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Al apoderarse los Republicanos del tema Venezuela, Miami se convierte en territorio peligroso para los Demócratas

 

MIAMI — Durante 60 años, el alma de la política idiosincrática de Miami ha sido Cuba, los innumerables pecados del gobierno comunista denunciados en las protestas callejeras, diseccionados en las vehementes transmisiones en español y condenados en los mítines de campaña bajo el grito unificador de «¡Viva Cuba Libre!

Pero el foco del fervor de esta ciudad amante de la libertad se ha desplazado recientemente hacia el sur.

Venezuela, no Cuba, domina ahora la conversación política de Miami. Un presentador de televisión no hace mucho puso fin a un segmento sombrío con la promesa de seguir orando por el atribulado país sudamericano. Los venezolanos en la ciudad han organizado manifestaciones que coinciden con las protestas en su país. Incluso la Comisión del Condado de Miami-Dade, un organismo local sin control sobre la política exterior, votó unánimemente para reconocer al líder de la oposición Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela.

El cambio se ha venido produciendo gradualmente durante años, pero se ha acelerado en las últimas semanas a medida que Venezuela se ha hundido más en la crisis y su presidente izquierdista, Nicolás Maduro, se ha aferrado desafiante al poder. El enfrentamiento en Caracas está reformando la política latina en el sur de Florida, donde se concentra la mayor cantidad de venezolanos en Estados Unidos.

El cambio no es una mera curiosidad demográfica. En Florida, donde las principales elecciones han sido usualmente decididas  con márgenes muy pequeños, un punto de inflexión en torno al liderazgo venezolano podría ayudar a definir una generación de votantes venezolano-americanos, que son decenas de miles en este estado. El Presidente Trump está presionando a Maduro para que se retire, y si tiene éxito, los demócratas temen que pueda transformar a los venezolanos-americanos en republicanos leales, muy parecidos a los cubano-americanos.

«Esto podría ser Bahía de Cochinos 2.0″, según Liz Alarcón, demócrata venezolano-americana, refiriéndose a la invasión de Cuba en 1961, respaldada por la CIA, que no logró derrocar a Fidel Castro. Esa incursión se convirtió en un desastre, en parte porque el gobierno del presidente John F. Kennedy no proporcionó suficiente apoyo aéreo a los exiliados cubanos que constituían la mayor parte de la fuerza invasora, y la comunidad cubana de Florida se puso contra Kennedy y el Partido Demócrata.

«Es un territorio muy peligroso para los demócratas», dijo la senadora estatal Annette Taddeo, de Miami, colombiano-americana y demócrata, sobre el manejo de su partido del tema venezolano. «Los republicanos son muy listos para trabajar en los márgenes. Saben que un estado como Florida suele decidirse electoralmente por un 1 por ciento o menos, así que todo lo que necesitan es suficientes venezolanos, suficientes colombianos, suficientes puertorriqueños».

La afluencia de puertorriqueños a las áreas de Orlando y Miami después del huracán María en 2017 llevó a algunos analistas políticos a hacer grandes predicciones sobre cómo los recién llegados harían que Florida se volviera azul (color de los Demócratas) en las elecciones a mitad de período, en noviembre pasado. Esos pronósticos sobreestimaron el porcentaje de votantes puertorriqueños, y subestimaron el éxito que tendrían los republicanos en sus campañas buscando el voto borinqueño.

Christian Ulvert, un estratega demócrata, predijo que las políticas hacia Venezuela -especialmente si la crisis continúa- podrían convertirse en una cuestión clave para los candidatos presidenciales en las elecciones de 2020, como lo fue Puerto Rico en las elecciones de 2018.

«La política exterior siempre ha estado profundamente vinculada al panorama político de Florida y al resultado de las elecciones», afirmó Ulvert, quien es nicaragüense-americano y está casado con una venezolana.

En el sur de Florida, los manifestantes han avergonzado públicamente a ex miembros del gobierno venezolano en restaurantes y han protestado airadamente fuera de Goldman Sachs cuando el banco compró bonos venezolanos con grandes descuentos, extendiendo así un salvavidas financiero a la administración de Maduro.

