcisista actual destruye al «Otro» al eliminar su alteridad, intentando moldear la realidad a la exacta medida de los deseos del yo. Cuando el «Otro» deja de ser alguien diferente y se convierte en una simple proyección de nuestras fantasías, el amor agoniza. En la película, la varita concede exactamente lo que pidió Bear: una devoción sin límites, desprovista de juicio, vergüenza, alteridad o humanidad.

De la anulación de la voluntad al simulacro

Donde la sabiduría popular ve una historia de acoso o amor tóxico, la filosofía reconoce una posesión demoníaca y un inframundo mecanizado. La Nikki resultante del conjuro deja de ser una persona para convertirse en una fuerza alienante. Para complacer la fantasía de Bear, el deseo reescribe la mente de la joven, impulsándola a actos grotescos y aterradores: desde cubrir la puerta con cinta adhesiva para impedir que él se marche a trabajar, hasta permanecer de pie en un rincón durante horas perdiendo el control de sus necesidades corporales, o servirle un sándwich elaborado con los restos de un gato muerto.

Desde la perspectiva existencial de Søren Kierkegaard, en Las obras del amor, el verdadero afecto requiere reconocer que el otro es un ser ético e independiente ante Dios. Obligar a alguien a amar equivale a anular su condición de ser humano.

La película revela que la auténtica Nikki no ha desaparecido, sino que permanece prisionera en la penumbra de su propia conciencia. Es espeluznante cuando Bear escucha los gritos desesperados de la verdadera Nikki, atrapada dentro de su propio cuerpo y suplicando que la maten para poder ser libre.

Cuando Bear llama a la línea de atención al cliente, de los fabricantes de la varita, para intentar «modificar» los resultados indeseados del producto, recibe una respuesta, burocráticamente cortés, que condensa esta pesadilla existencial: el deseo es irrevocable y la única manera de romper el hechizo es la muerte de uno de los dos.

El verdugo y el robot

G. K. Chesterton solía recordar que la única forma de disfrutar realmente de un regalo es sabiendo que quien lo da tenía la absoluta libertad de no darlo. El amor, por definición misma, exige la posibilidad voluntaria del rechazo. Eliminar esa posibilidad es convertir al amante en un verdugo y a la amada en un robot.

Obsesión se revela no solo como un triunfo del cine de terror independiente, sino como una alegoría filosófica implacable sobre la soledad y el narcisismo moderno. En otras palabras, sobre la desolación y la necedad. Esta historia nos deja una lección inolvidable: no hay castigo más sutil ni más terrible para el egoísmo humano que ser escuchado por un universo dispuesto a complacer nuestros caprichos.

Podemos concluir que Obsesión nos muestra que la cosificación es esa costumbre contemporánea de tratar a los seres humanos como mercancías de catálogo, seguida inevitablemente de la indignada protesta del comprador cuando el producto resulta ser perjudicial y, sobre todo, siniestro.

 

 

 

ENLACE A LA PUBLICACIÓN ORIGINAL, EN «EL CÉSPED ES VERDE»: 

OBSESIÓN

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba