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Diario de la cuarentena (30): Flor ya no es la misma

Llegó a Madrid desde Perú hace ya 16 años. Es la sonrisa y alma de un bar al que van a parar por igual abuelas, policías, curas, monosabios o futboleros. Algo, sin embargo, ha cambiado en ella

De los bares cercanos a la plaza de toros, este es uno de los más singulares. Aún siendo taurino, a su barra van a parar las abuelas del barrio, los jubilados aficionados a secuestrar el periódico para completar los crucigramas, el cura de la parroquia, los policías municipales que acuden a desayunar, el odontólogo o la farmacéutica, pero también el mozo de espadas de este o aquel matador, los monosabios y los almohadilleros de Las Ventas.

Esta taberna y casa de comidas abrió sus puertas hace diez años. De esos, Flor lleva seis trabajando en ella. Su turno empieza las dos de la tarde y acaba sobre las once o doce de la noche. Así, durante seis días a la semana, aunque ha llegado a trabajar un mes seguido durante San Isidro, la feria taurina por excelencia y la principal fuente de ingresos de los restaurantes de la zona. Cerca del 50% de las ganancias anuales las facturan en esa fecha.

Si algo caracteriza a este bar -que tiene lo que las iglesias por aquello de hacer comunión entre los feligreses más disímiles- es la relación que une a los clientes con quienes los atienden. A unos y a otros, Flor los recibe como si fueran los únicos. Y para ella lo son. La he visto recordar a María Luisa, la anciana del cuarto, qué día es o a qué hora debe marcharse a misa. También preparar este o aquel plato para el rezagado, aunque la cocina esté a punto de cerrar, o simplemente sonreír cuando lo que en verdad le apetece sea tirarse de los cabellos.

«Este es un barrio de personas mayores. Es gente a la que voy a echar de menos cuando pase la lista de mis clientes, sobre a todos a los que ya no están”

«Este es un barrio de gente mayor. Aquí vienen personas que no pueden cocinar y nosotros se lo preparábamos todo. Desayunaban, comían y cenaban en el bar. Es gente a la que voy a echar de menos cuando pase la lista de mis clientes, sobre a todos a los que ya no están”, me dice Flor, al teléfono, refiriéndose a aquellos a los que el contagio ya no les permitirá volver a tomarse unos churros o un cortado en la barra.

Antes de que estallara la crisis desatada por la epidemia del coronavirus, decidieron remozar el local: cambiar los muebles, pintar las paredes, modernizar la cocina o lo que hiciera falta. Todo para recibir este San Isidro con nuevos bríos. Después de semanas de obras, abrirían sus puertas el 16 de marzo, pero justo ese día se declaró el estado de alarma.

«Vivimos de lo que hemos ahorrado. Gracias a Dios, no tenemos deudas ni hipotecas. No estamos casados con nadie, ni con el banco. Tengo miedo por mis compañeros, que viven al día. Este mes hemos podido pagar, pero si esto dura más, no podremos. Tengo miedo no sólo por nosotros, también por el resto de las personas que puedan perder su trabajo o la salud”. Es la primera vez que no escucho a Flor reír. Además de preocupada, parece triste.

«Estoy muy jodida y muy sensible. Antes, las noticias no me preocupaban, pero ahora me entristecen el doble. Mi vida ha cambiado mucho en un mes»

«A día de hoy estoy muy jodida y muy sensible. Antes las noticias no me preocupaban, pero ahora me entristecen el doble. Mi vida ha cambiado mucho en un mes. Me cogí vacaciones, me hice exámenes y volví, pero ya no soy la misma. Tengo otras prioridades. Me han detectado un cáncer de pecho, así que todo para mí es distinto ahora”. Antes de que se expandiera la crisis sanitaria por la epidemia, Flor tenía prevista una operación para el día 24 de marzo, pero ahora hay que esperar hasta el 20 de abril. Puede, sin embargo, que esa fecha tampoco se mantenga.

«Me siento impotente: tengo dinero ahorrado, pero no sé qué va a ser de todo; soy mano de obra en un bar que ya no puede abrir y porque tengo un cáncer que no sé cuándo me podré operar”. Las cosas pueden empeorar. Por eso Flor intenta no perder la perspectiva. Los tiempos duros no vendrán, ya están aquí. Y aunque procura no decírmelo, ella lo sabe.

Sigue siendo del Aleti. Incluso aunque no pueda verla, percibo el modo transparente y sincero de los que han escuchado mucho. Aún sigue con su pareja. Continúan gustándole los días de sol y las excursiones, también el toreo de su paisano Andrés Roca Rey. Algo de ella, sin embargo, se ha mudado a vivir a otra parte. Y razones no le faltan. Flor: ya no es la misma. Motivos no le faltan.

 

 

 

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