Cuando Trump anunció el mes pasado que reconocía al Sr. Guaidó como líder interino de Venezuela, miles de venezolanos se reunieron en un parque en las afueras de Miami para expresar su apoyo.

La Sra. Alarcón, de 30 años, destacó que sus compañeros demócratas han reaccionado con lentitud a las propuestas republicanas, no sólo a los venezolanos sino también a otros latinos de inclinación demócrata que han huido de gobiernos autoritarios. Se alarmaron especialmente cuando tres miembros liberales del Congreso – los representantes Tulsi Gabbard de Hawai, Ro Khanna de California e Ilhan Omar de Minnesota – criticaron recientemente el reconocimiento al Sr. Guaidó por parte de la Casa Blanca y las amenazas de más sanciones contra Maduro.

«Un golpe de Estado en Venezuela respaldado por Estados Unidos  no es una solución a los graves problemas que enfrentan», escribió Omar en Twitter, invocando una historia de intervenciones mal recibidas de Estados Unidos contra gobiernos de izquierda en América Latina durante los años de la Guerra Fría.

Pero muchos exiliados venezolanos están molestos al ver que los demócratas se oponen a intervenir en la alarmante crisis humanitaria de su país debido a la persistente política del pasado. «¡Esto no es un golpe de estado!» Joanna Hausmann, una comediante venezolano-americana en Nueva York, aclaró en un video que filmó para explicar la situación.

«Lo que suele suceder con los venezolanos es que la gente no tiene idea de por qué estamos aquí», dijo en una entrevista. Los que han huido del país, dijo, están «huyendo de la dictadura, de la falta de comida».

La Sra. Detraux, que dejó Venezuela hace 12 años, dijo que había perdido la esperanza hasta que llegó el Sr. Guaidó, y que Estados Unidos y sus aliados en el Hemisferio Occidental y Europa se unieron para darle apoyo.
 Hausmann, de 29 años, cuyo tío, periodista, está bajo arresto domiciliario en su país, dijo que fue atacada en los medios sociales como «derechista» por estar de acuerdo con Trump en la política hacia Venezuela, aunque no está de acuerdo con él en casi todo lo demás.
«Estoy muy decepcionada de mis hermanos liberales», dijo. «Todo se destila en ‘Oh, Trump, y la historia de los golpes de estado en América Latina'». Es una situación completamente diferente, con 25 años de historia».
El problema potencial para los demócratas es que algunas voces disidentes de la izquierda que desafían la política cada vez más popular de Trump sobre Venezuela podrían ser más fuertes que el resto del partido, dijo el representante Mario Díaz-Balart de Miami, un republicano cubano-estadounidense.

«Al igual que cuando hemos tenido casos en el tema de la inmigración en los que un pequeño grupo de republicanos dicen cosas y eso se convierte en la narrativa republicana sobre la inmigración, los demócratas ahora tienen un problema similar – y serio -«, dijo en una entrevista.

Más demócratas de alto nivel, entre ellos Nancy Pelosi y el ex vicepresidente Joseph R. Biden Jr., han apoyado al Sr. Guaidó en los últimos días.

Donald Trump ha dicho que está abierto a todas las opciones sobre Venezuela, incluyendo las militares. Ningún político de Miami, republicano o demócrata, está a favor del conflicto armado, pero hasta ahora ambos partidos han apoyado las declaraciones previas del presidente. En un raro momento de unidad, el Sr. Díaz-Balart y cuatro legisladores demócratas de Miami y Orlando han presentado proyectos de ley para restringir la venta de armas al gobierno de Maduro, conceder a los inmigrantes venezolanos un estatus de protección temporal y proporcionar al país ayuda humanitaria.

«Esto es muy estadounidense, apoyar la democracia», dijo la representante Donna Shalala, demócrata.

El senador Marco Rubio, un republicano cubano-americano que ha jugado un papel central en la elaboración de la política de la administración Trump, dijo en una entrevista que los críticos de fuera de Florida que miran el tema a través de un viejo prisma ideológico a menudo tienen una visión desinformada de Venezuela: «Sus ideas sobre este tema son tal vez de hace una semana».

Comparó los vínculos de Miami con Caracas, la capital venezolana que se encuentra a sólo tres horas en avión, con ciudades inseparables a lo largo de la frontera suroeste.

«El tipo de analogía más cercana sería con los pueblos fronterizos de México, que dependen profundamente del comercio transfronterizo», dijo Rubio. Recordó haber asistido a la boda de un amigo de la familia en la ciudad venezolana de Valencia cuando era más joven. «No puedes vivir en Miami sin conocer gente en Venezuela.»

Ernesto Ackerman, de 69 años, un activista venezolano-americano que llegó a Estados Unidos en 1989, mucho antes de que Maduro y su predecesor, el Presidente Hugo Chávez, llegaran al poder, describió la llegada de las subsiguientes «mareas» de inmigrantes venezolanos.

«Si el problema se resuelve«, dijo el Sr. Ackerman, un republicano, «mucha gente va a volver».

Tanto los legisladores republicanos como los demócratas insisten en que apoyan la acción hacia Venezuela por principio, no como una estratagema electoral. Sin embargo, los demócratas vieron la política en acción este mes cuando el vicepresidente Mike Pence pronunció un discurso sobre la política con Venezuela en Doral, un suburbio de Miami conocido como Doralzuela, y no invitó a miembros demócratas del Congreso. Luego, el martes, el Sr. Trump mencionó a Venezuela en su discurso sobre el Estado de la Unión e inmediatamente mencionó un tema de campaña que parecía comparar al gobierno socialista de Venezuela con los liberales en Estados Unidos.

«Esta noche, renovamos nuestra determinación de que Estados Unidos nunca será un país socialista», dijo.

Durante las elecciones de mitad de período del año pasado, Ron DeSantis, el candidato republicano a gobernador, utilizó con frecuencia la palabra «socialista» contra el Sr. Gillum, su oponente. El aguijón, descartado por los demócratas como ridículo, pareció tener éxito: DeSantis ganó. También lo hizo Rick Scott, un republicano que fue elegido para el Senado después de trabajar duro cortejando venezolanos, puertorriqueños y otros latinos que típicamente votan por los demócratas.

La comunidad venezolana de Florida tiene un puñado de activistas que son los jefes de varias organizaciones pero que no son líderes obvios – un reflejo de un grupo de inmigrantes que todavía se está estableciendo, que aún no están vinculados a ningún partido político, y que todavía están pegados a las noticias de su país, por lo general a través de mensajes de Twitter o de archivos de audio reenviados en WhatsApp.

«He estado durmiendo quizás tres horas por noche», dijo Yusnaiberth Detraux, de 44 años, quien describió pasar horas buscando información en Internet «hasta que me duelen los ojos».

 Detraux, que dejó Venezuela hace 12 años y se hizo ciudadana de los Estados Unidos el año pasado, dijo que había perdido la esperanza hasta que llegó el Sr. Guaidó, y que los Estados Unidos y sus aliados en el Hemisferio Occidental y Europa se unieron para darle apoyo. Aunque se inclina hacia los republicanos, a ella no le había gustado Trump al principio. Pero luego cumplió con su promesa de línea dura sobre Venezuela.

«Gracias a Dios que tenemos a este presidente», dijo. «Al menos nos ha escuchado. Desafortunadamente, la administración anterior no lo hizo.»

 

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

The New York Times

‘Dangerous Territory’ for Democrats as Republicans Seize Venezuela Moment in Miami

MIAMI — For 60 years, the lifeblood of Miami’s idiosyncratic politics has been Cuba, the communist government’s countless sins denounced in street protests, dissected on the spirited Spanish-language airwaves and condemned at campaign rallies under the unifying cry of “Viva Cuba Libre!”

But the focus of this city’s freedom-loving fervor has recently moved further south.

Venezuela, not Cuba, now dominates Miami’s political conversation. A television anchor not long ago ended a somber segment with a promise to keep praying for the troubled South American country. Venezuelans in the city have gathered for demonstrations to coincide with protests back home. Even the Miami-Dade County Commission, a local body with no control over foreign policy, voted unanimously to recognize the opposition leader Juan Guaidó as Venezuela’s interim president.

