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Y nos queríamos tanto…

(Sobre aquellos amigos de infancia y adolescencia, con balón y cielo de cometas)

La infancia, en la medida en que la vida camina, se torna una especie de paraíso remoto (para algunos, tal etapa pudo haber sido toda una desventura), de situación sin tiempo, aunque sí con espacialidades, que al final de cuentas se vuelve una arcadia, una época de dichas sin pretensiones, la fantasía de un espejismo. No había en su ejercicio teorías sobre la felicidad ni sobre la niñez ni sobre la familia, solo juegos, inventiva, imaginación. Y una ganancia: la relación emotiva con los que requeríamos para una rayuela, un escondidijo, un “coclí-coclí al que lo vi, lo vi”, o para patear una pelota.

 

Las primeras conexiones sentimentales pudieron haber sido con un hermano (o hermana, según el caso), con quien nos dimos a manejar carros de carreras, a dar batazos imaginarios, a perseguir libélulas o cucarrones verdes o a chutar un balón… Y luego, en una práctica inconsciente de buscar a otros, nos relacionamos con los vecinos, los de la cuadra, los del edificio de tres pisos. Hasta llegar, en la edad escolar, a tener acercamientos de recreo y de aula con los condiscípulos. Y sin darnos cuenta se crearon las filias, la disposición afectiva, la necesidad de estar con otros para reír y comprar helados con la mesada escolar. O ir al cine matinal.

 

Y así, en aquellos años que tardaban, que tenían como referencia temporal a diciembre, como un límite al cual arribar para estar más entre los otros, para renovar juegos, para hacer volar los sueños y los globos, las serpentinas y las luces, en una ansiosa espera que se demoraba, pero llegaba con sorpresas. Y digo que tardaban (¿cuándo llegará?, era una insistente pregunta) por dar una referencia temporal, de almanaque, que en rigor no importaba. Nos esperaba la calle, los otros, la alegría de una aventura que podía ir desde una jugarreta con bolas de cristal hasta una caminada en busca de charcos y árboles frutales para asaltarlos.

 

Eran los días no mensurables (insisto en que poco importaban los relojes) en que, sin saberlo, estábamos ejercitando los sentimientos, los acercamientos, el sentido de la amistad. Antes de entrar al primero elemental (no tuve kínder), no recuerdo haber tenido algún amiguín en el entorno. Aunque no faltaba el muchacho simpático que invitaba a un juego colectivo en la acera o en algún baldío, que abundaban entonces.

 

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Juego en viejos patios de recreo

 

En la primaria, sobre todo en los primeros dos o tres años, había afinidades con pocos compañeros, y estas tenían que ver con alguna vecindad, o porque nos gustaba hacer alguna pilatuna en el recreo, como mirar las piernas de las maestras (o, como sucedió con la señorita Elvia, que se paraba en un corredor con baranda, sobre el patio de la escuela, y no se ponía calzones. Era un espectáculo que vimos unos cuantos pelaos), o porque nos gustaba más una asignatura que otra, como la geografía con sus mapas y mapamundis desplegados en el aula, o las ciencias naturales.

 

En esos primeros años no escaseaban, al salir del recinto escolar, las peleas a puños (las denominábamos bonches). De vez en cuando, para no dar tanta pantalla a la salida, nos citábamos en otro lado. No faltaban los chivatos, los lamboncitos, que les soplaban a las maestras, al día siguiente, quiénes éramos los contrincantes y cómo había resultado la pendencia. Les gustaba ver los reglazos que nos propinaban ante todo el personal. Bueno, y, tal vez por instinto, o por eludir el castigo, quitábamos la mano cuando el listón disciplinar venía en el aire. Era peor, porque entonces te lo ganabas en el brazo o el hombro.

 

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El amigo sincero es el hermano claro y elemental como la espiga: Carlos Castro Saavedra

 

Había ciertas complicidades con compañeritos de salón. Recuerdo, ya en quinto elemental, cómo molestábamos al director del grupo, el señor Castor Rave, que creía siempre —bronca que me tenía— que yo era el promotor de burleterías y murmuraciones en su contra. Qué va. Con Alejandro Molina, que estudió conmigo los cinco años de primaria, nos juntábamos a tirar papelitos contra el tablero o frutas de mamoncillo cuando el profesor estaba de espaldas a los alumnos.

 

Sin saber a fondo (bueno, todavía no tengo una teoría al respecto) qué era la amistad, había con algunos compañeros de clase o de barrio más acercamientos, como si se tratara de un común denominador, de cosas o acciones que nos identificaban, nos proporcionaban placer y afectuosidades. No eran muchos, más bien contados, pero era la posibilidad venturosa de una ida a cine, a un charco, a un partido de fútbol, de hacer una colección de cromos o láminas, de ir a la biblioteca pública (con Molina siempre íbamos a la sala infantil de la biblioteca de Bello) a tragarnos todos los libros de los Hermanos Grimm, Perrault, las fábulas de Samaniego y Pombo y Esopo…

 

De pronto, y al cambiar de escenarios, al entrar al bachillerato, había una disgregación, un alejamiento, y así a los más cercanos compañeros de primaria les perdí el rastro. Y aparecieron otros. Nos unía, al principio, el fútbol, el cine, la búsqueda de una novia, el pasteleo en clase, y después, las discusiones en torno a lo que creíamos que era la existencia y el futuro. Algo similar sucedía con los miembros de la gallada barrial. Y siempre había alguno más próximo con quien compartir secretos y planes.

 

Se puede decir que, hasta un poco antes de finalizar la adolescencia y poco antes de obtener la mayoría de edad (bueno, entonces la cédula de identidad se sacaba a los 21 años), hubo una bella disposición a estar mucho tiempo con los amigos o con los que se consideraba que lo fueran. Era un bello tiempo de juegos de calle, de vacilar muchachas, de saberse todas las canciones de moda, de tener el cabello largo, de usar camisas coloridas y sicodélicas… Había con quien entenderse en la cancha, de tenerlo cerca, de hacer paredes, de inventar regates… Como me pasó con Chucho, por ejemplo, uno con quien gozamos el barrio, los partidos, el cine de domingo, las caminadas al cerro Quitasol, los paseos en bicicleta…

 

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En lo único que discordábamos era en el afecto por un equipo. A él, su padre, empleado bancario, le daba una mesada interesante, le tenía bicicleta (en mi caso tenía que alquilarla) y lo consentía con pagarle a modistas de barriada para que le confeccionaran las camisetas de su onceno preferido. Y con Chucho, que portaba el nueve en la espalda, inventábamos mentiras y otras historias de esquina. Su padre, que era un buen lector, de pronto dejó de leer porque comenzó a sufrir dolores de cabeza (eso fue lo que contó Chucho a los de la barra) y, según su hijo, los facultativos le dijeron que no leyera más. Por eso, o no sé por qué más, pude tener varios libros del señor Hernández, que su hijo me regaló: uno, que leí de un tirón, fue Moulin Rouge, de Pierre La Mure, una novela sobre la vida y obra de Toulouse Lautrec.

 

Después, cuando los caminos nos separaron, Chucho quedó como una alegre memoria de los trece, catorce y quince años, cuando aspirábamos a ir a la Luna, viajar a las estrellas y ser delanteros de un equipo profesional de fútbol. Después, en otros espacios, en otros ámbitos, los amigos fueron pocos. Y ya eran otras las motivaciones y, creo, se había perdido un eslabón que tenía mucho que ver con cierta inocencia y la búsqueda de lo que se quería ser cuando “grandes”.

 

De aquellos amigos de infancia y adolescencia, a los que no volví a ver, no supe más de ellos (o acaso hubo algún fugaz encuentro, lleno de lo inesperado y de lo que ya no puede ser), me quedaron barquitos de papel, barriletes de cola larga y vuelo alto, globos de fin de año, pelotas de trapo y de “carey” y uno que otro balón de tripa y los gritos de gol en una manga y en la calle y unos días y noches de esplendor en las palabras y en los abrazos. Una memoria de lo que no volverá.

 

De aquellos amigos de escuela, de cuadra, de las clases de secundaria, me quedaron acordes de guitarra, cuadernos con “poemas” amorosos que compartíamos en lecturas acompañadas de risotadas, algunos ventanales rotos y desafiantes pedreas entre barrios. Ah, y un inolvidable libro de un escritor francés, y aquellas paredes endemoniadas —tuya y mía, mía y tuya— que, desde la mitad de la cancha hasta el arco contrario, hacíamos Chucho y yo, y que, casi siempre, terminaban en la sin igual apoteosis de un gol.

 

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