The shift has been coming on gradually for years, but it has accelerated in recent weeks as Venezuela has sunk further into crisis and its leftist president, Nicolás Maduro, has clung defiantly to power. The showdown in Caracas is reshaping Latino politics in South Florida, home to the highest concentration of Venezuelans in the United States.

The change is not a mere demographic curiosity. In Florida, where major elections have repeatedly been decided by tiny margins, an inflection point around Venezuela’s leadership could help define a generation of Venezuelan-American voters, who number in the tens of thousands in this state. President Trump is pushing Mr. Maduro to step aside, and if he succeeds, Democrats fear it could transform Venezuelan-Americans into loyal Republicans, much like Cuban-Americans.

“This could be Bay of Pigs 2.0,” said Liz Alarcón, a Venezuelan-American Democrat, referring to the C.I.A.-backed invasion of Cuba in 1961 that failed to overthrow Fidel Castro. The raid turned into a disaster, in part because President John F. Kennedy’s government did not provide sufficient air support to the Cuban exiles who made up the bulk of the invading force — and Florida’s Cuban community turned against both Mr. Kennedy and the Democratic Party.

“It is very dangerous territory for Democrats,” State Senator Annette Taddeo of Miami, a Colombian-American and a Democrat, said of her party’s handling of the Venezuela issue. “Republicans are very smart about working on the margins. They know that a state like Florida is usually decided by 1 percent or less, so all they need are enough of the Venezuelans, enough of the Colombians, enough of the Puerto Ricans.”

The influx of Puerto Ricans to the Orlando and Miami areas after Hurricane Maria in 2017 prompted some political analysts to make grand predictions about how the new arrivals would turn Florida blue in the midterms. Those forecasts overestimated the rate at which Puerto Ricans actually voted, and underestimated how successful Republicans would be in campaigning to them.

Christian Ulvert, a Democratic strategist, predicted that Venezuela policy — especially if the crisis continues to drag on — could become a key Florida question for presidential candidates in the 2020 election, as Puerto Rico was in the 2018 midterms.

“Foreign policy has always been deeply intertwined in the Florida political landscape and the outcome of elections,” said Mr. Ulvert, who is Nicaraguan-American and married to a Venezuelan.

In South Florida, protesters have publicly shamed former members of the Venezuelan government in restaurants and angrily chanted outside Goldman Sachs when the bank purchased deeply discounted Venezuelan bonds, extending a financial lifeline to Mr. Maduro’s administration.

When Mr. Trump announced last month he was recognizing Mr. Guaidó as Venezuela’s interim leader, thousands of Venezuelans gathered in a park outside Miami to voice their support.

Ms. Alarcón, 30, said her fellow Democrats have been slow to react to Republican overtures not only to Venezuelans but also to other Democratic-leaning Latinos who fled authoritarian governments. They were especially alarmed when three liberal members of Congress — Representatives Tulsi Gabbard of Hawaii, Ro Khanna of California and Ilhan Omar of Minnesota — recently criticized the White House’s recognition of Mr. Guaidó and threats of more sanctions against Mr. Maduro.

“A U.S.-backed coup in Venezuela is not a solution to the dire issues they face,” Ms. Omar wrote on Twitter, invoking a history of ill-received United States intervention against left-wing governments in Latin America during the Cold War years.

But many Venezuelan exiles are exasperated to see Democrats opposed to intervening in the alarming humanitarian crisis in their country because of the lingering politics of the past. “This is not a coup!” Joanna Hausmann, a Venezuelan-American comedian in New York, declared in a video she filmed to explain the situation.

“What tends to happen with Venezuelans is people have no idea why we’re here,” she said in an interview. Those who have fled the country, she said, are “running from dictatorship, from lack of food.

Ms. Detraux, who left Venezuela 12 years ago, said she had lost hope until Mr. Guaidó came along, and the United States and its allies in the Western Hemisphere and Europe rallied behind him.

Ms. Hausmann, 29, whose uncle, a journalist, is under house arrest back home, said she was attacked on social media as a “right-winger” for agreeing with Mr. Trump on Venezuela policy, though she disagrees with him on most everything else.

“I’m very disappointed in my liberal brethren,” she said. “Everything is distilled into, ‘Oh, Trump, and the history of coups in Latin America.’ It’s a completely different situation with a 25-year history.”

The potential problem for Democrats is that a few dissenting voices from the left challenging Mr. Trump’s increasingly popular policy on Venezuela might be louder than the rest of the party, said Representative Mario Diaz-Balart of Miami, a Cuban-American Republican.

“Just like when we’ve had instances on the immigration issue where a small group of Republicans will say things and that becomes the Republican narrative on immigration, Democrats now have a similar — and serious — problem,” he said in an interview.

More top Democrats, including Speaker Nancy Pelosi and former Vice President Joseph R. Biden Jr., have thrown their support behind Mr. Guaidó over the past few days.

Mr. Trump has said he is open to all options on Venezuela, including military ones. No Miami politicians, Republican or Democrat, favor armed conflict, but they have espoused bipartisan support for the president’s other statements so far. In a rare moment of unity, Mr. Diaz-Balart and four Democratic lawmakers from Miami and Orlando have introduced bills to restrict arm sales to Mr. Maduro’s government, grant Venezuelan immigrants temporary protected status, and provide the country with humanitarian aid.

“This is very American, to support democracy,” said Representative Donna Shalala, a Democrat.

Senator Marco Rubio, a Cuban-American Republican who has played a central role in crafting the Trump administration’s policy, said in an interview that critics from outside Florida who look at the issue through an old ideological prism often have an uninformed view of Venezuela: “Their history on this issue is maybe a week old.”

He compared Miami’s ties to Caracas, the Venezuelan capital that is just a three-hour plane ride away, to inseparable cities along the southwest border.

“The closest sort of analogy would be with border towns in Mexico, who are deeply dependent on cross-border trade,” Mr. Rubio said. He recalled attending a family friend’s wedding in the Venezuelan city of Valencia when he was younger. “You can’t live in Miami without knowing people in Venezuela.”

Ernesto Ackerman, 69, a Venezuelan-American activist who came to the United States in 1989, long before Mr. Maduro and his predecessor, President Hugo Chávez, came into power, described the arrival of subsequent “tides” of Venezuelan immigrants.

“If the problem gets solved,” said Mr. Ackerman, a Republican, “a lot of people are going to go back.”

Both Republican and Democratic lawmakers insist that they back Venezuela action on principle, not as an electoral ploy. Yet Democrats saw politics at play this month when Vice President Mike Pence delivered a Venezuela policy speech in Doral — a Miami suburb known as Doralzuela — and did not invite Democratic members of Congress. Then, on Tuesday, Mr. Trump mentioned Venezuela in his State of the Union address and immediately pivoted to a campaign line that seemed to liken Venezuela’s socialist government to liberals in the United States.

“Tonight, we renew our resolve that America will never be a socialist country,” he said.

During last year’s midterm elections, Ron DeSantis, the Republican nominee for governor, frequently deployed the word “socialist” against Mr. Gillum, his opponent. The jab, dismissed by Democrats as ridiculous, appeared to stick: Mr. DeSantis won. So did Rick Scott, a Republican who was elected to the Senate after working hard to court Venezuelans, Puerto Ricans and other Latinos who typically vote for Democrats.

Florida’s Venezuelan community has a smattering of activists who are the heads of various organizations but no obvious leader — a reflection of an immigrant group still getting established, still up for grabs politically and still glued to the news from home, usually via Twitter posts or forwarded audio files on WhatsApp.

“I’ve been sleeping maybe three hours a night,” said Yusnaiberth Detraux, 44, who described spending hours online scouring for information “until my eyes hurt.”

Ms. Detraux, who left Venezuela 12 years ago and became a United States citizen last year, said she had lost hope until Mr. Guaidó came along, and the United States and its allies in the Western Hemisphere and Europe rallied behind him. Though she leans Republican, Ms. Detraux had not liked Mr. Trump at first. Then he delivered on his promised hard line on Venezuela.

“Thank God we have this president,” she said. “At least he’s listened to us. Unfortunately, the previous administration did not.”

Follow Patricia Mazzei on Twitter: @PatriciaMazzei.

Saul Martinez contributed reporting from Doral, Fla.

 

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